Las olas, el tiempo y la biblioteca de mi universidad

Pablo (Madrid)

Un día aburrido, sin libros nuevos que leer, decidí entrar en la biblioteca más pequeña que he conocido, una que había rodeado multitud de veces y en cuyos escalones frontales había dejado pasar algún entreacto. Nunca había necesitado entrar, ni siquiera por curiosidad, por cotillear cuánta sabiduría podía caber en un sitio tan pequeño. La biblioteca, como la universidad, era muy reducida y se podía abarcar de un solo vistazo, carecía de horizonte. Tras verla pensé que lo único interesante era la forma de su silueta, dos hexágonos pegados que, como siameses, quedaban unidos sólo por uno de sus lados.

Como en toda biblioteca universitaria, se respiraba una atmósfera tenue aunque no sabía si la producía el ligero ruido de los susurros o el silencio prolongado que yacía entre ellos. La mayoría de estanterías estaban ocupadas por libros técnicos, separados por facultades. Al entrar lo primero que se veía eran dos estanterías pequeñas en relación a las demás, donde reposaba la literatura. Una estaba dedicada casi por completo a la literatura española, y en mi universidad por literatura española sólo se entendían las obras completas de Camilo José Cela, un ejemplar de La Celestina y otro de El Buscón. Imagino que habría un Quijote perdido entre ellos pero ante ese panorama ni siquiera llegué a recorrer el final de la estantería. En la otra, las baldas estaban repartidas por nacionalidades y la mayoría de libros estaban editados en una encuadernación azul y con el título grabado en negro, difícil de ver, seguramente provenían de unos coleccionables que venderían con algún periódico, quizá dominical. Curiosamente el primer libro que cogí de esa biblioteca fue `El último magnate´ de Francis Scott Fitzgerald, una novela, como mi universidad, profundamente inacabada, y de la que en ocasiones dudaba de si alguna vez tuvo principio. No recuerdo por qué cogí ese libro pero sí recuerdo por qué cogí el siguiente. Siempre había sentido curiosidad por Virginia Woolf y no esperaba encontrarla en esas baldas. Nunca había leído nada de ella, sabía más de su vida y de su leyenda que de su obra, y ambas me fascinaban terriblemente, así que me lo llevé sin vacilar. El título no podía ser más prometedor, Las olas. Cuando la bibliotecaria escribió (pues no había sello) la fecha de devolución, me percaté de que yo era la primera persona que se había llevado el libro de allí, y con el de Fitzgerald sucedía lo mismo. Leí primero el americano, y al terminarlo, empecé con Las olas. Llevaría unas 15 o 20 páginas, cuando por culpa de un trabajo de alguna asignatura olvidable me vi forzado a sacar otros libros de la biblioteca, pues el que necesitaba estaba tan descatalogado comercialmente que resultaría fatigoso buscarlo fuera de la universidad. Traté de convencer a algún amigo de otra carrera para que me prestara su carnet y así no tener que devolver mis libros, pero fue imposible. Al final devolví ambos y no pude continuar con la atracción que me habían provocado las 15, o quizá 20, primeras páginas de Las olas. Posteriormente, como si aquellos instantes hubieran sido suficientes, el embrujo de aquel comienzo tan sugerente e inquietante se difuminó. Los días siguientes tras acabar el trabajo regresé a la biblioteca pero no me llevé el libro, sin explicación, alguna vez lo vi pero lo dejé, ni siquiera lo toqué. Y no lo saqué hasta el curso siguiente, por las mismas fechas además, cuando pensé que igual sería buena idea terminarlo, como si hubiera iniciado un ritual imprevisto. Las baldas de las otras estanterías estaban cada vez más llenas pero la literatura seguía siempre con los mismos libros, colocados siempre en el mismo orden, dándome la impresión de que la mayoría nunca había salido de allí.

