Escala social (3)

Aletz (Montreal)

Accedí a ser quien manejara los experimentos. Par ello debía convocar al mayor número de personas en un lapso de tres días, seguir su trayectoria y seleccionar a los que pasarían, como yo, a la siguiente ronda. Mi paga iba en relación a la cantidad de gente que registraba. Para mantener un número alto debía renovar los anuncios  de la compañía en redes y foros sociales desde la casa; los jueves, como ya era costumbre, subía al piso 35, pero ahora, en lugar de hacer fila, me sentaba en la recepción con una pila de fichas numeradas.

El primer jueves llegaron veinte, les leí las instrucciones, cerré las cortinas de sus cubículos y esperé una hora a que respondieran el cuestionario. Papelito en mano, llegué a la oficina de Claude, el mismo chico que me había contratado y ahora manejaba mi salario. Sin reparar en las cuentas me preguntó si quería jugarme la mitad de mi dinero en un volado. Cara o sol.

Escogí sol y perdí sesenta dólares. Este asalto más o menos velado a mi salario me dio a lo menos el derecho de preguntar quién era nuestro jefe, el gran hermano.

“Su nombre está en los mensajes que les envías a cada participante,” respondió Claude.

De vuelta en casa, renové anuncios por internet, respondí mensajes aclarando dudas y busqué en Google el nombre del Dr. McReed. Rosado, calvo y sonriente, el profesor sonreía al mundo desde el departamento de Mercadotecnia de McGill. ¿Qué buscaba con los experimentos? ¿Quién daba el dinero? ¿Quién manejaba el circo? ¿Quién estaba arriba de McReed?

Llegó otro jueves, y  la cifra récord de treinta y dos participantes. Durante la hora en la que duró el experimento degusté los ciento veinte dólares de paga que me esperaban en la oficina del canadiense. Esta vez, ni madres de volado.

“¿Conoces el Centro Comunitario de Ayuda al Migrante St. Alexandre?,” preguntó Claude sin abrir la caja de dinero, pasándome en cambio un folleto.

“Sí, está en mi barrio.”

“Tienes la opción de hacer una gran donación.”

Claude echó una mirada a mi hoja de paga y dijo:

“De quinientos dólares.”

“¿Cuánto me cuesta?”

“La mitad de tu salario.”

Mierda.

“¿Cómo sé que…?”

“Te damos el recibo de tu pago PayPal y el certificado de compensación a tu nombre.”

Vi de nueva cuenta la sonrisa helada de McReed anunciándose en internet, recordé mi primer día de experimento y la sonrisa socarrona con la que acepté sesenta dólares sin hacer nada, escuché las risas de Claude cuando ganó el volado, y entonces descubrí lo que sucedía en ese piso 35, y en ese mundo de rascacielos, donde las gallinas ya no se cagaban una encima de la otra sino que se aventaban mierda desde todas partes.

“Dame mi dinero,” le ordené al canadiense.

Esa noche Deniuchka y yo cenamos en el francés, y al día siguiente envíe un correo electrónico con mi sonrisa de despedida.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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2 respuestas a Escala social (3)

  1. Te hubieras quedado. Igual y en una de esas terminas escalando…

  2. Aletz dijo:

    Sí ¿verdad?… no más que lo mío es el movimiento en horizontal, ya va siendo hora que le varíe un poco.

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