El rostro

Guille (Paris)

Casos como este se han dado tres o cuatro en el mundo, dos en Sudamérica, en China, y ahora en París. No hay ningún denominador común entre las víctimas, en Brasil le ocurrió a una arquitecta, en China a un campesino, y en París, a un médico.
El doctor Thomet se recibió muy joven, pocos meses de cumplir los 24. Pero lo que se anunciaba como una callera brillante se convirtió en una gris rutina en el hospital Louraut.
De gran estatura y espalda ancha, tenia los cabellos negros y una barba gris le cubría la garganta.
Una noche, al desnudarse, notó un sarpullido en el vientre, del lado derecho. Unos puntitos rojos y un repentino ardor.
Se examinó unos minutos bajo la luz. Después de la ducha se olvidó del tema.
Por esos tiempos tenía bastante trabajo. Era el único médico generalista del pequeño hospital.
A los pocos días sintió una picazón constante. Al rascarse, la piel se le irritaba más y se formaba una dilatada roncha.
Se lo ocultaba a su esposa en el lecho y disimulaba durante el día su irritación. Una tarde la picazón se hizo intensa y al frotarse nerviosamente vio caer al piso un pedazo de carne seca. Estaba en el dispensario atendiendo un paciente, disimulo como pudo y pateó aquel cubo marrón debajo de una camilla.
Ese día salió antes del trabajo. Corrió hacia su casa, se apresuró en subir las escaleras y cerró la puerta de su habitación con llave. Se sacó la camisa frente al espejo.
La bruma mecánica de su vida cotidiana se desvanecía y un rayo de sorpresa sacudía ahora su cerebro.
“La roncha parecen una nariz y un labio” – Pensó.
Volvió a vestirse y ya en el living, se sentó y clavó la vista en la pared, introvertido y malhumorado.
Cuando unas horas después apareció su hija, que se acercó a besarlo y contarle alguna noticia del día, vio tan ausente a su padre que se retrajo. Quiso saber la causa de ese estado, y por toda respuesta obtuvo un gesto torpe de su padre.
Desde entonces usó esforzadas artimañas para mantener alejada a su esposa y a su hija de esa anomalía que salía de su cuerpo.
El dolor iba en aumento como la picazón y el ardor. Escarbó con los dedos y su carne se desprendía.
Una noche descubrió la blanca frente y los ojos que eran celestes y de prolijas pestañas.
La cara boqueaba continuamente como pronunciando una o muda.
Nadie supo de esto en hasta el día en que el doctor Thomet falleció. El rostro lo sobrevivió abriendo los ojos y la boca por seis días.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
Esta entrada fue publicada en París. Guarda el enlace permanente.

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