Los lobbystas

Cempazúchitl (Washington DC)

Empezamos mal el post: usando una palabra en espánglish para definir una profesión que puede ser perfectamente descrita en español. En el idioma de Cervantes, o lo que quede de él, un “lobbysta” es un “cabildero”. De cualquier forma, y como quiera que sea, voy a seguir usando el término en espánglish: es más cómodo y va mejor con la línea editorial que manejo en mis contribuciones a este blog.

De manera general, un “lobbysta” es alguien que comunica los intereses de los electores a sus representantes: alguien que puede sentarse con un senador, un gobernador, o uno de esos personajes siniestros, y decirle: “tus electores quieren que hagas esto y apoyes tal causa.” Esa es la definición genérica y, como siempre, el diablo, como siempre, está en los detalles. Las formas en las que los lobbystas operan son variadas: desde una recepción en alguno de los salones del Capitolio a la que se invitan a varios Congresistas, hasta una invitación a una comida privada, o, mucho más común y más importante, una donación para la campaña de reelección. Supongamos que, por ejemplo, la National Rifle Association (NRA) quiere que un congresista vote por una regulación a favor de la portación de armas de alto calibre. La NRA contrata a una firma de lobbying para que contacte al congresista en cuestión y le ofrezca una donación para su campaña de reelección a cambio de votar en el sentido deseado. El congresista es libre de aceptar o no.

El sistema es menos corrupto de lo que parece: los congresistas están obligados por ley a aceptar cualquier actividad relacionada con el lobbying. Y como el sistema político estadounidense está basado en el hecho comprobado de que en política todo mundo termina traicionando a todo mundo, los políticos tienen el incentivo a reportar una comida con un lobbysta hoy, voluntariamente, en vez de que, en unos años, un ex-staffer resentido lo saque a la prensa y se haga un escándalo.

El esquema también se presta menos a la compra de votos de lo que se le acusa: volviendo al ejemplo de la NRA, es poco probable que el congresista de un distrito donde todos los votantes están en contra de la portación de armas de alto calibre siquiera tome la llamada del lobbysta. De hecho, muy seguramente su campaña de reelección va a ser financiada por alguna asociación anti-NRA. En temas altamente ideologizados, los lobbystas terminan hablando solamente con los políticos que comparten de antemano una agenda con ellos.

¿Cuál es el problema con los lobbystas, entonces? ¿Por qué se les acusa de estar corrompiendo a la democracia? Los únicos dos argumentos sólidos y no basados en teorías de conspiración son los siguientes: en el caso de políticos moderados, recién llegados a su puesto, o con una base de apoyo diversa, es más fácil que los lobbystas sí compren, literalmente, el voto de algún político indeciso sobre qué medidas de política apoyar. Cabe destacar que, desde un punto de vista puramente basado en resultados, esto no es necesariamente malo: sin los lobbystas, muchas aristas y matices de las políticas públicas serían totalmente desconocidas para los representantes.

El segundo argumento, y acaso el más importante, es que, en los debates técnicos y no ideologizados, que no importan (aunque debieran) al ciudadano de a pie, los lobbystas tienen una zona discrecional impresionante. Y el lobbysta que gana es el que tiene más recursos y el que está apoyado por el grupo de interés más organizado. No todos los debates políticos tratan del aborto, la portación de armas, la política exterior, o cosas apasionantes. La mayor parte del tiempo, los políticos (o más bien, sus oficinas) tratan con temas aburridísimos como la regulación de los cultivos transgénicos, la construcción de presas en pueblos olvidados de dios, o las normativas para los dentistas de caballos (es en serio). Estos temas, no dejan de impactar la vida de todos los ciudadanos por ser aburridos. De hecho, las normas más oscuras son las que más nos afectan.

Es en estos temas, que nos aburren a todos, donde los grupos de interés, gracias a las aportaciones que hacen a través de los lobbystas, adquieren ganancias marginales pero que le terminan costando millones de dólares al ciudadano de a pie.

Después de la quiebra de Lehman Brothers en 2008, que nos sumió en la crisis económica actual, todo mundo habló de la reforma del sistema bancario. Rimbombantes libros y suntuosas editoriales salían en los periódicos de todos los días. Eventualmente, el Congreso estadounidense puso manos a la obra y, hace casi un año, aprobó la Dodd-Frank Act, que pretende reformar el sistema financiero. Apuesto que menos del 1% de los lectores del blog han oído hablar de esta reforma a pesar de la importancia capital que tiene para todos nosotros. La Dodd-Frank Act tiene algunos elementos muy buenos, pero, inevitablemente, los bancos tuvieron una ventaja muy grande sobre el resto de los ciudadanos gracias a su conocimiento técnico y al desinterés que algo tan aburrido como la regulación financiera despierta entre los ciudadanos.

Y estos son los problemas que el lobbysmo trae a la democracia de Estados Unidos. Hablar de los problemas que trae en democracias nuevas, donde la articulación de los intereses en la arena parlamentaria es algo nuevo; o en democracias antiguas donde los políticos no tienen miedo a la traición requeriría otro post, quizá un libro…

La mayoría de los lobbies están ubicados en K-Street, una de las pocas calles de doble sentido de la ciudad.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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