Los clochards

Aletz (Montreal)

clochard: vagabundo: holgazán u ocioso que anda de un lugar a otro, sin tener oficio ni domicilio determinado.(RAE)

Ella tenía dieciocho años, era poeta y vivía en una librería. De la librería a la calle había que dar sólo un paso, lo dimos juntos. Vivimos primero en un cuarto de servicio, cuando nos sacaron del cuarto, nos fuimos a una casa abandonada. Vendimos artesanía en la calle, comimos arroz con los Hare Krishna y nos convertimos en clochards. Ella y yo.

En Montreal, la mayoría de los clochards debieron haber seguido el mismo recorrido. Hijos e hijas de Kerouac y Lord Byron, ocupan las esquinas de las calles, trapitos y cubetas a la mano; rompen las cerraduras de las casas abandonadas; se apiñan alrededor de las vagonetas de Dans la Rue para recibir desayunos gratis. Los pobres, verdaderos pobres, trabajan en los campos, limpian la mierda de los baños, les trafican la cocaína a los ricos, viven bajo el financiamiento del Estado, aislados en sus casas o en la cárcel. El tullido, el tuerto, los bebés moqueando no existen en Montreal, por ahora. Los clochards, en cambio, son rubias, pelirrojas con pantalones entallados y sucios, chicos con la mirada directa y la voz alta. Todos hablan inglés, incluso los que nacieron quebequenses. El inglés es su lengua franca.

Los canadienses han hecho dos cosas contra los románticos: los han ridiculizado con películas ruines y los han arrojado a las calles.

Sin embargo, muy de vez en cuando, de la calle se alza una voz, y los adolescentes de clase media sufren. Ya no quieren sacar el diploma, ayudar en la compañía de papá, trabajar a medio tiempo para comprar el nuevo gadget de Apple. Los adolescentes detestan las películas de Hugh Grant y Julia Roberts, aunque tengan escenas de sexo. ¿Qué hacer? ¿A quién culpar? Nada, esperar. La mayoría supera esta fase. Los padres pueden respirar tranquilos. Y para los otros, los que deben ver a sus hijos, con su cuenta de ahorro en Desjardins, limpiar parabrisas ajenos con una sonrisa, para esos padres, nuestro más sentido pésame.

¿Censurar las voces románticas? ¿Prohibir su publicación? Imposible, provienen de los lugares más alejados, de lenguas inesperadas. El último éxito, Roberto Bolaño, escribió en una lengua que los canadienses creían que servía únicamente para pedir comida. Después de Bolaño, los románticos quieren ser Savage Detectives, y cuando lean la traducción de Cortázar, las románticas querrán ser the Sorceress. Al final, todos son clochards.

Pero a los clochards esas voces los justifican, les dan fuerza, y bueno, aunque se las quitaran, tendrían todavía la música, a Dylan, y si se los quitaran, tendrían, como última opción, el alcohol y la mariguana, y si se los quitaran, bueno, pues entonces sí tendrían que empezar a buscarse un trabajo.

En la calle Ontario están los clochards, en las esquinas de Papineau, hasta St. Denis. Las mañanas hacen fila frente a las vagonetas de Dans la Rue para pedir su desayuno, en las tardes van a la Iglesia del Sacré Coeur y a Notre-Dame de Guadalupe. Con la comida todavía en la boca, limpian parabrisas, pasean a sus perros, beben y fuman mariguana, viven. ¿Y en las noches, qué hacen durante las noches los clochards?

En Ontario, esquina con Champlain, a las diez u once de la noche salen las putas. Morenas, negras y eslavas, cien a doscientos dólares, más los gastos del cuarto. Los clientes pasan en sus coches, suben a las putas y las regresan, para que otros las levanten. En el Barrio Latino, rue St. Cahterine, están los antros eróticos. Las bailarinas son estudiantes que no tienen padres ricos, ni consiguieron beca. Un baile, una canción y ya tienen treinta dólares. Dos bailes, tres bailes, seis bailes, saquen la cuenta. En Ontario, a la altura de Notre-Dame, hay dos lugares de masajes. El baño, el masaje y la masturbación, pero sin boca, cuesta cien dólares. A la hora pico, los coches deben estacionarse hasta a tres o cuatro cuadras de los masajes.

Los clochards, en cambio, no entienden de dinero, no saben ahorrar para comprarse un coche. Rompen puertas, cambian cerraduras y viven hacinados en casas ajenas. De pronto, a la una de la madrugada, un clochard se despierta con un fierro clavado en la espalda. Voltea y ve a una mujer en cuatro patas, mordiéndose los labios, jadeando. Atrás de ella, a un tipo le estallan las venas como a Hulk Hogan. No era un fierro, era una rodilla, o era la cabeza de ella, o era el pie de él, o era el vaivén de ambos cuerpos, no lo sabe, y no le importa. El clochard se da la vuelta y vuelve a dormir. Entre ellos, el amor es así. Es lo que hacen en las noches.

Los clochards no saben ahorrar.

“Papá, ¿dónde hacen sus necesidades los clochards?”

Buena pregunta. El padre lo piensa, ¿dónde será?

“No sé, mi hijo. Tendrán sus lugares”

Pero si supiera, el padre jamás se lo diría a su hijo, no tendría el corazón. Ahí donde los dos, en décadas distintas, volaron hacia un mundo de pelotas de colores, donde los dos comieron su primera Big Mac con pepinillos, ahí es donde los clochards van a cagar. Los clientes estudian las tres opciones del menú, los niños espían la zona de juegos, los empleados clavan su mirada al frente. Y mientras tanto, sin esconderse, ni pedir permiso, los clochards abren las puertas, cubren el aro con papel de baño y defecan. En McDonald’s.

En la esquina de Ontario y Papineau hay un McDonald’s. Las familias pasan en coche, piden sus Big Macs y aceleran. Los otros van a cagar.

Cuando yo era clochard, recuerdo que me gustaba el McDonald’s, pero mejor aún era el café Malongo. Íbamos juntos, ella y yo. Recién nos habíamos lavado los dientes y enjuagado la cara, nos enfilábamos al Malongo. Pedíamos un café, cuando alcanzaba el dinero, un croissant. Esperábamos la digestión. Muchas veces nos íbamos al baño agarraditos de la mano. En esas ocasiones podía imaginarla al otro lado del muro, sentada en su trono de mármol blanco. Me fascinaba ver su sonrisa, de vuelta en la mesa.

“¿Todo bien?”

“Todo bien.”

Los clochards envejecen mal. Se hacen más rosados y apestan. A los cuarenta ya deben reciclarse. Además, son malos padres, les roban a sus hijos la posibilidad de rebelarse, de ser como ellos. Los hijos de los clochards se gradúan hasta el doctorado, en Yale, con medalla al mérito.

“¿Ves, cabrón? !No era tan difícil!,” les restregan el título en la cara. Pero los clochards se ríen a carcajadas, mostrándoles los rellenos de sus pocas muelas a los hijos que lloran sobre el título y todos los años de calle y centros de ayuda.

Los clochards son malos padres, y un mal padre no es un hombre, y una mala madre no es una mujer. Son clochards.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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2 respuestas a Los clochards

  1. No hay ciudad seria que se precie de serlo sin clochards.

  2. Jonas dijo:

    Sin palabras, hombre. Muy belo, muy belo mismo.

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