La semana que tomamos Sol: Curiosidades y anécdotas

Pablo (Madrid)

Cuando en una semana se crea casi espontáneamente un movimiento que transforma la principal plaza del país en una miniciudad alternativa, y decenas de miles de personas desafían la ley sin que haya un líder o una organización previamente establecida y asentada, es lógico que ocurran situaciones peculiares y divertidas dentro de la reivindicación, más aún teniendo en cuenta que se juntó en la plaza gente de todas las edades y condiciones.

Las numerosas pancartas con lemas satíricos reflejaban una creatividad y un sentido del humor normalmente ausente en este tipo de reivindicaciones (aunque en muchas de ellas había unas faltas de ortografía que las llegaban a deslegitimar). Había desde una chica que decía que si lo hubiera sabido se habría operado las tetas en vez de hacer un master hasta un grupo de informáticos que decía que la revolución la harían con la tipografía Comic Sans, por si al final salía mal al menos tener el consuelo de haberles hecho daño a la vista. Otras decían `Error en el sistema… Reiniciar´ `Me gustas democracia porque estás como ausente´ o `Se vende Constitución en mal estado´. Había una que rezaba `OTAN no, bases fuera´ principal lema de unas manifestaciones en los años 80, y es que la plaza estaba llena de nostálgicos de las protestas del franquismo o de la transición, que no podían faltar a una nueva cita con la revuelta. Muchas veces los ancianos eran los que iniciaban los cánticos y los que instigaban a los más jóvenes a gritar. Aunque, de todas las pancartas y de toda la gente que las llevaba, una de las más simples fue la que encontré más ingeniosa, la de un niño de unos dos o tres años, que sobre los hombros de su padre sujetaba con sus dedos frágiles un cartel que decía `Yo no voto´.

En Sol era muy fácil hacer amigos si uno se lo proponía, sobre todo los primeros días, antes de que la plaza fuera intransitable, cuando éramos los mismos colocándonos por los mismos sitios. Alguno hasta aprovechaba para intentar ligar, pues las hormonas y las emociones también estaban revolucionadas, y romper el hielo nunca había resultado tan fácil. Había algunos mendigos que aprovechaban para comer gratis y hacían la fila de la comida constantemente, mientras los de la organización que les decían que no, que ya habían comido, que tenían que repartir a los demás. Pude conocer a un grupo de anarcofeministas, que tenían una carpa exclusivamente para ellas, y me di cuenta de que han creado una nueva gramática, un sistema lingüístico alternativo al castellano en el que todas las palabras terminan con la letra `a´. La noche del viernes, cuando más se llenó la plaza tras la prohibición, la pasé bajo las lonas junto a los acampados y junto a un grupo de chicas de entre 18 y 20 años, que vinieron bien conjuntadas con pantalones negros ceñidos y camiseta blanca, y que sólo hablaban de cosmética y de moda. No dejaron de maquillarse durante toda la noche, porque, claro, había que estar monísima si venía la Policía; el movimiento sí, pero ante todo divinas. Luego, cuando se ponían a cantar, la languidez de sus voces hacía un contraste tan extraño con la fuerza del mensaje, que más que respeto infundían risa.

Había gente que aprovechaba las asambleas para sentirse escuchado aunque no tuviera nada que decir (hubo alguno que decía haber sido abducido por los extraterrestres y quería compensación). Había también pequeños colectivos que trataban de hacer la guerra por su cuenta, aunque eran más ruidosos que efectivos. Tras la primera semana de asambleas se redactó un manifiesto con reclamaciones de tendencia claramente izquierdista, que se saltaba el consenso inicial de puntos comunes y desideologizados, y que tras varias protestas posteriores fue rechazado, volviendo a la base.

Gracias a esto pude reencontrarme con personas con las que hacía tiempo no tenía contacto y que seguramente no habría podido ver en otro sitio que no fuera una boda, una reunión de antiguos alumnos o un funeral. Me llegué a sorprender, supongo que al vivirlo en primera persona, de la capacidad política de twitter (aunque sigo teniendo reticencias en otros aspectos) y del empobrecimiento acusado de los medios de comunicación del país.

Ahora que el empuje inicial ha pasado, me doy cuenta de que aún sin saber cómo acabará esto valió la pena el esfuerzo. Aún sigue la acampada en Sol, aunque no parece que su disolución se contemple muy lejana, pues irá perdiendo fuerza y respaldo. No podría hacer una hipótesis de lo que pasará con el movimiento, ni con el resto de acampadas, ni mucho menos con el país aunque si todo sigue igual imagino que convocarán nuevas concentraciones antes de las elecciones generales del año que viene. Veremos qué sucede.

Por último quería agradecer enormemente a mis compañeros de blog por haber dedicado esta semana a este tema desde su punto de vista y el de sus ciudades, enriqueciéndolo y aportando nuevas perspectivas.

“Esto no es una revolución, es una mutación. No se quiere cambiar el sistema, lo queremos, pero totalmente diferente. Por eso los políticos no saben qué hacer.”

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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