Crónica del fin del mundo (II)

Harold (Bogotá)

Crónica del fin del mundo

Segunda Parte: Variaciones sobre un cuento de Lovecraft y cuatro fantasmas

—El último ha muerto.

—¿Es cierto eso? ¿Finalmente?

—Murió, mientras buscaba el océano, de bruces en un viejo pozo, una gruta imperecedera que alguna vez sirvió a alguno, según parece. Salió al mundo después de 19 años en una aventura osada y excéntrica, como correspondía a sus fieros ímpetus. Buscaba los océanos de las leyendas; esas interminables extensiones de agua que se confunden con el cielo y que alguna vez despreciaron los hombres. Sólo que luego de escasos cuatro días murió en el poblado vecino mendigando unas gotas de agua cenagosa y pútrida. Un mamarracho mal encarado, retorcido y polvoriento resume ahora millones de años de humanidad, aquí quedan reducidos siglos interminables de civilización que, de cualquier forma, no son más que un puñado de arena en el recodo del globo.

—Ah, con él termina la vanidad de los hombres. Las escasas construcciones que aún quedan, los rudimentarios recipientes y su odioso lenguaje perecen con él; pasaran unos cuantos años hasta que el mínimo vestigio de la era de los hombres desaparezca para siempre.

—Fue muy poco, en verdad, el tiempo que deambularon por la tierra, pero algo interesante si se piensa bien. Estuvieron viviendo en el fin desde sus inicios. Peculiar raza de dioses marchitos, creadores del universo por unos segundos.

—Ni todo el ingenio que tuvieron alguna vez, ni todo su desarrollo tecnológico, ni sus innúmeras religiones pudieron salvarlos de la extinción. Una vez encaminada la maquinaria del destino no hubo mucho que hacer. Su evolución fue muy lenta, comparada con los vertiginosos cambios que tuvieron que soportar: múltiples guerras civiles, la gran guerra nuclear, una nueva glaciación, las temperaturas que aumentaron año tras año y muchos otros sucesos que los hicieron cada vez menos aptos para este mundo. Con cuanto escepticismo encararon el aumento de los mares, y luego su funesta disminución. Pero cada nueva generación fue perdiendo la memoria de los mundos pasados, la historia, la filosofía y la desdichada literatura se fue consumiendo a un ritmo más inclemente que el del mundo. Los grandes nombres de los tiempos pasados fueron significando cada vez menos, los grandes acontecimientos se difuminaron en extrañas historias, las ciencias se confundieron con las mitologías, y las filosofías con las cruentas creencias de pueblos primitivos. El concepto de geografía se fue perdiendo y cada ciudad empezó a centrarse en sí misma. Cuando el calor se fue haciendo insoportable en el Ecuador el mundo se dividió, algunos buscaron refugio en el sur, mientras los otros trataron de resguardarse en modernas e inexpugnables fortalezas: se construyeron rascacielos aún más grandes que desafiaban la magnificencia del sol, que buscaban opacarlo y humillarlo. Pero ni sus aparatos superiores de refrigeración, ni los desafiantes niveles bajo tierra pudieron salvar estas ciudades que fueron muriendo junto a los océanos que tanto quisieron acaparar. Pero para los otros no fue más fácil, los árticos y los antárticos fueron haciéndose cada vez más rústicos, su supervivencia tomó un camino diferente al de la tecnología y bien se pudiera decir que la civilización llegó a un estado inicial de desarrollo, una naturaleza muerta que no pudo decaer más, pero que tampoco pudo volver a los esplendores que la humanidad gozó algún día.

—¡Cierto! Los océanos se secaron y la tierra dio sentido a su nombre.

—Los hombres fueron naciendo con la certeza de que el mundo era tal y como lo experimentaban, no creían en los ancianos que aseguraban que las temperaturas hubieron sido alguna vez más bajas, y en cada generación la idea de océano fue haciéndose más abstrusa, una leyenda que sólo los más avezados trataron de constatar. Luego fueron los ancianos los que desecharían esas creencias, miles de años después serían los jóvenes los que creerían en la posibilidad de un mundo con agua.

