El piso 35 (1)

Aletz (Montreal)

Están ahí, en su corazón, ocupando el lugar que antes se les daba a las iglesias, el parlamento, y ahora son ellos, los rascacielos. En América Latina queremos despreciarlos: “Todas las ciudades gringas son iguales,” decimos con una mueca, mientras que apuntamos con un dedo triunfante a nuestro monasterio de las Capuchinas, nuestro Museo Virreinal, nuestra plaza de Santo Domingo. En realidad, les tenemos miedo.

El miedo que nace un poco de la incomprensión y otro poco de la envidia. No sabemos lo que pasa al interior de esos edificios que le roban el sol a las calles. Sospechamos que desde un vigésimo o quincuagésimo piso pudo haberse fabricado la estratagema que desfalcó la economía de un país. Quizá en el último piso todavía viva el cuerpo de Rockefeller, congelado a una temperatura que le permitirá algún día volver a firmar cheques. En un sexagésimo piso se elaboró la campaña publicitaria que, cincuenta años después, hizo de México el país con la mayor cantidad de gordos en el mundo. Todas las ciudades gringas son iguales, ¡pero qué afortunados seríamos si en México hubiera menos iglesias y más de esos gigantes del progreso!

Montreal, como ciudad gringa, no es la excepción. Durante la época en que fue próspera —hace ya algunos años—, se ocupó de blindar su corazón de acero y vidrio. Le alcanzó llenar media aorta, pero aún así, ahí queda, arrogante como el de toda ciudad que ha sabido alejarse trescientos metros del piso.

Cada vez que me acercó a este centro de alturas disparatadas, manejando mi diminuta bicicleta, me digo: diez calles y estarás fuera. Media hora y estarás en la biblioteca de McGill, en un café o en un cine; en un lugar que te comprenda y sepa encender ese botón que, por obra de magia, hará que te olvides de ti mismo. Mientras tanto, a pedalear bajo su sombra, alzar la mirada y desentrañar con terror lo que podría estar pasando detrás de los vidrios polarizados.

Por otro lado, mentiría si dijera que no me gusta tenerlos ahí; mentiría si dijera que cambiaría rascacielos por más agujas góticas, columnas dóricas o torres barrocas. ¡Ya suficientes hay en Europa! En su supuesta fealdad, homogeneidad y desproporción arquitectónica, los rascacielos no dejan de representar el corazón del último imperio, en crisis.

Los rascacielos de Montreal son un símbolo de éxito económico, de poderío, de gringuez; la imagen de fondo que acompaña los momentos que sí vale la pena vivir. Pero entonces, hasta hace un par de semanas, de manera totalmente improvista, ese  símbolo se volvió una experiencia, y esa experiencia se ha vuelto una rutina. Cada par de semanas, amarro mi bici a un poste —la única bici en la acera—, subo al piso 35 y paso dos horas en las oficinas de una compañía. Cuando salgo no sé si reír o llorar. No logro explicarme lo que, en realidad pasa ahí adentro. Así que he decidido mejor escribirlo. Empecemos.

Continuará….

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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2 respuestas a El piso 35 (1)

  1. Los rascacielos son a la civilización occidental lo que Cancún a México: una mentada de madres a la naturaleza.

  2. Aletz dijo:

    y una tentación a desviar el curso de los aviones!!

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