Duddy Kravitz

Aletz (Montreal)

Hace dos semanas traté el tema de la épica canadiense y para ello, sin el menor respeto a la soberanía nacional, tomé la obra fundamental de los Estados Unidos: Hojas de hierba de Walt Whitman. Ahora para devolverles el favor a los gringos, pienso hacer lo contrario. Voy a analizar el gran mito fundacional del self-made man desde una de sus obras fundamentales: la novela El aprendizaje de Duddy Kravitz del escritor montrealense, Mordecai Richler.

He leído tres novelas de este autor, una de juventud, The Acrobats, una de vejez, Barney’s versión, y una de edad madura,  El aprendizaje de Duddy Kravitz. En la primera se ve a un Hemingway en gestación, en la última a un autor más o menos sobrado, y en esta intermedia tenemos al escritor ante su más grande desafío: definir su propio estilo. Como veremos, Richler salió avante.  

El aprendizaje de Duddy Kravitz  cuenta la saga de un niño travieso y astuto, que se convierte, en menos de treinta años, en un hombre de negocios despiadado. Duddy crece en el barrio judío de Montreal, el Mile End. Ahora es un barrio de clase media inn, hace cuarenta años era el vertedero de la ciudad. Su padre es taxista y su madre, si mal no recuerdo, ha muerto o simplemente los ha dejado. Desde un inicio, el narrador quiere que simpaticemos con Duddy, él es nuestro héroe, nuestro wannabe, nuestro motor narrativo. Esta empatía no está exenta de ambigüedad. Jugándole una broma pesada a uno de sus maestros, Duddy provoca, sin quererlo, la muerte de la esposa del maestro. Hay un peligro en ese muchacho, pero lo pasamos por alto porque su encanto nos envuelve en un remolino de frases ocurrentes, acciones comerciales estelares y, claro está, escenas románticas.

El objetivo dramático de Duddy se lo dicta su abuelo con una de esas frases que trascienden los clanes y los siglos: “Un hombre sin tierra no vale nada”. Curiosamente, el abuelo posee un cuadrado de tres metros, en la parte posterior de una vecindad sobrepoblada, donde cultiva un par de patatas y tres cebollas. Sin embargo, es un hombre honrado y es el modelo a seguir de Duddy.

Hay dos escenas clave en la novela. La primera es ésta: Duddy conoce a Yvette, una quebequense francófona, después de haber perdido todo su salario de tres meses trabajando como mesero. Los motivos de dicha pérdida son largos y ahora no vienen al caso. Lo importante es que Yvette lo lleva a un lago, ubicado a mitad del bosque; se desnudan, se divierten y entonces Duddy descubre lo que debe hacer: debe comprar esa tierra para volverse un hombre. Ahí donde ha perdido su virginidad será el mismo lugar donde se vuelva un self-made man. La decisión es todavía más descabellada si tomamos en cuenta que acaba de perder todo su salario; eso la hace, sin embargo, una decisión digna de ser novelada.

Las trescientas páginas restantes son un hilado de aventuras comerciales con personajes excéntricos, judíos codiciosos y mafiosos, francófonos pobres pero honrados y anglófonos snobs. Hay velocidad en la trama, pero no atropellamiento. La exquisita elaboración de oraciones que revela y oculta al mismo tiempo la estética tornasolada de las palabras, es decir lo poético, está ausente. Sí en cambio hay una gran habilidad para personificar la voz de cada personaje con sus muletillas, su cadencia al hablar y su manera compulsiva (en el caso de Duddy) de interrumpir a todo aquel que le dirige la palabra. Cuando Duddy habla queremos que se calle y cuando no está hablando empezamos a hablar como él.

Para entender la segunda escena clave tenemos que introducir antes a un nuevo personaje, Virgil Roseboro. Virgil encarna la ética cristiana: es un epiléptico que sufre grandes dolores físicos, pero estos dolores no merman su buen ánimo, ni su carácter bondadoso. La relación entre Virgil y Duddy es de opuestos, la ética cristiana del sufrimiento resignado contra el self-made man materialista. Yvette fluctúa entre ambos, en ocasiones es María Magdalena refocilándose en el suelo con Duddy, y en otras es María Mutter, cuidando con esmero al joven doliente.

Entonces, ahora sí, el gran desenlace, la escena clave. A Duddy le falta un último pedazo de tierra para completar su función dramática, su sueño materialista, su arquetipo junguiano del Selbst. Pero, por primera vez en la historia, no tiene dinero, ni estratagema para obtenerlo. Punto muerto. Hasta el momento en el que decide, ¿por qué no?, robarle los ahorros bancarios a Virgil. Para ello finge la voz de su amigo por el teléfono, realiza la transacción y tras… compra la tierra. Virgil, al enterarse, sufre un ataque epiléptico, no tanto por el robo, sino por la confianza traicionada. Yvette, por su parte, se convierte en una María Magdalena arrepentida, reniega de Duddy y se dedica a cuidar a su doliente Virgil.

La novela termina pues, con un Duddy Kravitz solitario, odiado, dueño de tierras y con un gran futuro. Incluso el abuelo le da la espalda cuando se entera de la crueldad de su nieto. El verdadero self-made man en su versión literaria más cruda y bella, de la misma familia del Gran Gatsby, pero montrealense.

ps. Existe una película basada en la novela, al parecer fue un gran éxito en Canadá. Aquí la escena del descubrimiento del lago, pero sin sexo, porque la peli es de los setenta.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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