Damocles y la vanidad

Harold (Bogotá)

Quería escribir sobre la espada de Damocles, sobre las certezas y seguridades de un mundo sobre el que cuelgan cientos de filos inexorables. Quería, tal vez, reencontrarme con Bogotá y señalar de forma vaga y descuidada esas oscuras certidumbres con las que la gente de esta ciudad conduce su vida, porque, en verdad, van a tientas, amparados por débiles y adustas confianzas. Y quería ir de lo simple a lo complejo, de lo trivial a lo que sea que fuere lo no trivial, de perder el autobús porque en Bogotá el transporte no cumple horarios a perder el empleo por un mal gesto, por un comentario a destiempo, o a perder la cabeza pensando en la inutilidad de comenzar cualquier empresa. Sin embargo, revisando la historia de Damocles y el banquete en el que toma el lugar del rey y es, por un breve periodo, todos los reyes que existieron, me percaté de la inmensa y horrenda condescendencia del rey al querer dar una lección a Damocles. Su vanidad, instaurada quizá en la naturaleza misma de ser rey, inicia con el derecho que se otorga de dar lecciones, claro, es El rey, pero más allá de su título, o por eso mismo, cree que su sabiduría y misericordia es en suma mayor que la de cualquiera, incluido Damocles.

De forma análoga, conozco (más bien muy pocos) escritores que aleccionan con toda la buena intención del rey, pero también con toda su vanidad disfrazada de condescendencia, y es que no hay mayor vanidad que creerse fuera de esta, de creer que la filantropía es un valor deseable, que el altruismo es totalmente real. Hay quienes buscan el reconocimiento en el poder, en el dinero, en la magnitud de sus ideas, y otros que se esconden su vanidad en el amor al prójimo; los más terribles disfrazan su vanidad de denuncia y de crítica a esa vanidad (lo que hago ahora, más o menos). Esos escritores se despiertan un día como Damocles, queriendo ser reyes, pero a diferencia de Damocles no lo hacen para disfrutar de las ventajas de ser el rey, sino que sueñan con el día en que invitarán a otro Damocles a cenar; quieren ser reyes para dejar de ser reyes, o para decir que un día lo fueron. Hace poco me encontré en una librería a la que acuden distintos personajes: escritores, coleccionistas y profesores de literatura, todos, huyendo de las librerías de renombre, se intercambiaban distintas vanidades, la primera, no sucumbir ante la convención y la norma. Algunos hablaban de los libros que habían escrito o de los que estaban próximos a publicar, otros, que me recordaron a Borges, incluían su orgullo por los libros que habían leído, muchos de ellos de tiempos y latitudes completamente desconocidos para mí; y yo absurdamente intentaba vanagloriarme de los libros que no he escrito, de los que no publicaré y de los que nadie sabrá nada. Una vanidad mayor y más tonta. La vanidad del Damocles que no quiere ser rey y no quiere ser Damocles porque ve en su renuncia un rasgo superior de grandeza, porque cree que su desdén por el mundo lo ennoblece. Ideas inconexas, fruto del salto entre el síndrome de Bartleby y el complejo de Sísifo.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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2 respuestas a Damocles y la vanidad

  1. Dorian Gray dijo:

    Tus escritos son una razón más para amar los viernes.

  2. Pingback: ¡Feliz cumpleaños! | Siete Ciudades

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