Presentación

Cempazúchitl (Washigton, DC)

Vivo en Washington, DC, desde hace casi tres años y trabajo en una de esas instituciones multilaterales que tienen fama de destrozar países, endeudar pueblos, dejar niños y mujeres hambrientos a su paso, asesinar a líderes sindicales desde la sombra, entre otras linduras. Escribiré bajo el nombre de Cempazúchitl, que es una flor mexicana usada como colorante. Eso es todo lo que el lector necesita saber sobre mí.

En mis entradas revelaré todos los secretos de los organismos neoliberales asesinos de conciencias e iniciativas. Va el primero: en nuestras cafeterías, los cocineros nos sirven niños recién nacidos hervidos (cada día de un país en desarrollo distinto para decimar por parejo, por supuesto) para el desayuno. Los que mejor saben son, por supuesto, los “afroamericanos subsaharianos,” término usado en España para no decir “negro”. ¿El segundo? Yasser Arafat murió envenenado por nosotros, y no de SIDA, como lo sostiene la extrema derecha israelí. Lo hicimos porque nos lo pidió –obviamente- la extrema derecha israelí.

Como verán, lo que los neoliberales hacemos es mucho peor que lo que puede pensar cualquier teórico de la conspiración en sus días más inspirados.

Ya, en serio, escribiré sobre esta ciudad, incluyendo lo que he visto desde que llegué aquí. En la medida de lo posible, intentaré no repetir lo que escribo en mi blog personal, en el que escribo sobre libros, música y cine –muchas veces en inglés, como buen lacayo del imperio, por supuesto. Escribir en este espacio representa una oportunidad de publicar textos sobre DC (aquí nadie le dice “Washington”) que, de otra manera, se hubieran quedado en un cuaderno o en un baúl aunque, a diferencia de Pessoa, mis textos no tengan la más mínima pista de poesía.

DC es un lugar bastante curioso: si no fuera el centro del mundo, sería una ciudad perdida en el sur de Estados Unidos. Cuando nos invadan, los alienígenas no creerán que una ciudad como esta es importante: no hay rascacielos, ni calles grandes, ni edificios imponentes. El Capitolio es bastante modesto en comparación con otros parlamentos, y la Casa Blanca bien podría pasar por un edificio más de no salir en tantos programas de televisión. DC es una ciudad bastante tranquila, en la que la gente intenta vivir su vida sin pensar demasiado en el hecho de que los ojos del mundo están puestos, en algún momento del día, sobre ella.

A pesar de tener una población muy pequeña (700,000 habitantes en el distrito más otro millón y medio en los suburbios) y una extensión territorial reducida (una hora de punta a punta del distrito en automóvil), hay en DC una variedad de universos conviviendo lado a lado que no se hablan entre sí, a diferencia de lo que pasa en París, Londres, o Nueva York.

Pero tampoco hay que comprar la falsa idea de que DC es una ciudad diversa en el sentido de los tipos de gente que hay aquí. Nada de eso. Con la excepción de la población negra local, la mayoría de los que vivimos en esta ciudad estamos de paso y con un solo objetivo: la política. A pesar de tener los museos Smithsonian, no hay oferta cultural o artística. Para ver la vanguardia y la creación hay que tomar un autobús a Nueva York.

Confieso que la situación puede tornarse monótona y aburrida después de un tiempo. Cansa tener que hablar sobre los mismos temas una y otra vez con gente que hace cosas parecidas a uno. Pero, por un tiempo, la variedad y sabor de DC radica en las diferentes instituciones que giran alrededor de la política: el Congreso, los lobbies, el gobierno federal de Estados Unidos, las 5 universidades e incontables think tanks, los 5 organismos multilaterales, la industria de la defensa, las embajadas, los equipos deportivos (todos son malísimos en sus respectivas ligas, salvo los Capitals de hockey).

Evidente y tristemente, mis opiniones son limitadas por la fatalidad que supone el vivir la vida una sola vez. Si la vida fuera más amable, uno querría vivir todas las vidas del mundo. Como dijo Borges: “yo que fui tantas cosas nunca fui nada…”.

Nadie podrá nunca conocer a DC por completo.

Por poner un ejemplo, el Banco Mundial (¡asesinos!) tiene 10,000 empleados aquí, más 5,000 en los diferentes países donde tiene operaciones, todos divididos en una estructura de gobernanza que nadie entiende. Si a eso le añadimos el hecho de que subcontrata una gran parte de su trabajo a empresas de consultoría externas, es evidente que se necesitan al menos dos vidas para saber cómo es el Banco Mundial y cómo opera. Cualquier persona que diga que “conoce” el Banco Mundial miente.

Yo conozco, siempre por encima, el Congreso, la vida académica y, como ya mencioné, los organismos multilaterales. Sobre mis experiencias en estos tres ambientes hablaré, y también sobre lo que me cuentan mis amigos que viven de los otros silos.

Todo eso mientras decido con qué químicos envenenar la producción agrícola de Uzbekistán, o uno de esos países de por ahí.

Próxima entrega: Los 8 universos de DC

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
Esta entrada fue publicada en Washington. Guarda el enlace permanente.

6 respuestas a Presentación

  1. Pablo dijo:

    Bienvenido Cempazúchitl! Magnífico texto.

  2. Ulf dijo:

    Herzlich Willkommen, Cempazúchitl!

  3. Harold dijo:

    Bienvenido Cempazúchitl! A ver cuando hacen pruebas nucleares en Bogotá.

  4. Aletz dijo:

    Ya tenemos Cempaleaks, desde el corazón del imperio! Bienvenido!

  5. Harold: si avisáramos, no sería tan divertido (para nosotros).

  6. Pingback: Cuál perros | Siete Ciudades

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