Un cuento que es dos cuentos

Harold (Bogotá)

Crónica del fin del mundo

Primera parte: El fantasma de un mundo enfermo

El mundo, tal y como lo conocemos, ha perecido. Paradójicamente, tal y como lo conocemos es que persiste. Es difícil describir con plena seguridad cómo es que el mundo murió, cómo las grandes ciudades fueron destruidas y cómo los hombres cayeron en desgracia. Y es difícil, precisamente, porque la mayor desventura en la que cayeron los hombres fue no enterarse de que su mundo, sus vidas, sus pensamientos se estaban desmoronando junto con cualquier construcción; con su precaria y llana idea de civilización.

Algunos de los que hoy recuerdan cómo se desencadenaron los sucesos indican que el mundo se resquebrajó, o empezó a hundirse, en Bogotá. Es cierto, por increíble que parezca, fue en esa lejana y escondida ciudad sudamericana en donde se gestó el germen de la destrucción. Quién sabe si así tenía que ser: que el universo eligiera una ciudad insignificante, de un país insignificante para desenredar la madeja. Algunos otros indican que estas ciudades siempre funcionaron como campo de pruebas para distintas organizaciones, y algún otro incluso cree que dichas ciudades nunca existieron. Pero sí que existieron, sus habitantes las vivían con todas sus ignominias, eran felices, trabajaban y esperaban que cada día sus ciudades pudieran surgir un poco más, que a la vuelta de cincuenta o cien años fueran como es París o Londres; para ellos esas ciudades a veces se les convertían en meras leyendas. Quizá por ese carácter pasional que tenían los habitantes de las ciudades sudamericanas es que todo tenía que destruirse desde allí, porque ellos veían con nostalgia esas ciudades maravillosas y la promesa de una civilización mejor, y cuando observaron, mal como no podía ser de otra forma, que esas ciudades también estaban infectas sus esperanzas decayeron, y toda su pasión y energía se desvió hacia entornos más oscuros. Pero todo esto es pura especulación, pues miles de teorías se discuten, entre los que saben que el mundo ya no existe, y todos creen saber cómo es que el mundo se destruyó.

Quizá todas las teorías tengan razón y haya algo de cada una en la desaparición de la tierra. Si algo recuerdo de esos días es que multitud de conspiraciones azotaban al mundo: que los gobiernos mundiales, que las multinacionales, que los terroristas, que los marcianos, etc, etc, etc. Un día dijeron que una antiquísima secta, los unus ad, o los unus ad versum (las referencias son hoy muy confusas), conformada en todos los tiempos por los hombres más poderosos, buscaba incansablemente una depuración del hombre en tanto género. Entonces, circularon miles de evidencias de cómo las economías mundiales buscaban subyugar pequeños países y remotas ciudades, creían, entonces, que la aniquilación de lo indeseable se daría en un lento proceso de hambruna y guerras civiles. Así pues que el mundo no se acabó como muchos llegaron a pensar: en un escenario global de contaminación, una nueva era glacial, ni tampoco en una gran guerra llena de amenazas nucleares; tampoco se destruyó por el influjo de una pandemia inexorable. Sin embargo, todas estas especulaciones llevaron a que el destino siguiera su camino silencioso y fatal. Pues fueron, precisamente, todas las iniciativas que quisieron detener estos desenlaces funestos, los sucesivos movimientos que querían perpetuar la equidad y la persistencia del mundo los que a la larga lo llevarían a su destrucción.