—Hubo un tiempo, bien recuerdo, en que sólo existieron un puñado de ciudades en el mundo, cada cual, como es previsible, incomunicada de las demás, con sus propias leyes, sus propias creencias, dioses anómalos o inexistentes y hasta un nuevo y repugnante lenguaje. Hordas cruentas y bárbaras trataron de saquear, asesinar y violar esos diminutos remedos de sociedad, pero perecieron en una nueva búsqueda en medio del desierto o adocenados en una ciudad que antes asaltaron. Fue interesante ver cómo lo que alguna vez llamaron los hombres (los estúpidos hombres) una aldea global dio paso a mundos totalmente desconocidos a sólo unos miles de kilómetros de distancia; las que antes fueron ciudades de un mismo país o, incluso, de un mismo estado ahora diferían incluso fisiológicamente, tanto que de haberse encontrado un habitante de aquí con uno de allá creería ver un animal en el otro, una subespecie del género humano y se hubieran abalanzado a matarse mutuamente, su lenguaje parecería tan espantoso para el otro que vería en él una amenaza y una provocación. Así desaparecieron, en verdad, algunas ciudades, pero las más jamás llegaron a tener contacto. Hasta que al final sólo sobrevivieron la anciana y el muchacho. Desconocían totalmente sus nombres, al parecer nunca tuvieron uno. Se alimentaron de raíces cuanto pudieron, de unos extraños setos y arbustos que ahora eran la única vegetación del orbe. Nunca se hablaron, se gruñeron alguna vez para mostrar descontento pero nunca hablaron. La única palabra que fue universal hasta el último estertor de la especie fue océano. Un vocablo que en un tiempo fue pronunciado de diversas formas por los hombres que existían. Cualquiera fuera su pronunciación o cualquiera fuera su entonación, en la mente de los hombres generaba risa o temor, el único elemento verdaderamente universal fue la leyenda de una posibilidad. El muchacho conocía el concepto, la anciana dibujó un día en la arena unas olas gigantescas y jadeó para mostrar que esas olas liberarían su padecimiento, luego río, se dio un tope en la cabeza y le mostró al joven toda la historia, toda la filosofía, las religiones todas, la última literatura.

—Nunca supo este triste muchacho como pronunciar lo que la anciana le enseñó, cierto, pero bien que lo entendió, que cuando la anciana murió y no pudo evitar por más tiempo el peso de la soledad verdadera (pues fue el último hombre) salió a buscar el océano y se encontró con este pozo sucio y maltrecho, y el único líquido: el breve fluido que se desprende de su cabeza.

—¿Y se acaba todo aquí? ¿Era este último hombre todo lo que había?

—El fin de la era del hombre, nada más. El mundo existió mucho antes que él, y me temo que existirá por mucho mucho más. Su vanidad y su creencia en la trascendencia no pudo salvarlos. Los millones de libros que escribieron alguna vez desaparecieron hace miles de años, sus incontables religiones fueron mitologías, esperanzas de los más desdichados, sus construcciones duraran un poco nada más, como dijiste, pero acabaran. Después de las guerras, trataron de huir de su destino, se inventaron su periodo fantasmal; extraña cosa que incluso nos sorprendió, pero tampoco duro mucho, ni en medio de su simulacro pudieron evitar las consecuencias de lo que le hicieron a su humanidad, ¿Y después?

—fue muy tarde.

—En efecto. No hubo cielo, no hubo infierno, no hubo múltiples dimensiones, ni reencarnaciones. No hubo otros mundos, que sepamos, no hubo dioses salvadores, ni demonios inmisericordes, la nada y punto. Como se destruye una roca, como muere un insecto, como arde un arbusto y deja de existir, sin misterio, sin más allá, sin trascendencia alguna. Como el joven que cae de bruces, sin filosofía ni historia, sin una reflexión profunda sobre el final de la humanidad, desconociendo el lenguaje que alguna vez ensalzaron, como un animalejo que cae en alguna trampa de cazador. El fin les llegó y no hay nada más que decir.

Tras un breve periodo de entretenimiento, que llamaron por conveniencia y respeto “humanidad”, los fantasmas se retiraron esperando que al doblar de los eones algo de interés valiera la pena despertarse de nuevo.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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2 respuestas a Crónica del fin del mundo (II)

  1. Dorian Gray dijo:

    ¡Te Felicito! creo que si mis fantasmas leen esto, tambien se querrán retirar. Los viernes son lo mejor!!!!

  2. Gilberto dijo:

    Un agasajo a la creatividad, excelente.

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