1984 revisitado… y revisitado (Las marchas colombianas)

Harold (Bogotá)

No me gusta mucho hablar de política, sobre todo porque la gente en Colombia cree que hablar de política es hablar de partidos políticos. No podría decir que soy apolítico, pues a pesar de todo vivo atado a una sociedad y a la vida en comunidad en diferentes planos, pero en ocasiones los ideales que deberían marcar al ser político dentro de una ciudad se ven invadidos por conexiones extrañas que tienden a la pérdida del ser individual. No es que una ideología se nutra con la participación de los individuos, sino más bien que estos son asimilados por ilusorios aparatos preestablecidos. Desde que la horda primigenia asesinara al padre (el dictador original) y los hijos aseguraran el mantenimiento de la tribu en la confianza de un nuevo orden, la civilización ha ido construyéndose en este continuo juego de rebeliones y contradicciones, unas, por supuesto, menos afortunadas que otras. La presencia del sentido de la posibilidad jugueteando con el sentido de la realidad nos ha llevado continuamente a organizaciones en torno a la idea de que “siempre puede ser de otro modo”, por ello las protestas, las marchas y los conglomerados son acciones muy legítimas; desgraciadamente no en todos los casos, porque no en todos los casos los anima esa idea primaria, sino, por el contrario, la idea adquirida de la preservación necesaria y chovinista de los mismos paradigmas.

En las semanas anteriores España despertó con la conciencia de esas posibilidades que han sido degeneradas por gobiernos corruptos o inoperantes, verdad de Perogrullo si se piensa que la mayoría de gobiernos caerán, si no en ambas, en una de esas categorías. Pero saber eso no resuelve nada, ni siquiera es garantía de una verdadera conciencia de las situaciones circundantes, y por ello es tan loable que, más o menos espontáneamente, los ciudadanos dejen sentir sus inconformidades acampando innúmeras horas en la Plaza del Sol. Meses antes, los jóvenes de Medio Oriente (Túnez, Egipto) nos mostraron que no hay otra opción una vez que el vaso se rebosa. Tanto en Europa como en Medio Oriente los ciudadanos han podido ver sus países desde dentro y son capaces de entender que el estado actual de las cosas se encuentra por debajo de sus intereses y posibilidades, y, lo más importante, que son ellos, como el motor de esos países, los que deben enfrentar dicho estado de cosas; hacer frente a sus propios gobernantes.

En Colombia, sin embargo, hemos tenido muchos más movimientos de protesta durante los últimos años, pero todos de papel, de una intrascendencia tan risible que ya ni los más férreos participantes se los creen. Todo porque Colombia vive en 1984, ese fatídico espacio-año que Orwell predijo. Por supuesto que el mundo entero está más o menos en este punto, pero este país es un lugar de posibilidades excepcionales para la instauración de un gobierno de espejismos. En la novela de Georges Orwell un estado hipotético vivía subyugado a un procedimiento que instauraba la verdad en los medios de comunicación y era mantenido por la capacidad de olvido que era inducida entre los ciudadanos. Por ejemplo, se le decía a los ciudadanos que el lunes el chocolate costaba $1.50, y el martes, los noticieros anunciaban con gran entusiasmo la rebaja del chocolate a sólo $2.50. Doblepensar que consiste en una de las “más refinadas sutilezas del sistema: inducir conscientemente a la inconsciencia, y luego hacerse inconsciente para no reconocer que se había realizado un acto de auto sugestión”. ¿Cómo es esto posible? Porque las personas han aprendido a vivir en lo efímero, en el aquí y ahora, y porque sobre todo han aprendido a escuchar a su órgano número 7 (si creemos que la intuición o el sentido común son el sexto): la televisión. Es cierto, en Colombia la televisión es como un apéndice de los ciudadanos, los noticieros de la noche se han convertido en conciencias externas que alienan a todos al incluirlos a todos. Ya lo decía Marcuse a propósito de Orwell: “Orwell predijo hace mucho que la posibilidad de que un partido político que trabajara para la defensa y el crecimiento del capitalismo fuera llamado “socialista”, un gobierno despótico “democrático”, y una elección dirigida “libre”, llegaría a ser una forma lingüística –y política- familiar”. Y así como esas elecciones dirigidas son proclamadas como libres, las marchas en Colombia obedecen a propuestas oscuras que buscan la perpetuación de unos intereses bastantes claros.

Gracias a este nuevo órgano con el que nos fundimos, al que habrá que agregarle la internet, y al conflicto bélico innegable que existe en Colombia, los ciudadanos son conducidos a marchas en protesta de algo que insoslayablemente propenden más bien por la continuidad de otra cosa. En efecto, las marchas son adoptadas bajo una extraña conciencia que invita a que los ciudadanos sólo puedan estar en contra de algo si primero, en acto de contrición, están a favor de algo. Es así como en la marcha contra las Farc (el grupo guerrillero que asola el país) todo aquel que marchó es un honorable seguidor del estado, y en su lugar todo aquel que no lo hizo es inmediatamente un terrorista. No digo que no deba hacerse, pero basta ver que todas estas protestas son un pequeño circo dominguero: la gente se uniforma con camisetas y un lema, llevan globos en la mano, pancartas y arengas, a una hora determinada la fiesta acaba porque hay que llegar en la noche a ver la telenovela o el partido de fútbol; son protestas de media hora que les dan a los ciudadanos el sentido de que han hecho algo por su país, de que ahora pueden dormir en paz porque han tranquilizado su conciencia marchando contra el mal; mañana habrá que seguir todo como antes y esperar que eso en lo que uno participó salga en las noticias. ¿Y las otras marchas? ¿Y el compromiso? ¿Dónde quedan las marchas inmediatas que deben hacerse por la reducción del incremento del salario mínimo? ¿Dónde se protesta porque a los políticos corruptos les han otorgado nuevas embajadas? ¿Cuándo se ha hecho una marcha por el desempleo? No. Porque la tele, o el Face o el Twit no nos han dicho que debe hacerse, porque eso sí, puede no haber trabajo pero Blackberries sí habrán.

En Colombia el vaso se ha rebosado hace mucho, pero a estos ciudadanos no se les ha dicho, y si se les dice no se lo creen. Basta con darles una marcha de medio día cada ciertos meses para que estén tranquilos, para que sientan que su espíritu rebelde y sus acciones como seres políticos valen; marchas patrocinadas, con camisetas gratis, con autoafirmación, con seguimientos en todas las cadenas, con botones que digan “Yo también fui a la marcha” y con la seguridad de una velada tranquila. En las noches veremos cómo habla el ministerio de la verdad, y cómo el de la paz hace su trabajo, mientras cientos de invisibles (que ni ciudadanos se consideran) duermen en las calles, mientras gran parte de la población pasa hambre frente a sus televisores.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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Una respuesta a 1984 revisitado… y revisitado (Las marchas colombianas)

  1. Sochimilk dijo:

    Es muy común que en nuestros países latinos, confundamos todo lo importante y cualquier reunión en carnaval, espero algún día entendamos que la única forma de hacer algo por este mundo, es dejar de ser tan pendejos y mandar a volar a nuestros ilustres, estudiados y muy ignorantes gobernantes.

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