Pequeña guía de la caridad callejera y organizada

Pablo (Madrid)

Rara es la persona que viviendo en Madrid no se ha cruzado nunca con un grupo de jóvenes parapetados de simpatía, buenas intenciones, un chaleco de color osado y una carpeta con formularios y fotografías de personas del tercer mundo.

Siguiendo un rumbo itinerante estos grupos de jóvenes recorren diariamente varios puntos de la capital (desde hace un tiempo se está extendiendo a otras ciudades del país) tratando de que los viandantes se hagan socios, padrinos o contribuyentes de causas nobles que dignifican al ser humano en tanto que solidario, transigente y empático. Sin embargo, una vez te adentras en la captación a pie de calle de las ONG, la concepción de todo ese pequeño mundo varía, a veces drásticamente.

Los captadores

Suelen ser estudiantes entre 18 y 25 años que necesitan ingresos mientras estudian su carrera. Para llegar a ser captador en la calle no hay que contactar con la ONG, pues esto no es un voluntariado. Se envía un currículum a una empresa de gestión del talento y recursos humanos, que realiza una entrevista al captador. Si eres seleccionado debes asistir a un cursillo de formación donde te informarán de la ONG en cuestión y donde te darán consejos para abordar a la gente por la calle y para que , una vez conseguida su atención, esa persona termine por hacerse socia. Lo que se enseña principalmente es a hacer sentir culpable y miserable a la gente con la que hablas, para que en ese momento de debilidad se le plante delante el formulario y se le fuerce emocionalmente a rellenarlo, datos bancarios incluidos.

Según las empresas el modelo de remuneración difiere, puede haber un fijo de unos 400 euros más comisiones por objetivos o directamente el captador sólo cobra según los socios que consiga. Mantener el trabajo está sujeto a los socios que se hagan, mínimo cuatro a la semana. Si durante varias semanas no llega a esos cuatro, el captador es despedido. Básicamente se ejerce de comercial a pie de calle vendiendo caridad a cualquiera que tenga aspecto de querer ayudar. Y aunque no lo tenga también.

La calle

En jornadas de cuatro horas, los lunes se distribuye el itinerario semanal, que incluirá desde varias plazas y calles céntricas a lugares con un núcleo de gente muy específico (estudiantes, inmigrantes, gente rica etc.). Es entonces cuando se reafirman varios de los tópicos acerca de la sociedad occidental, pues te das cuenta de que es verdad que casi todo el mundo va con prisas, que los que menos tienen son los que más dispuestos están a colaborar y que los ricos te miran por encima del hombro, eso cuando te miran etc.

De cada 30 personas a las que se aborda se suelen parar cinco, de las cuales tres te cuentan lo miserable que es su vida como excusa para no colaborar y como simple desahogo ante alguien que no tiene más remedio que escuchar. Los otros dos seguramente dirán que están interesados pero no tienen los datos bancarios con ellos, te dan su número y luego les llamas, quizá se hagan socios, quizá no.

Te llevas bien con el resto de captadores, no hay competencia feroz, casi no hay ni competencia, ni malos gestos, ni malos modos, aunque haces la guerra por tu lado. Para variar la rutina del discurso a veces te haces cómplice de otro de ellos y le ayudas cuando está hablando con alguien, te acercas para reforzar el sentimiento de culpa, generalmente con sorna y piropos. A veces hasta ligas, a veces cambias una cita por un socio. Tratas de divertirte. Nadie suele durar más de dos o tres meses en el puesto.

La ética

Casi de casualidad aprendes cosas como que España es uno de los países que más minas antipersona fabrica en el mundo o que la Cruz Roja vende sangre a clínicas privadas o que algunas ONG destinan menos dinero del que se cree a los proyectos y más a la propia gestión de la organización. Jamás me he detenido a contrastar esto, supongo que ya no me sorprende nada, aunque me siga pareciendo un escándalo.

Aunque cuando empiezas a trabajar ahí lo más incómodo es el nivel de falsa ética que te rodea y que rodea lo que estás haciendo. Siempre consuela pensar que en vez de vender seguros o aspiradoras, haces que el dinero que consigues vaya a parar a gente que no necesita un seguro y que le da igual tener o no una aspiradora, pero el hecho no sólo de cobrar sino de actuar como un tiburón comercial con la gente de la calle siempre me ha llenado de dudas con respecto a si está bien hacerlo. Quizá por eso lo dejé. Por eso y porque llegó un momento en que el cansancio físico era el que menos me preocupaba.

Para concluir este repaso sólo quería escribir dos recomendaciones; la primera, si alguien quiere colaborar con una ONG que lo haga pasando a través de estos captadores (esto lo digo por pura empatía). La segunda, si los ven por la calle y no quieren detenerse, con un `no´ y una sonrisa es suficiente y sobre todo, si a ese no se le añade un `tengo prisa´, que nadie se quede mirando luego el escaparate de al lado, que se puede tener paciencia y comprensión, pero no somos tontos.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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