Oh Canada, land of the free and home of the brave

Aletz (Montreal)

Hasta hace poco creía que Canadá era un país sin épicas. Las únicas batallas que podrían haberse conmemorado fueron batallas internas y ahora son políticamente incorrectas. Un canadiense anglófono que cantará a los victoriosos de las llanuras de Abraham, o un quebequense que intentará una variante autóctona de los Niños Héroes mexicanos, que supuestamente se arrojaron de la cima del castillo de Chapultepec envueltos en sus banderas, es imposible; pasaría como una ofensa a la federación, o lo que es peor, pasarían completamente desapercibidos.

Me dije: no hay batallas y tampoco ha habido grandes ideologías. Los gringos crearon la democracia y a su Bardos. De los europeos ya mejor ni hablamos. Podríamos incluso hablar de una ideología prehispánica, cantada en los poemas de Nezahualcóyotl. A las guerras las acompaña una ideología, a la ideología un verso y al verso un icono de la literatura y la historia. Pues en Canadá, no hay ni la primera, ni la segunda, ni la tercera.

Pero entonces, cuando creía el argumento cerrado, la semana pasada me abrieron los ojos. Un amigo pensaba tirar a la basura un pila de libros, por razones que no vienen ahora al caso. Rescaté algunos y, de entre ellos, el primero que leí resultó ser, nada menos y nada más, que la gran épica canadiense… Hojas de Hierba, de Walt Whitman.

En este gran poema épico, donde se le canta al nuevo hombre americano, libre, espontáneo y saludable, devoto de la democracia, no se hace diferencia alguna entre estadounidense y canadiense. Entran todos en el mismo saco. Cuando Whitman describe la simbología de las hojas hierba —en oposición, por ejemplo, a la aristocrática rosa o a la flor de lis, o al trágico trébol irlandés, o a las románticas flores del mal—, dice:

“Sospecho que es la bandera de mi carácter tejida con esperanzada
tela verde.

O el pañuelo de Dios, (…)
O sospecho que la hierba misma es un niño, el recién nacido de
la tierra.

O un jeroglífico uniforme,
Que significa: crezco por igual en las regiones vastas y en las
estrechas,
Crezco por igual entre los negros y los blancos,
Canadiense, piel roja, senador, inmigrante, a todos me entrego y a todos los recibo.”(:33)

El canadiense, por cercanía textual, se asemeja al piel roja, y por alternación, al senador. En los dos casos, es un americano más, una hoja de hierba en la esperanzada bandera verde.

Whitman es un gran poeta, entre otras cosas, porque cambió paradigmas de la literatura sin que nadie se percatara del cambio. Antes de él, el poeta hablaba de sí mismo en primera persona o hablaba de otros en tercera persona. Whitman optó por una opción extraña: congregar en sí mismo a cientos de personas. Ser a la vez uno y plural. El único equivalente previo en la historia que se me viene a la mente es la trilogía cristiana, y ahí no más son tres. Pues bueno, entre los muchos que es Whitman, ¿adivinen quién está incluido?

“Yanqui que sigo mi camino, listo para el comercio, mis coyunturas
las más ágiles y las más resistentes de la tierra,
Hombre de Kentucky recorriendo el valle de Elkhorn con mis calzas
de cuero de ciervo, hombre de Louisiana o de Georgia,
Botero de los lagos, de las ensenadas de las costas, hombre de
Indiana, de Wisconsin, de Ohio,
Diestro en el uso de raquetas de nieve del Canadá o errando por la
selva o con los pescadores de Terranova” (:59)

Para los que estén pensando que las raquetas de nieve no conceden automáticamente la nacionalidad canadiense, les paso el dato que Terranova está en Canadá y no en los Estados Unidos. Y si mal no recuerdo, Terranova es el único lugar mencionado en el poema que no se encuentra en territorio gringo.

Por último, una de las descripciones más originales del nuevo hombre americano la da Whitman en el poema 39 del “Canto de mí mismo.” La descripción ha tenido tanto éxito que aún hoy la podemos usarla para identificar fácilmente a un joven mochilero en viaje por el mundo o a un estudiante Erasmus. Aquí les va:

“Dondequiera que vaya, los hombres y las mujeres lo desean y lo
aceptan,
Quieren que los quiera, que los toque, que les hable, que se quede
con ellos.

Obra sin ley, como los copos de nieve, sus palabras son simples
como la hierba, el pelo despeinado, risas e ingenuidad”(:130)

Pues bueno, al inicio de este poema que nos ha marcado tanto, podemos leer lo siguiente:

“¿Quién es este salvaje amistoso y gárrulo?
¿Espera la civilización, o la ha dejado atrás y la ha dominado?

¿Es un hombre del sudoeste y ha sido criado a la intemperie? ¿Es
un canadiense?
¿Viene de las tierras del Mississippi, de Iowa, de Oregon, de
California?”(:129)

La analogía entre salvaje y canadiense está más clara aquí que en el otro pasaje, donde todavía podía sospecharse que el canadiense no fuera piel roja sino senador. Este hecho es bastante curioso, sobre todo si tomamos en cuenta que, después de la independencia americana, los realistas que apoyaron la corona inglesa fueron exiliados a Canadá. Además de que Canadá nunca ha dejado de ser un satélite de Inglaterra. Es decir, entre los dos países norteamericanos, Canadá fue y es, para cuestiones prácticas, más civilizado que Estados Unidos (claro, si entendemos el término civilización como lo entiende el rey Juan Carlos). Sin embargo, aquí lo interesante de Whitman, y lo que hace a su obra la primera gran épica canadiense, es que no vio en los canadienses a los súbditos de la realeza y la tradición europea, vio en ellos a los pioneros que serían el hombre futuro, libre, espontáneo y democrático. Vio en ellos a salvajes en potencia. Canadá obtuvo su mayor épica gracias a un malentendido que nos ha costado a nosotros los latinoamericanos, sangre, sudor y lágrimas: pasar ante el mundo como civilizados cuando somos, o éramos, salvajes en potencia.

ps. Como dato interesante, la traducción aquí citada de Hojas de hierba la realizó Borges, quien amaba la épica por sobre todas las cosas. !Lo que uno se puede encontrar en la basura!

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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