Alguien en Bogotá se dio cuenta, o creyó darse cuenta, del estado actual de las cosas, creyó firmemente en que el mundo se volcaba hacia intereses infaustos y que era necesario abrir los ojos de las personas. Damián es el nombre que recoge una vieja novela de aquellos tiempos, el mismo que algunos asocian todavía con la destrucción. Nombre sugestivo si se quiere, pero también muy previsible. Lo que no se pudo prever de aquella historia (una más de las tantas) es que el mundo se extinguiría por culpa de una mujer. Damián ya veía que su ciudad se convertía en una revista de variedades, la gente quería que le dijeran qué hacer, a dónde salir, qué leer, que pensar; Damían veía que no había espacio para la reflexión y entonces asociaba todo este estado de cosas, la podredumbre del mundo como solía decir, a multiplicidad de teorías conspiratorias. Pero, como era el hombre de aquella época, postmodernidad llamaban, Damián fue por mucho tiempo incapaz de hacer algo realmente concreto. Una mujer y un gato lo introdujeron al mundo. Los registros, poco confiables hoy, indican que el gato se llamaba Lanceloth y la mujer luz o lucía, referencias una vez más previsibles, juego de simetrías que parecen defraudar la verdad de lo que pasó. Un desatino pensamos hoy que el gato se llamara Lanceloth, cuando tuvo que llamarse Mordred, pero esas no son más que argucias literarias que en verdad poco importan. Lo importante de aquella historia, que recogió con más o menos suerte un novelista de esos días, es que Damían en su búsqueda de Lucía termina por perder su ciudad: una serie inagotable y atolondrada de revoluciones absurdas hacen eco en una ciudad que vivía ya en un periodo fantasmal, sus habitantes vivían de “oídas”, de lo que les decían que pasaba y no en lo que pasaba. Así que esos inocuos intentos de dar sentido al mundo se fueron haciendo amenazas, y los que creían en las conspiraciones y los que no justificaron sus creencias. Los que antes creyeron en sus gobiernos dejaron de creer, los que abandonaron sus lazos políticos se aferraron a esperanzas foráneas, y los que creían que había que luchar huyeron. Nadie, en verdad, sabía qué pasaba, pues nada pasaba, pero la gente mató a sus hermanos por si acaso. Bogotá fue la primera ciudad en destruirse. Los que se atrevieron a pensar comenzaron a ser infelices, los infelices que pensaban desde antes se abandonaron a sus instintos; los perros y las ratas gobernaban la ciudad, los gatos y los cuervos siguieron siendo parias. Cuando el orden aparente cayó, cayó también la apariencia de una vida; la consciencia le trajo al mundo mayores problemas que la falta de ella.

Nadie pudo salvar al mundo. Ni siquiera los grandes magnates que se habían construido uno propio. Como sea, lo sucedido en Bogotá son puras especulaciones, como la historia de Damian existen miles y ya nadie sabe cómo es que el mundo se desintegró.

Lo realmente increíble es lo que vino después. El mundo fue una inacabable hoguera, todo se destruyó, en serio, la vida como la conocemos se hizo imposible, hasta las plantas más simples dejarían de existir, pero el mundo siguió, extrañamente, como si nada. Los que creen en espíritus suelen decir que algunos muertos, al momento de perecer, bien por el trauma o por la velocidad de los acontecimientos, no se enteran de su situación, van a su casa, se sientan a la mesa, ven la tele y fingen ir al trabajo, sin apenas notar que se han muerto. Los demás, por supuesto, notan su ausencia y tiempo después, el muerto nota también la de los demás, concluye, pues, que ha muerto y que los comportamientos extravagantes que veía en los demás se deben a que él ya no está presente: de ahí los llantos, los desplantes, los cambios —se dice el muerto—. Lo mismo le pasó al mundo: escasamente se enteró que ya no existía, sólo que no hubo “otros” que delataran su estado, los pocos que lo intuyeron fueron tildados de locos y herejes y recibieron, sarcásticamente, una segunda muerte, o una tercera, ya no se pueden saber esas cosas.

Los habitantes del mundo son nada más que apariciones, adoradores de serpientes, tristes mercachifles que aseguran la continuidad del mundo fantasma. Son abogados, filósofos, ingenieros, economistas, todos perpetúan la conjetura del mundo; los peores, entre todos, escriben, aseguran la trascendencia del fantasma de un mundo enfermo, que quizá muera incontables veces antes de enterarse.

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Próxima semana:
Segunda parte: variaciones sobre un cuento de Lovecraft

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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