Los 8 universos de DC

Cempazúchitl (Washington, DC)

DC no debería de existir. La ciudad surgió como un compromiso político entre los estados del Norte y los del Sur de Estados Unidos para que ninguno de los dos tuviera la capital nacional en su territorio. Hasta no hace mucho, la ciudad estaba completamente vacía: sólo había edificios de gobierno y la gente que los limpiaba (los que trabajaban en ellos vivían en Maryland o en Virginia).

En los sesenta, Lyndon Johnson, como parte de su política de acción afirmativa, trajo a un montón de negros a que poblaran la ciudad, y a que la ciudad se convirtiera en un bastión del Partido Demócrata, Aunque decir esto último es “politically uncorrect”, baste decir que, en la última elección presidencial Barack Hussein Obama obtuvo 94% de los votos válidos emitidos en DC. Ese resultado, digno de entes como Saddam Hussein, Fidel Castro, Hosni Mubarak, y demás ilustres, es una de las “pruebas” presentadas por los lunáticos del Partido Republicano en su alegato por convencer al electorado estadounidense de que Obama es un musulmán socialista que quiere destruir a Estados Unidos.

A pesar de las intenciones integradoras de Lyndon Johnson, DC pasó de ser un lote baldío a un ghetto gigantesco. Fuera del área turística y las zonas de las oficinas de gobierno, DC era uno de los lugares más peligrosos en el continente americano. Después de que mataron a Martin Luther King, las poblaciones afroamericanas quemaron, literalmente, la ciudad. DC ardió en llamas durante dos años. Curiosamente, la violencia nunca llegó a las zonas mainstream (Casa Blanca, Capitolio, organismos internacionales, etc.). Los negros quemaban sus casas mutuamente, al igual que, casi 30 años después, los inmigrantes magrebíes en Francia quemaron los coches de sus en los suburbios de París. Por alguna razón –no sé cuál- la peor violencia no es la que perpetra la víctima sobre su victimario en revancha, sino la que tiene lugar entre dos víctimas. El conflicto entre Israel y Palestina es otro ejemplo de ello.

La sociedad post-industrial no está hecha para los hombres rudos y de pocas palabras que han poblado las fábricas, sino para los homosexuales y las mujeres, que poco a poco se han ido ganando su justo lugar en el mundo. Era cuestión de tiempo que los homosexuales empezaran a tener posiciones de poder en el gobierno de Estados Unidos. El problema era que la mojigatería estadounidense no les daba su lugar en el mercado inmobiliario, por lo que las parejas homosexuales no podían comprar casas en los suburbios, aunque las pagaran a precio de oro. Los únicos lugares en los que podían comprar casas eran los barrios de negros traficantes de crack. Y así DC empezó a convertirse también en la capital gay de la Costa Este de Estados Unidos.

Quizá porque era su único patrimonio, las comunidades gay empezaron a embellecer sus casas y, con ello, a la ciudad, que era un muladar. Los homosexuales se convirtieron en los pioneros que recuperaron a DC y, eventualmente, todo mundo se quería mudar a la calle donde hubiera una pareja, ya que era un signo de que esa casa iba a resurgir, y con ello la cuadra. Todavía hoy, la conversión de un barrio negro a un barrio gay es un signo de que los precios mobiliarios del lugar van a subir rápidamente.

Tras la caída del Muro de Berlín, se amplió la movilidad internacional de personas y el trabajo de los organismos multilaterales creció exponencialmente. En poco tiempo, DC acogió a una comunidad de jóvenes extranjeros, la mayoría de ellos de paso, cuyo mandato era y sigue siendo robarse las riquezas naturales y humanas que los soviéticos habían olvidado en el Tercer Mundo.

Con tantas comunidades sobrepuestas en un lugar que no nació “naturalmente”, no es de extrañarse que la ciudad no tenga espíritu cívico. Para acabar, todos sus equipos deportivos, a excepción del de hockey, son malísimos. Nada aglutina a la ciudad, con la notable excepción, quizá, del odio al metro, compartido por blancos y negros, sindicalistas y tecnócratas, homosexuales y heterosexuales.

Creo que en DC hay 8 comunidades: la de los negros “nativos”, los cabilderos (lobbyistas), que son las únicas comunidades nativas. Hay que sumar también a la gente del Congreso, los del gobierno federal, los académicos, la gente de los think-tanks, los tecnócratas come-niños (organismos internacionales), y los estudiantes. En las siguientes semanas, hablaré sobre cada una de ellas.

Mis crónicas no pretenderán ser objetivas en absoluto. Por un lado, mi percepción es muy limitada; apenas he participado en tres de las ocho comunidades. Y en las que no he participado, básicamente reproduciré lo que me cuentan mis amigos, con algunas exageraciones poéticas.

Próxima entrega: Capitol Hill

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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2 respuestas a Los 8 universos de DC

  1. Aletz dijo:

    Y los Redskins de Washington!! Que, si mal no recuerdo, tuvieron al primer quarterback negro en ganar un Super Bowl: Doug Williams… gran equipo!

  2. Cierto: eran buenos, pero ahora son una basura. Y su dueño es una carie. Algún día escribiré sobre él.

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