El taller de París

Guille (Paris)

A veces, en la noche,
el ruido metalúrgico
de los talleres literarios
no me deja dormir.
Para tranquilizarme, me digo:
“Soy mi padre y mi hermano,
nací de pie, al final de la última era nupcial;
contemporáneo del Gran Jugador”.
Oda, Fabián Casas, 2003.

No sé cómo escribir sobre cosas lindas y reales. Por ejemplo, Fabián Casas es uno de los poetas más emocionantes que he leído últimamente, y no sé como halagarlo. Ni siquiera estoy conforme con el adjetivo “emocionante”. De la misma manera, no sé bien como contarles sobre el “taller de Paris”, un taller de escritura en el que participo desde hace ya algunos años.
Desde que empezamos este blog, he tenido ganas de escribir sobre el taller. Sin embargo, por alguna razón, siempre escribo sobre otra cosa. No sé bien qué me ha detenido hasta ahora. Sea lo que sea, lo dejo de lado y ahora sí.
El Taller de Paris, es uno de los grupos más lindos que vi en mi vida. Parece exagerado decir que este taller me cambió la vida, pero es exacto.
No voy a hablar de cada integrante, porque sería demasiado largo y sentimental. No podría nombrarlos a todos y así, nombrar a uno sería ignorar groseramente a otros. Tres de los integrantes de este blog somos parte del taller (le dejo al lector elegir quienes son los otros dos).
Nunca había admirado a tantas personas juntas. Quiero decir, como todo el mundo, he participado en diferentes grupos, y siempre había uno que me parecía más inteligente, más divertido o más creativo. En este caso es como si los hubieran juntado a todos…
Creado inicialmente en el Instituto de México por Martín Solares, el Taller de París ha migrado por diferentes locales (la Maison du Mexique, La Sorbonne, bares..), actualmente la cita es al 7 Rue Quentin Bauchart, sede del Instituto Cervantes de París.
Nos juntamos cada viernes en una pieza llena de arena que tiene el Instituto, en el segundo piso, y nos sentamos en ronda.
Uno de nosotros (elegido durante la semana) se sienta en el centro y entierra en la arena un reloj de oro. Los otros lo miramos. Es delicioso ver como la mano saca los pequeños montículos de arena, los arroja poco más allá. Después coloca su reloj y lo tapa.
Esperamos unos minutos, nos hacemos los distraídos, fingimos no mirar la arena húmeda que acaba de ser depositada. Pasado ese periodo impreciso de tiempo, siempre breve (cinco minutos más o menos) pero demasiado largo, cada uno pasa al centro y desentierra el reloj.
Juan Manuel encuentra un sombrero rojo, un sombrero bastante bonito, a veces adornado con flores, otras con una gran langosta embalsamada.
Marcos saca una muñeca africana, aunque el año pasado, durante muchos meses, siempre desenterraba un salmón.
Micaela, que pasa al frente riendo, a veces un cepillo de dientes, otras un pollo.
Jorge ha llegado a desenterrar una jirafa, aunque la mayoría de las veces saca un contrabajo. Los del Cervantes se quejan por el ruido. Pero pocos nos importa ya.
Mariana encuentra una ciega embarazada que vomita monedas. Otras veces una torta de frutilla. (La comemos después en Le Sully, nuestro bar fetiche).
Pablo, flores de hierro. Iván, monederos o breteles verdes. Camilo, una cuchara o un mendigo.
Pasan las horas, como si no pasaran. Hasta que llega el momento fatal en el que el ultimo de la ronda ya ha pasado al centro y entonces hay que esperar a la semana siguiente.
Una vez Miguel se puso a desenterrar, y no había nada. Nos quedamos en silencio unos minutos, y nos pusimos a llorar y gritar. Los lamentos eran tan altisonantes que Raquel Caleya, vino a ver qué pasaba.
-Es que no hay nada –Dijo Miguel.
-Pero como no, fijáte bien-Respondió Raquel.
Ella se acercó, porque nosotros estábamos demasiado atemorizados. Hundió el brazo hasta el fondo. Y empezó a tirar.
– Es que está como atorado.
– Que alguien la ayude
– Que alguien la ayude.
Pero estábamos petrificados, era la primera vez que un agujero en la arena nos respondía con ese silencio.

