Madrid sin Madrid

Pablo (Madrid)

Al mirar por mi ventana veo un edificio enladrillado que me gusta, no es muy alto y los vecinos que se asoman al balcón me saludan cuando yo saco la cabeza, celebrando la complicidad de haber tenido la misma sencilla idea de emplear el tiempo en mirar la calle. Junto al edificio hay un pequeño solar, ideal para construir pequeñas casas para estudiantes sin nada que perder, abajo varios coches, los mismos siempre, que guardan un local de transporte y envíos urgentes. Bajo mi ventana hay un cartel con luces de neón azules que reza Motocan. El horizonte se me escapa pero sé que en su margen izquierdo hay una pequeña plaza que siempre está rebosante de dominicanos que juegan al dominó y a la derecha una cuesta infernal con un cruce sin visión, donde siempre que paso tengo la sensación de que un coche sin visión me enviará al otro barrio.

Ahora mismo si alguien me preguntara qué más hay en Madrid tendría problemas en responder. Llevo tanto tiempo repasando ese paisaje que creo que el resto de la ciudad se ha convertido en una leyenda, ya no sé si existe o si sigue allí, si el Retiro sigue siendo verde o si en el Manzanares aún corre agua. He vivido en el microcosmos de la burbuja de mi habitación durante tanto tiempo que me cuesta desentumecer el espíritu y recordar que hay vida más allá del paisaje arriba comentado. Llevo escribiendo tanto tiempo por el único motivo por el que desearía no hacerlo (por dinero), que he sufrido una yuxtaposición de realidades en la que Madrid se difumina lentamente entre paseos cortos que se repiten y letras que me aburren. Lo más duro es que ni siquiera podía escribir ficción, como el canario en su jaula.

Cuando entré en esa dinámica de repetición enclaustrada no me di cuenta de que la ciudad se había eliminado de mí, y sólo reaccioné y vi lo que me había pasado cuando me liberé de la carga, fui a moverme y no pude. Siempre hay un instante en que te parece todo tan extraño que dudas, aunque sólo sea un instante. No conozco Madrid lo suficiente para decir que la conozco mucho, se me escapan bares, callejuelas, lugares que con cuatro miradas podría descubrir pero que por azar o por dejadez nunca lo he hecho. Y de repente, ahora que puedo volver a mis escapadas sin sentido y mis rarezas me encuentro pegado a mi ventana, ni siquiera esperando un empujón o una llamada, atrofiado por una rutina exagerada. En verdad no me preocupa demasiado, esto se soluciona caminando, y en cuanto me desperece y lo haga una vez las siguientes vendrán por inercia.

Lo peligroso es pensar en el retorno a esa rigidez del abotargamiento autista que me encerró entre varios cruces de calles una y otra vez, y de la que no me logré desprender ni en los ratos libres, pues ya empezaba a dudar de cuáles eran. No es la primera vez que me encierro descontroladamente, e imagino que no será la última, pero siempre que me voy a mover y no puedo me pregunto qué narices me lleva a mí a aceptar quedarme tan quieto y a reducir mi ciudad a un par de calles cuya gente parece que actúa en forma de bucle, como yo.

Ahora salgo y Madrid vuelve y todo es como antes, hasta que de repente el teléfono suena de nuevo, con el mismo número del dinero escrito que me encerró y me dejó sin ciudad, y me recorre un escalofrío al tener que pensar en pocos segundos si coger la llamada…

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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