El Capitolio (II)

Washington, DC

Se ha vuelto cliché decir que el presidente de Estados Unidos es el hombre más poderoso del planeta. En realidad, el Poder Ejecutivo del Gobierno Federal de los Estados Unidos es solamente un centro de poder más en esta ciudad, que debe convivir y luchar por influencia, principalmente, con el Congreso y la Suprema Corte de Justicia. E incluso dentro del Poder Ejecutivo hay divisiones: el Departamento de Comercio, por ejemplo, no necesariamente comparte prescripciones con el Departamento de Estado, por lo que las luchas intra-burocráticas están a la orden del día.

Cuando un país quiere negociar algo con Estados Unidos tiene que hacerlo dos veces: con el Poder Ejecutivo en primer lugar, y con el Congreso, en segundo. Tratados comerciales importantísimos firmados por el presidente de Estados Unidos, como los de Colombia, Panamá, y Corea del Sur,  llevan años atorados en el Congreso porque hay algún legislador proteccionista o temeroso de la delocalización laboral capaz de convencer a un número suficiente de pares de que no hay que ratificar los documentos. Esa actitud es molesta a ojos de los observadores extranjeros y con algo de razón: el Presidente de Estados Unidos no debería empeñar su palabra (y la de todo su país) si no tiene el suficiente número de votos en el Congreso para hacerla valer. En realidad, lo que olvidan los observadores externos es que cualquier democracia digna de ese nombre tiene el suficiente número de contrapesos para que un Jefe de Estado, por más cabal que sea, no sea capaz de imponer su palabra sin tomar en cuenta al Congreso, que es donde se reúnen los representantes del pueblo. La democracia, como dijo algún intelectual por ahí (H. L. Mencken), es el arte de dirigir el circo desde la jaula del chango.

Dado su peso específico en el sistema político estadounidense, todo mundo quiere hacer cabildeo (lobbying) en el Congreso federal: desde empresas de armas hasta empresas de helados dietéticos (se ponen todos los viernes del verano en la explanada del Congreso a dar helados gratis). Casi todos los métodos son válidos y dependen del presupuesto del interesado: desde una comida lujosa en un restaurante para un congresista influyente hasta un cóctel abierto al público. Algunas formas de hacer lobbying son bastante chistosas, y depende de lo que se busque (darse a conocer, obtener una exención fiscal, cambiar una regulación). La Asociación Nacional de Vegetarianos y Veganos, que busca primordialmente sobrevivir y dar a conocer su agenda, trae todos los viernes a modelos rubias cuarentonas voluptuosas de senos grandes a ofrecer hot-dogs y hamburguesas de soya a todos los peatones. La Asociación Nacional de Helados Dietéticos también ofrece helados gratis a los staffers todos los viernes del verano. Cada año, Guam y las Islas Marshall, equivalentes a Puerto Rico pero en el Pacífico, ofrecen un cocktel gigantesco lleno de carne de puerco con danzas exóticas para, oficialmente, agradecer a Estados Unidos haberlos liberado de los japoneses en la Segunda Guerra Mundial. Otros métodos de cabildeo son más siniestros: una comida privada con un legislador influyente, o simplemente dinero para la campaña de reelección. Las puertas están abiertas a todo mundo: desde la National Rifle Association hasta periodistas afines a la FARC o a los carteles de droga mexicanos.

Democracia en América, escrito por de Tocqueville, tiene un pronóstico muy optimista respecto a la influencia de los grupos de interés (es decir, cualquier grupo que hace lobbying) en la vida pública del país. Según de Tocqueville, los diferentes grupos de interés terminarían anulándose unos a otros, dejando que el proceso legislativo transcurra normalmente; es decir, tomando en cuenta los intereses de los ciudadanos comunes que no necesariamente tienen una agenda o dinero para organizarse y presionar al Congreso. La realidad ha sido más perversa, gracias al politically correctness y al posmodernismo que nos hace creer que todo está bien, no es raro ver a grupos de con intereses totalmente diferentes diciendo que sus rivales pueden “presentar argumentos totalmente válidos”. Así la National Rifle Association no ve problemas en que las ONGs anti-armas reciban fondos federales para su funcionamiento –siempre y cuando ellos también reciban los cambios legislativos que faciliten la portación de armas.

Cuando la izquierda dice que la democracia está raptada por unos cuantos se imaginan a un grupo de banqueros y “empresarios” (probablemente en Suiza o NY) conspirando contra “el pueblo” alrededor de un caldero con alguna poción mágica. La realidad es mucho más compleja: la democracia está raptada, pero no por “la élite”, sino por los cientos de grupos de interés que chantajean a los legisladores para que tomen en cuenta sus agendas particulares, que siempre terminan perjudicando a los ciudadanos particulares. Pero eso es mucho más complejo de cambiar y de detectar, además de que nadie es tan guapo para renunciar a su agenda personal en cambio de una paparrucha como “el bien común.”

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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