Repartidor de libros

Aletz (Montreal)

Montreal no será la sociedad más equitativa y floreciente del mundo, pero tiene una sociedad civil ejemplar. Prueba de ello es que a cuatro calles de mi casa, tengo el centro comunitario ASC —piscina, gimnasio, biblioteca, salones de computo—; a cinco calles, en dirección contraria, está la biblioteca Frontenac, también frente un centro deportivo; y si me voy un poco más lejos, en la misma dirección del centro, llego a la Grande Bibliothèque, con un acerbo bibliográfico mucho (pero muchísimo) mayor al de la universidad donde estudié en México. Todas estas bibliotecas son de libre acceso, no hay que pagar un solo centavo para afiliarse y están abiertas hasta el domingo (y, por cierto, para quienes estén poniendo cara de “vaya nerd, sólo piensa en bibliotecas”, les paso el dato que en mis bibliotecas no sólo hay libros, que sí me divierten y mucho, está la colección más grande de cómics que he visto en la vida, un piso entero repleto de cedés y devedés, todas las revistas de la semana, salas de computo y demás).

¿Cómo funciona esta red de bibliotecas y centros comunitarios? ¿Quién las ha financiado? ¿Quién le ha enseñado a esta gente ha explotarlas de tal manera que no dejan rincón sin explorar?

Estas sociedades que antes, de adolescente, creía que eran fruto del capitalismo descarnado e individualista, ahora, de grande, las descubro hijas de lo que nos falta en México (y en América Latina): participación ciudadana. Es tan fuerte su convicción en lo que pueden hacer y en lo que deben exigir, que va más allá de sus ideales políticos.

Montreal está dividida en dos grupos étnicos, que funcionan bajo los dos ideales que dividieron a nuestro siglo: el liberal y el  marxista (o post-marxista). Básicamente, los franceses van por el Estado y los ingleses por el Capital. Pues bueno, ignoro los andamios retorcidos que sostengan el Ministère des Archives et Bibliothèques de Quebec, desconozco la cantidad de impuestos que pueden estarse ahorrando los grandes empresarios altruistas, pero de una cosa sí estoy seguro, de uno y otro lado hay una cantidad de bibliotecas y centros sociales que jamás hubiera soñado disfrutar. Del lado francés, se encuentran las bibliotecas que ya he mencionado, mientras que del inglés, un ejemplo de muestra es la biblioteca Atwater. Creada en 1828, al mando de Sir James Kempt, la Atwater fue la primera biblioteca con fines altruistas en todo Montreal. Su deseo original era educar a los obreros en temas ingenieriles, ahora cuenta con un acerbo que se renueva cada mes, alberga conferencias, cursos y varios servicios a la comunidad.

Así pues, salvando ideologías, gobiernos y capital, la gente de Montreal ha exigido y logrado su derecho a desarrollarse mental y físicamente. Su descontento político no le ha servido de argumento para la fiaca, ni el pesimismo. Creyendo que yo debía, de alguna manera, pagar los favores recibidos, exaltado con el ideal de la participación ciudadana, hace dos meses fui a la biblioteca Atwater a ofrecer mis servicios de voluntario. Me dieron un repaso a todas las labores disponibles y me preguntaron por mi favorita. Decidí entonces convertirme en repartidor de documentos para gente de escasa movilidad física. Es decir, reparto libros a tres viejitas, Hazel, Mary y Cheryl.

Los martes, de cada dos semanas, les hablo por teléfono y les pregunto si les gustaron los últimos libros, si desean más en la misma línea, o si quieren probar suerte con otro género. Por lo general, me dejan a mí la decisión, aclarando que lo único que quieren es “una buena historia.” Me imagino que, ante la muerte, habrá los que deseen reconciliarse con un dios y habrá también los que deseen que les cuenten una buena historia. Espero encontrarme en estos últimos.

Concluidas las llamadas, bajo por sus libros y documentos. En caso de persistir la duda, cuento con un registro, elaborado a través del año que ha durado el programa, donde se enlistan los gustos y lecturas de cada una. A Hazel le gusta la novela de detectives, situada preferentemente en Europa; a Cheryl las biografías, las novelas históricas y las revistas; mientras que Mary es totalmente de las mías: “latest modern literature, specially reviews from the New York Times Book Review.” A Mary también le gustan las películas que están de moda, y recuerdo con gracia una ocasión en la que tuvo que darme mil rodeos: “It’s this new film, dear, with Di Caprio… the one with the italian director… based on the Second World War,” para no decir que quería ver “Inglorious Bastards”.

