Crónica fantasma

Harold (Bogotá)

Releyendo la antología de la literatura fantástica de Roger Caillois recordé un suceso peculiar que constantemente contaba a mis amigos. Uno de los ejes temáticos de lo fantástico para Caillois se relaciona con los espacios que extrañamente dejan de existir: son los cuartos de hotel que desaparecen, los apartamentos que pierden su ubicación luego de la imposible primera visita y las calles que después de un tiempo de ser recorridas con asiduidad se desvanecen de las polvorientas ciudades. Así que al volverme sobre este eje de los relatos fantásticos me vi en esta ciudad recorriendo innúmeras veces la misma calle en busca de una pequeña tienda. El relato, más bien pueril, se ha ido coloreando de detalles inciertos y, en cierta medida, tal vez, las particularidades más significativas se han ido esfumando como la tienda misma. Hace unos buenos años caminaba con mi mejor amigo por el centro de la ciudad, por la 7ma, la insistente lluvia y una conversación sugestiva e inaplazable nos obligó a buscar refugio. Probamos un par de bares que nos arrojaron de nuevo a una lluvia más placentera hasta que a la altura de la calle 24 unas luces sordas y benévolas desviaron nuestra atención. Una pequeña tienda, entre un parqueadero y una tienda más grande, nos aguardó durante buena parte de aquella noche. Nada inusual en una parte de la ciudad en la que no es difícil encontrar esas tiendas de otrora en las que muy posiblemente se fraguaron revoluciones o se escribieron piezas increíbles. No recuerdo muy bien el peso de la conversación, sobre todo porque en un momento, cosa que creo  no haber hecho nunca después, interrumpimos una conversación ajena que entablaban dos sujetos en una mesa contigua, la única, en verdad, que había en la tienda. Nosotros, un estudiante de ingeniería eléctrica y un estudiante de lenguas, irrumpimos en una extraordinaria charla que sostenían ellos: un poeta, traje y corbata, zapatos limpios, y un viejo catedrático de matemáticas. Tímidamente, tomábamos cerveza y fuimos efusivamente invitados a participar de la conversación que ellos sostenían en medio de whisky y aguardiente; era el poeta, por supuesto, el que tomaba el whisky. En fin, varias horas pasaron entre tragos y cientos de palabras que más o menos han caído en el olvido. Los otros se fueron cerca de la media noche y nosotros quizá una hora después. Atraídos por el increíble ambiente de esa noche, por lo que consideramos una verdadera conversación trascendente y por el buen sabor que deja una cerveza entre palabras quisimos regresar el viernes siguiente (recién recuerdo que fue un viernes). Una hora similar, un día lluvioso, la misma atiborrada carrera 7ma, la indefectible calle 24 y ninguna tienda. Repasamos varias opciones una calle antes, un par más allá, no la 7ma sino la 5ta, no la 7ma sino la 8va, pero nunca, en los sucesivos años que pasamos por el centro, hemos vuelto a encontrar aquella tienda. Explicaciones, muchas, desde el simple hecho de que las cosas cambian, verdad de Perogrullo, o que se acaban hasta la inevitable inserción en el eje temático de Roger Caillois.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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3 respuestas a Crónica fantasma

  1. Anónimo dijo:

    Creo que esos lugares fantasmas son una puerta a una dimensión alterna, que nos ayuda a soportar el peso de este mundo trágico. Espero algún día conocer esa tienda y que usted, encuentre la silla del parque donde me quede dormido una tarde con un buen libro en las manos y que nunca volví a encontrar pese a llevar 5 años acudiendo al mismo lugar.

  2. Hatzive dijo:

    No pensé que encontraría en este lugar, un segundo buen escritor, lo mejor de este sitio definitivamente es Harold y Guille.

  3. Alexander dijo:

    Gracias por el buen recuerdo. Le faltó incluir los miles de rollos de papel higiénico que adornaban las paredes, por encima de los estantes. A dónde estarán el poeta y el matemático, que si mal no recuerdo, dijeron acudir semanalmente a la misma tienda…

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