El Viejo Central

Guille (París)

Hoy me senté en un bar, cerca de la estación Pigalle, estaba contento, en una madrugada en la que no había pasado nada. Y me acordé de esta historia que me sucedió en París hace cuatro o cinco años.
Vivía en el veinte, y pasaba todos los días por un bar del que solía llamarme la atención un grupo de ancianos reunidos alrededor de una mesa.
Después de un tiempo de verlos casi a diario, me decidí a preguntar al mesero.
-Ah, ¿los viejos? Hacen campeonatos de memoria.
La competencia era más o menos así: Se sentaban todos juntos y uno gritaba una fecha muy alejada “!1957!” !1944!” y a partir de esa fecha se ponían a recordar. Empezaban por los hechos colectivos, que eran más fáciles, guerras, presidentes, noticias llamativas… Luego venía la parte que más los entusiasmaba, la de los recuerdos particulares. Algunos ni siquiera podían recordar el nombre de su primera novia, pero otros eran capaces de narrar con detalle los sucesos más remotos.
Me hice espectador regular de aquellas competencias.
Había un viejo a quien el público apodó “El Viejo Central”, seguramente porque siempre estaba en el foco de la escena, pues ganaba todos los campeonatos.
El Viejo Central se acordaba todo mejor que los otros, se le notaba en la emoción que se le colaba en la voz, en la certeza que respaldaba las palabras. A veces hacia un gesto, como tocando las cosas que nombraba y la voz se le cambiaba, imitando los personajes que estaba rememorando.
Uno de los competidores había perdido papeles importantes y estaba comentando el hecho con otro; cuando el viejo central los escuchó, indicó el lugar donde se encontraban.
Desde ese momento comenzamos a hacerle todo tipo de pruebas. El Viejo recordaba el nombre de mis compañeros de jardín de infantes, el primer cd que compré, el cumpleaños de la novia del mesero, un cuento que un viejo había leído veinte años atrás…
Es cierto que esto lo dejó un poco afuera de los campeonatos, porque los otros consideraban que tenía ventaja. Al final quedó un poco solo, en una mesita aparte. Terminó como espectador de los campeonatos que con tanta gloria había ganado. A veces quería ayudar a los participantes; cuando un viejo no se acordaba una cosa, él decía por lo bajo: “Era rubia, era rubia…” Pero con el tiempo ni eso le permitieron. Se volvió un poco amargo.
Fue entonces cuando se le ocurrió cobrar. Puso un pequeño cartel en una de las mesas, desde la que atendía. Si alguien se había olvidado el código del banco, un nombre, un barrio, iba a la mesa, pagaba el bono de cinco euros, y el viejo le develaba el recuerdo.
Me asombró no verlo, una tarde. Pero tampoco lo vi para el próximo campeonato, ni al siguiente, y me enteré de que lo habían encontrado sin vida en su departamento.
Alguien me llevó aparte y me contó que los ancianos lo habían colgado, por envidia. Uno de ellos le había abierto la cabeza con un abrelatas y se había llevado su cerebro.
Estuve muy ansioso, esperando saber qué pasaría con el órgano del viejo. Los ancianos pensaban que el cerebro del viejo central tendría propiedades mágicas. Pero la masa nerviosa, en el fondo de un cajón, se pudrió. Los asesinos esperaban, lo llamaban “el cerebro mágico”, les serviría de talismán, y tuvieron que tirarlo.
Parece que en el entierro del viejo central hubo poca gente, paradójicamente, casi todos se habían olvidado de él.
Los campeonatos, sin la figura principal, se fueron disolviendo, hasta que el dueño del bar, puso a los viejos en la calle.
Siempre me dije que tenía que escribir sobre él y sobre el curioso campeonato de los viejitos, pero conozco la historia, del principio al fin, y no me da ganas de escribir, si no puedo inventar nada, aunque me doy cuenta de que, mal que bien, ya la he contado, casi sin darme cuenta.
Poco después de la muerte del viejo central me fui del 20 y nunca volví a ver a ninguno de los competidores.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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