A veces pierdo la ciudad

Harold (Bogotá)

En qué pensamos cuando vemos un lugar por última vez? ¿Cómo sabemos que en verdad existe algo a lo que podamos llamar último? Quizá el sentenciado a muerte piensa en todas aquellas cosas que efectivamente no volverá a ver, a sentir, a gustar y, claro, a pensar. Pero en él la vida entera hará parte de eso último, y al no haber realmente nada después, el sentimiento de nostalgia o de desasosiego propio del abandono no posee la misma trascendencia. Pero cuando uno se despide de un lugar que sabe que no volverá a ver, o cuyas probabilidades son exactamente remotas, algo en uno, la memoria tal vez, se aferra a un sinnúmero de detalles que antes eran simplemente accesorios. Todo, entonces, se siente inmediatamente esencial; todo es indefectible y nuevo, todo, necesario. El aire tiene un olor singular por primera vez: es pino, es lavanda o palo santo; es un pestilente humo que deja la fábrica a lo lejos o la inconfundible humedad  de las hojas de mayo. El cielo de repente se nos torna grisáceo, quebrado, azul transparente y hasta rojo. Es innegable que si abandonamos la ciudad, si perdemos un empleo, si cambiamos de casa, nos despedimos sin más de algo a lo que una vez estuvimos atados, nos viene una nostalgia enorme por eso que perdemos, quien puede saber si para siempre.

Y después está la otra nostalgia, la de perder esas calles que nunca se han recorrido, la de no volver a un lugar al que nunca se ha ido. Una nostalgia que es un fingimiento, que puede surgir como artificio o como divertimento, pero que al fin es más sentida y más profunda; una extrañeza que no se consuela en el desconocimiento, que no disminuye por su carácter ficcional. Y después se puede decir que hay nostalgia por todo lo que puede recaer en el pensamiento, por todo aquello que un día imaginamos como ajeno, pero que está allí en lo profundo de una imagen que se siente.

Hay calles en esta ciudad que no volveré a ver, hay un sendero de piedra por el que no caminaré y muchos pensamientos que ya no se cruzarán con mis pasos. Hay una parte de la ciudad a la que nunca he ido y que extraño porque nunca iré; extraño, aunque parezca raro, otras muchas ciudades que no conozco y todas esas estrellas que desaparecieron hace millones de años.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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2 respuestas a A veces pierdo la ciudad

  1. yo dijo:

    Extraño las calles por donde nunca caminamos, extraño beber en los bares que solo existen para los demas, extraño el parque de oro donde te esperaba, extraño tomar un café en la ventana, extraño al que extraño cuando te extraño.

  2. Dorian Gray dijo:

    Me gusta!!!!

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