Repartidor de libros (2)

Aletz (Montreal)

Llegó el verano y con él la duda de los miércoles. Resisto fríos de menos treinta grados, lluvias, granizo, nevadas y fríos de menos treinta grados, pero lo que no soporto, lo que me ha llevado incluso a reflexionar dos veces sobre mi voluntariado de repartidor de libros, es la aguja sobre los treinta grados y la sensación térmica de casi cuarenta. Menos si cargo con una mochila repleta de libros y tengo que subir la montaña para llegar a casa de Mary.

La única ventaja con la que cuento es la suerte. Salvo el mes de agosto, donde las temperaturas altas son constantes, el resto del verano tiene días formidables. La posibilidad de que me toque un día maldito en miércoles es baja; es mucho más probable que sea un día caluroso sin humedad. Pero puede suceder, la posibilidad está ahí, latente.

Y la semana pasada, un día antes del miércoles, verifiqué el pronóstico del tiempo y ahí estaba: el pico morado muy por encima del promedio de temperatura registrado para esta temporada del año. Cuando desperté al día siguiente, volví a verificar y el pronóstico seguía siendo el mismo. Abrí las ventanas y sentí, al instante, la atmósfera pesada contra la cual luchaba mi ventilador con su triste sonsonete. Media hora antes de salir de casa volví a verificar.

“No va a bajar, Aletz,” me dijo Deni. “Mejor vete alistando.”

“No sé… tengo que subir… y luego”

“No puedes dejar a las viejitas sin sus libros.”

El recuerdo de las mil viejitas deshidratándose hasta caer muertas en un solitario departamento de París, durante la canícula del 2004, me obligó a tomar acciones. Aquí, en Montreal, si una viejita partía al otro mundo, lo haría con un libro entre las manos.

“¡Voy!”

En el trayecto a la librería me consoló el aire acondicionado del Metro. Lo mismo en la biblioteca Atwater. El vaho de calor me atrapó solamente al ir escalando el Mont Royal, paso a paso, con mi mochila repleta de libros. Llevaba en la menta una sola imagen: la de una anciana agradecida que toma en sus manos los cuatro libros que serán su mayor diversión durante el plazo en el que yo vuelva a aparecer tocando en su puerta. Por eso la sorpresa fue más grande cuando llegué a la cima, y entonces, a unos metros del edificio de Mary, tras las gotas de sudor que turbaban mi mirada, vi en la parte trasera de un coche último modelo a una anciana idéntica a la que se suponía debía estar esperándome en su departamento. Marqué el número de Mary Miller y antes de escuchar su voz, empecé a jalonear la puerta de entrada. No hubo ningún ruido eléctrico que indicara que alguien había detonando el mecanismo de acceso, pero seguí jaloneando, hasta que asomó el portero. No abrió la puerta, apenas sacó las narices para que no escapara el menor hilo de aire acondicionado.

“Mary no está,” me dijo. “Pero déjeme los libros, yo se los doy.”

Como repartidor de pizzas. Sin haberme invitado a pasar, sin poder preguntarle a Mary si le gustaron los libros de la vez pasada, ni discutir con ella de otros títulos que pudieran interesarle. Como pizzas.

“Va, ahí los tiene,” le di la bolsa, y esperé entonces a que abriera la puerta, que tuviera la amabilidad de soltarme una bocanada de aire frío. Pues no, sacó la mano, tomó la bolsa y la hizo desaparecer por una rendija.

“¿Está lloviendo?,” preguntó Ruth al verme.

“No, es el calor,” le dije yo. Descargué los cuatro libros y volví a cargar la mochila con los cuatro ya leídos. Mientras hacía esto, Ruth me contó que el termómetro de su balcón ya no marcaba la temperatura, según ella el calor rebasaba su cifra límite de 140 grados Fahrenheit.

“¿A poco?,” le dije yo por decir algo, pero sin creerle una sola palabra. Y justo en ese momento, una ráfaga de aire sacudió los muebles del departamento y azotó la puerta contra el cuerpo octogenario de Ruth. Apenas logré meter la mano para evitar un segundo golpe. Acompañado del calor extremo, en Montreal tenemos vientos repentinos de gran intensidad. Según el Internet, se debe a la alta deforestación de la zona. Sea lo que sea, los vientos apenas refrescan, y sí en cambio obligan a algunos a tener que cerrar las ventanas con una temperatura cercana a los cuarenta grados. Le sostuve la puerta a Ruth mientras tomaba su bastón, se inspeccionaba el cuerpo y me pedía que me fuera para recuperarse a solas del golpe.

Caminé a casa de Cheryl, pensando tocar el timbre y dejar los libros en su puerta. Pero no lo hice, toqué, esperé y puedo decir que, de las tres, Cheryl fue la peor. No lo había notado hasta ese momento, pero la primera vez que le llevé libros se encontraba en un agradable convivio con otra anciana; la segunda vez, la vi pintando, de pie, varios oleos; y ahora estaba bebiendo algo helado sobre una silla plegable en su balcón. Muy bien por ella, que se divirtiera, que se cultivara, que bebiera ginebras tónicas en los días tórridos del verano. Pero el servicio que doy yo es para gente INCAPACITADA, a la que una caminata a la biblioteca es equiparable a una tortura. Lo hago por ellas pensando lo mucho que sufriría yo mismo al encontrarme en su situación. Pero la actitud de Cheryl no era de alguien que anhelara mi llegada, ni necesitara mis servicios. Le entregué los libros, recibí los suyos, y entonces además de pasarme por las narices su vaso de ginebra tónica, se quejó de haber pedido el dvd y no el libro de Ishiguro, The remains of the day.

“Se los diré en la biblioteca.”

“Yo pedí el dvd. Quería ver el dvd, no la novela.”

“Se los diré…”

“Voy a hablarle a Elena. Yo quería el dvd…”

Tomé mi mochila, di media vuelta y partí.

Aire acondicionado, ginebras tónicas. Yo, en cambio, subo y bajo un monte. Cargo cerca de veinte libros. No recibo un vaso de agua, ni un dólar de salario. Yo me pago el metro para ir a la biblioteca. Yo me pago el boleto de regreso. Me atienden como repartidor de pizzas. Y todavía recibo quejas.

Regresé a la casa. Al llegar me quité la ropa, abrí la llave de agua fría y me metí en la tina con un libro.

“¿Qué pasó?”, me preguntó Deni.

“Ya no voy a ir, es mucha chinga. Además la mayoría de ellas puede ir a la biblioteca. No lo hacen por huevonas.”

“¿Qué paso?”, me volvió a preguntar.

“Nada. Estoy hasta la madre de este pinche calor, de esta pinche gente y de que me estés preguntando cada cosa.”

Abrió a la llave de agua caliente y se marchó.

Durante el día, la temperatura fue amainando poco a poco. En la noche sopló un viento fresco y, a los dos días, cayó un aguacero. Todavía no sé si regresar este miércoles a repartir libros. Dependerá del pronóstico del tiempo.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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4 respuestas a Repartidor de libros (2)

  1. Elisa dijo:

    Alex, es buenísimo el contraste entre las entregas de invierno y las de verano… Un link al otro estaría bien.

    Saludos

  2. No vayas, que se vayan a la ñonga.

  3. el isra dijo:

    Si, ya deja a las viejitas que vayan por sus cosas ellas solas, o que se los lleve otra persona.

  4. Aletz dijo:

    2 contra 1… Aunque Elisa no votó. Chale, ¿y si mejora el clima?

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