Una vez seleccionado sus documentos, los empacó en mi mochila y, al día siguiente, alrededor de las diez de la mañana, salgo a la calle. Mi primera visita es a Mary. Su edificio está situado en la parte más alta de la ciudad, y su patio trasero es, nada menos y nada más, que el Mont Royal, es decir, el monte que le da nombre a esta ciudad. De acuerdo con Hazel, quien vive en la parte baja y pobre, el edificio de Mary acabó con la mitad de la fauna de Montreal. Por supuesto que yo no le he dicho a Hazel que Mary, a quien seguramente no conoce, vive en el edificio responsable de que ella ya no haya vuelto ver faisanes o zorros salvajes en su vida; no pienso convertirme en el depositario de sus rencores. Pero a veces cuando subo la montaña bajo nieve, lluvia o granizo se me sale una mentada de madre contra Mary y sus pretensiones de vivir a mitad de la naturaleza en una ciudad con casi cuatro millones de habitantes. Afortunadamente, su sonrisa al recibirme y su  aristocrática cortesía con la que me hace pasar a su departamento para discutir sobre libros y la historia de la ciudad (nunca más de lo necesario, nunca un tema personal) me devuelve la alegría. Mary es la única que no me ha preguntado por mi país de origen, a pesar de que hemos discutido a varios autores latinoamericanos.

Con la velocidad que me da el descenso de la montaña, en menos de veinte minutos llegó al callejón sin sol y con olor a curry donde vive Hazel. Desde su séptimo piso, Hazel me recibe entre plantas y chismes. Casi nunca hablamos de los libros que le llevo, no estoy seguro de que los lea, más bien creo que le sirven de excusa, pero está bien, cada quien su lucha. Sentados en la sala, me cuenta sus recuerdos de infancia, en una pequeña cabaña a lado del océano pacífico, con una madre que le prohibía acercarse a los pulpos que amanecían varados en la playa porque los pulpos comen carne, incluso humana (le digo a Hazel que el pulpo, si mal no recuerdo, no come carne sino plancton, pero no me hace caso), continúa ella hablando de su madre y sus manos, finas, largas y con manchitas cafés causadas por el supuesto sol abrumador de Victoria.

Mi última visita del día es a Cheryl. A diferencia de mis dos primeras ancianas, Cheryl es sumamente reservada. El trámite de recepción de los libros ya leídos y la entrega de los que tiene por leer, se da en la puerta de su departamento. A mi pregunta de si le gustó la selección de esa semana, responde por lo general con una sonrisa afirmativa. Muy de vez en cuando, me señala un libro y me dice “Éste, éste estuvo bueno,” e intentó guardarlo en la memoria para la próxima selección. Cheryl es de origen portugués, una de las tres minorías étnicas que poblaron esta ciudad durante todo el siglo pasado (las otras dos son la judía y la china). En los primeros días, me preguntó si yo era también del mismo origen, cuando le respondí que no, que era mexicano, me miró durante un buen rato sin entender. Las cosas han de haber cambiado mucho desde los años en que Cheryl podía salir a la calle a todas horas, y sin ayuda de nadie.

Terminada la entrega, vuelvo a la biblioteca, escribo un reporte y en el trayecto de vuelta en el metro, voy pensando en los libros de las siguientes semanas. En casa le cuento a Deniuchkaya, y la escucho suspirar: si en México tuviéramos las mismas bibliotecas, si la gente exigiera sus derechos, si luchara, si hiciera esto, si hiciera lo otro.

“Si exigieran una buena historia,” le digo yo.

“¿Cómo?”

“Si la gente exigiera que les contaran buenas historias, otro gallo nos cantara.”

Me mira con cara de que me fui por la tangente, o me perdí, o no le estoy poniendo atención cuando en realidad es justamente lo que hago. Se levanta de la mesa y regresa a a su estudio a trabajar. Yo la sigo.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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7 respuestas a Repartidor de libros

  1. Elisa dijo:

    Aleeeex que buena historia… pero déjame que aclare algo, siempre has sido un ciudadano muy participativo, incluso en sociedades no participativas… recuerdo cuando ibas con el profesor de literatura, el viejito ¿cómo se llama? y lo llevabas a comprar sus dulces de miel y le llevabas películas o lo llevabas a comer hamburguesas y qué tal cuando diste talleres en la prisión. Desde que te conozco has encontrado el tiempo para participar en tu comunidad, no importa en dónde estés.
    Un saludo a Deny

  2. Alex dijo:

    Muchas gracias por sus comentarios! Se les extrañó esta semana… Por cierto, espero ya estés mejor Cempa, después del envenenamiento: pronta y buena recuperación!
    El viejito comprador compulsivo de miel era, nada menos y nada más, que el Dr. Simmen. Mi primer profesor de literatura y el que inició la carrera de Cempa en Washington: un gran personaje!
    saludos también a Caspar

  3. Jonas dijo:

    Bela estória , Alejandro, bela estória, hombre. Gosto do saudosismo com que contas. Vou ler as outras.

    abs

  4. Aletz dijo:

    Obgriado Jonas, por ahi debe haber una historia con un personaje que me recuerda mucho a tu persona 🙂

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