Extrañamiento y tedio: el alma de la ciudad

Harold (Bogotá)

Llueve de nuevo; hace días que no era así. Y la lluvia siempre hace que todo se vea más real, que cada cosa adopte un tinte diferente, un extrañamiento vital que inmediatamente hace que nuestra mirada pierda su común entendimiento. La gente actúa también diferente: más irritable, más medrosa e indiferente; los ciudadanos de la lluvia son cada vez más escasos.

Como debe ocurrir en cada ciudad, en ocasiones nos sentimos extraños, eso es bueno, pues todo es inmediatamente asombroso y la familiaridad que nos acerca a las cosas proviene de la nostalgia que la mirada vierte sobre esa ciudad. Basta levantar un poco la mirada para notar una construcción nueva, basta reparar en el marco de una ventana para ver una casa que nos habíamos perdido, o simplemente ser capaz de mirar a las personas a la cara para pensar que estamos en una ciudad sin nombre, totalmente desconocida. Un día nos acostumbramos a ver, como si nada, un par de discos luminosos en el cielo distante, tan cotidianos, tan corrientes, tan irrelevantes; vemos las montañas que bordean la ciudad como un simple límite, como si se tratara de un inmenso mural en lontananza; y por supuesto, la lluvia se repite sin cesar y es sólo una, nadie parece descubrir nada particular en el chaparrón que se deja caer en estos momentos. Y si estos “grandes” fenómenos nos llevan al tedio, si no hay un nuevo descubrimiento en los astros, las montañas, la lluvia o las personas, que decir de las cosas pequeñas: cuál será el hastío de ver siempre las mismas baldosas, los ladrillos de las paredes, las frases de siempre.

La mirada, en fin, es lo que nos puede llevar al tedio o al extrañamiento. Lo cierto es que la ciudad también actúa sobre esta forma de ser vista, de una forma extraña, sí extraña, se adecúa para mostrarse siempre igual o siempre diferente. Bogotá, infortunadamente pierde su alma, asombra cada vez menos, cada calle es la misma calle y cada casa la misma, los ciudadanos no tienen rostros y la lluvia cae como por compromiso. La ciudad está diseñada para eso, para adormecer los sentidos, para que los ciudadanos se sientan conformes y se acostumbren a la ciudad y sus inconvenientes. Hoy, que la ciudad se encuentra parcialmente destruida, los ciudadanos se quejan, se indignan, se aburren, pero todos estamos secretamente acostumbrados a ella. Tal vez halla que apagar un poco la mirada o salir a mojarnos impunemente.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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3 respuestas a Extrañamiento y tedio: el alma de la ciudad

  1. Dorian Gray dijo:

    “Esta lluvia que ciega los cristales
    Alegrará en perdidos arrabales
    Las negras uvas de una parra en cierto
    Patio que ya no existe”. JLB

  2. Pullover azul dijo:

    Encantado te digo “hola, soy un ciudadano de la lluvia”

  3. Yulisa dijo:

    Harold, estoy en Bogotá y quiero conocerte, como puedo contactarme con tigo. Muchos bexos

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