En mi universidad no se estudiaba literatura como tal, ni filología, ni filosofía, lo más parecido a una carrera de humanidades era periodismo, y nadie parecía que tuviera un especial interés en aquellas estanterías. Cuando volví a darle Las olas a la bibliotecaria observé estupefacto que en la pequeña hoja donde escribía la fecha de devolución sólo había otra fecha, la mía, la del año anterior. Recogí el libro y salí de la biblioteca, pero de inmediato volví para coger el de Fitzgerald y abrirlo por la primera página, nadie se lo había llevado tampoco después de mí. Entonces fui mirando los libros que había sacado durante ese año y la mayoría, no todos, sólo había visto la luz cuando yo los había rescatado. Al principio me dije que era imposible, que aunque la universidad fuera pequeña y la mitad estudiara una carrera técnica, los libros no podían languidecer durante tanto tiempo continuado. Pero así era, fui mirando en ejemplares al azar las fechas de la hojita del principio, y en pocos había más de dos recogidas, muy espaciadas en el tiempo. Pregunté a las bibliotecarias y me confirmaron que la mayoría de libros llevaba mucho tiempo ahí pero que muy pocos salían. Resignado, me fui definitivamente con Virginia, esta vez sólo con ella. Al llegar a la página 20, o quizá la 25, lo dejé, sin motivo, simplemente dejé de leer. Al cerrar el libro volví a quedarme impresionado por aquella prosa fuerte, magnética y desconcertante, pero era distinto, eran las mismas frases ordenadas de la misma forma, pero un año después. Me había topado con una barrera, una luz de aviso. El déjà vu de esa primera lectura, sorpresiva y enérgica, me hizo recordar que ya había pasado un año y eso me sirvió para despertar. Fui consciente de mi tiempo cuando este dejó de avanzar, y lo hizo de la única manera posible, volviendo al mismo lugar exacto, tras haber entrado en la misma realidad paralela que entonces, una realidad más vigorosa y furtiva que la primera. Aunque el tiempo vital pase rápido, en literatura la distancia temporal entre un libro y su relectura es lenta, casi imperceptible, y sólo acentúa los grandes e inconscientes cambios de la vida no literaria. Había encontrado sin querer el grito de atención que me recordara que tenía que aprovechar el tiempo al máximo. Ese tiempo que se detiene para decirme que nunca lo hace, y aquellas olas sólo me servían de mensajero, de despertador.

Al día siguiente, una amiga mía, la única a la que no puedo decir que no, me pidió el carnet porque necesitaba varios libros y con el suyo no le alcanzaba para llevárselos. Así que volví a incrustar Las olas entre aquellos libros agazapados con las páginas agarrotadas y oscuras. Mi amiga se pasó el plazo de devolución varias semanas, pero no me importó. Para entonces ya me había resignado a que la gente de mi universidad no leía literatura, y decidí que para ser consciente de la rapidez de mi vida necesitaba ese libro y su tiempo, ese obstáculo que limitara el mío y me recordara que tenía que haber vivido tan intensamente como para que el inicio del libro siguiera siendo lento y etéreo, inquietante y sobre todo rotundo, como si aplastara todos los relojes a mi alrededor. Así que sólo me acordaba de Las olas en las mismas fechas, y al año siguiente lo volví a coger, esta vez con dos fechas escritas encima de la última, las dos mías. Y volví a quedar prendado de su magnetismo y lo dejé a propósito una vez llegué a la página 25, o quizá a la 30. El año siguiente era mi último año de universidad y volví a repetir el ritual, con una fecha más en la hoja del principio, con una vida recorrida con más velocidad que la que las letras de ese libro, inmortales, intemporales y rabiosas, podían hacerme recordar. Aquella cuarta y última vez que cogí la edición del coleccionable de un periódico, encuadernada en azul con el título en negro, de Las olas, pensé en acabarlo, en un día, de un tirón. Ya estaba resignado a mi universidad y a mi vida, seguramente no volvería a necesitar pisar la biblioteca, ya no vería más ese libro y sus cuatro fechas, había que cerrar el círculo y cambiar la velocidad, pero al empezar sólo pude llegar a la página 30, o quizá a la 35. Nunca he pasado de allí.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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5 respuestas a Las olas, el tiempo y la biblioteca de mi universidad

  1. B dijo:

    En mi universidad había dos bibliotecas. La que estaba a la vista de todo el mundo y la que nadie podía ver. Las leyendas contaban que en las últimas plantas del edificio se guardaban primeras ediciones, joyas extrañas, libros a la temperatura adecuada, una copia moderna de El laberinto de la rosa. La biblioteca que estaba a la vista tenía manuales pesados de economía, códigos de derecho pasados de moda a los que se les caían las tapas, teoría mala sobre la literatura y nada de Walt Whitman. Saqué dos libros que no me interesaban y que nunca fueron devueltos. Ahora acumulan polvo, en una estantería abandonada, pero no olvidada.

    Creo que es lo mejor que has escrito.

  2. Ximeno Ximenez dijo:

    una vez mas cuentas con mi admiración y respeto.

    Alberto DDQ.

  3. Isa dijo:

    Precioso…

  4. Gilberto dijo:

    En mi facultad ni diccionarios tenían, y la biblioteca de rectoría solo era para las carreras privilegiadas. Vaya, siempre que te leo tengo regresiones y no si es bueno o malo, jejeje.

    Excelente post.

    Saludos

  5. Pingback: De nuevo, campeones otra vez | Siete Ciudades

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