– ¡Es un enano! ¡Me mordió la mano!
En efecto, Raquel sacó la mano derecha ensangrentada.
Metió la cabeza en el hueco y apenas la sacó:
– No chicos, me equivoqué, no es un enano. Es otra cosa.
Volvió a meter el brazo y sacó a un anciano vestido en esmoquin.
-¡Me mordiste la mano!
El anciano hizo un gesto, que no sé si equivalía a unas disculpas o a un franco “no me importa.”
-Ahí tienen- Dijo Raquel, y se fue.
Jorge movió al anciano con un palo. El otro apenas si se defendió, alejando el palo con una mano huesuda que casi daba miedo mirar.
El hombre tenía algo raro en su expresión. Como si estuviera soportando un gran dolor. Nos dimos cuenta que la cabeza se le estaba inflando. El rostro estaba rojo y los ojos se iban achicando, achicando, hasta que se reventaron. La cara quedó adornada por dos manchas blancas que parecían dos pequeños huevos fritos. Pero la cabeza se seguía inflando. Hasta que se quebró un poco, estaban golpeando desde adentro. Asomó un pico y después una cresta. Cuando la rendija en la cabeza del viejo se agrandó, salió una gallina.
Quise tomarla pero me dio un picotazo en la yugular y me morí desangrado. Marcos le quiso dar una patada y la gallina le mordió el pie. Lo sacudió hasta que se lo arrancó. El extremo izquierdo del pantalón se hizo un volcán de sangre.
Micaela saltó sobre el ave, que con un rápido movimiento de sus patas afiladas la cortó exactamente al medio. Cada mitad se quedó un segundo parada, buscando una explicación.
De su plumaje abundante la gallina sacó un revólver. Jorge cayó muerto, con una bala en cada ojo. Miguel, un sólo tiro certero adentro del corazón (la bala entro por la boca y se dirigió por las arterias). Del plumaje salió un sable samurái del que fue víctima Mariana, cortada en pedacitos-sushi.
Juliana quiso escapar y el ave la descendió con un picotazo.
Cuando la gallina salió del cuarto, me levanté y fui a casa a lavarme, estaba rojo.
Había perdido tanta sangre, la piel estaba tan pegada a los huesos, estaba tan delgado, que pude pasar por la junta de la puerta sin abrirla. Menos mal, no tenía fuerzas ni para sostener las llaves.
El agua de la ducha incluso, parecía una presión demasiado fuerte contra mi persona. Me sequé y me acosté desnudo, a través de mi cuerpo podían verse los estampados verdes de la sabana…

¿Ven? Cuanto lamento la irrupción de Kill Bill, cuanto lamento verme como una huella desangrada sobre las sabanas, cuando en realidad estoy confortablemente instalado en mi escritorio, una taza de té verde a la mano.
Quisiera contarles, cual es la mecánica del taller, un poco de su historia y de su prehistoria, las publicaciones que han surgido del trabajo individual y colectivo, las fraternidades…Pero ya estamos en la página tres, que es el límite que me he establecido para estas crónicas.
¿Cómo terminar un texto que ni siquiera empezó? ¿Cómo retroceder sin volver a empezar? Se ha hecho tan tarde que ya debe ser sábado.

Anuncios

Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
Esta entrada fue publicada en París. Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a El taller de París

  1. Gilberto dijo:

    Mi mente no puede hilar los cabos sueltos lo suficientemente bien como para descubrir a los otros 2 miembros del taller (y del blog). En fin, que tendré que seguir leyendo para descubrirlo.

    Genial post, saludos.

  2. Elena dijo:

    Hola. Resido en Berlín y he leído sobre su taller literario de París. Sería maravilloso poder importar la idea a Berlín, sobre todo si el Instituto Cervantes local se prestara a ello. Me interesaría muchísimo conocer más detalles al respecto (responsable o director, página web, historia de creación), para ver si puedo mover el ambiente aquí hacia un objetivo similar. ¿Podrían ponerse en contacto conmigo a mi dirección de correo? Lo agradecería muchísimo.

  3. Luilu dijo:

    Hola, Guille:
    Esta entrada es antigua pero yo acabo de llegar a ella, a ver si hay suerte. ¿Habría alguna manera de participar en el Taller? Nunca he matado una gallina, y aunque he oído que hay que retorcerles el pescuezo, creo que no os sería de mucha ayuda como defensa, pero estaría dispuesta a enterrar mi reloj en las arenas movedizas de vuestra sala y a meter la mano en el boquete, a ver qué sale. En fin, que os dejo mi mail, por si fuera posible. Saludos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s