Bartleby y discos viejos

Harold (Bogotá)

Hace muchos días que sentía que no había mucho que pudiera decir, no aquí ni en el mundo afuera, que escribir para decir que no se puede escribir es vano, a pesar de que sea escribir, evidentemente. Y de repente me encuentro con un par de cosas que me hacen querer decir algo acerca de ellas, y que inevitablemente pueden decir muy poco para muchas personas. Paradójicamente, la lectura de Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas, una novela que refiere de manera fenomenal la escritura del No, del apartamiento y la ausencia, me invita a dibujar unas líneas en el papel, me obliga, como ya he dicho, a por lo menos denunciar esa imposibilidad de que haya algo nuevo que decir. Lo otro que me ha repuntado en la cabeza desde hace unos días es que he arrojado a la basura mis viejos casetes de música que tanto quise y que tanto trabajo me llevó conseguir. Fueron cerca de doscientas grabaciones que recuerdan una generación en la que el trueque era demasiado importante para generar lazos y, por supuesto, para conseguir nuevas cosas. Junto a los casetes desaparecieron cientos de fotocopias de información sobre bandas de heavy metal, biografías, letras, entrevistas y portadas. Mucho se podría comentar de esos recuerdos tan preciados, de una época en la que los más vanidosos despreciaban los discos compactos y ostentaban con gran entusiasmo sus discos de vinilo de 45 rpm, de unos extraños días en los que se dedicaba más tiempo del necesario a marcar los casetes y en los que era necesario hacerse de un buen disco para poder sobrevivir al trueque, para tener con que presentarse. Es imposible no ver con melancolía, por ejemplo, que el Voyager 1 lleve consigo un vinilo dorado, y que esa sea la carta de presentación de la humanidad, una que quizá no parezca, para la posible civilización que lo encuentre, una muy avanzada tecnológicamente, pero que representa un mundo que alguna vez tuvo una manera más honesta de encarar la existencia. Sin embargo, algo muy peculiar acerca de este saqueo de la memoria es lo que debo escribir, algo que no suele ocurrir demasiado, no a mí por lo menos que lo experimento por primera vez. Cuando terminé de sellar la bolsa de “basura”, con todos esos recuerdos que irónicamente estuvieron dormidos antes de desechar su forma material, dije: “es necesario cambiar y empezar nuevos recuerdos”, una frase prosaica y débil, como deberán ser todas aquellas que decimos cuando hacemos la limpieza, pensé brevemente en la famosa máxima de Lampedusa y en que a veces debemos cambiar todo, para que todo siga igual. Tal vez debí decir la frase de El Gatopardo y terminar mi labor con un dejo de grandeza, pero, en últimas, no era para tanto. Lo curioso vino en la noche, cuando dormía. Soñé que estaba en una gran fiesta (ahora pienso si me dejé influenciar por la ambientación de El Gatopardo) con muchos desconocidos por los que sentía un gran aprecio. En un momento de la fiesta apareció una mujer de una belleza imposible, se me acercó y me pidió que me quedara con ella en esa fiesta para siempre. Le dije que no, y le repetí la frase, exactamente cada palabra, que había pronunciado al cerrar la bolsa de basura. Esa respuesta me sorprendió hasta el horror en el sueño, pues al parecer yo también la conocía desde siempre, y desde siempre (una de esas insólitas certezas que tenemos en los sueños) había estado esperando esa fiesta y esa pregunta. El sueño se diluye después en unos sucesos ininteligibles y absurdos, a los quizá dé forma algún día para convertirlos en invenciones varias, que poco más añaden a esta narración. Me desperté con un pensamiento bastante obvio, el que el del sueño sea un mundo igual de sustancial y trascendente que el nuestro, y recordé que uno de los casetes que tiré el día anterior tenía por título: The Dark Dreamquest. Ese casete lo tenía hacía muchos años, pero sólo hace un par, tal vez, supe que se había inspirado en uno de los más fascinantes y bizarros relatos de Lovecraft: The Dream-Quest of Unknown Kadath. En la novela, Randolph Carter, un soñador experimentado, ve en sus sueños una mágica ciudad que lo seduce y decide buscarla, pero antes debe encontrar otra ciudad tan incierta e inasible como la primera: la desconocida ciudad de los dioses de los sueños, la ciudad desconocida de Kadath. Carter pasa por increíbles aventuras en lugares fascinantes, y su habilidad para desenvolverse en el Dreamland lo lleva muy lejos en su búsqueda. Lo interesante del caso es que así como Carter adquiere “conciencia” en sus sueños y es capaz de acceder a ellos como si de una geografía se tratara, me sorprende que esa frase que dije, incluso con desparpajo, haya influido, o pueda influir en ese universo del sueño, que esa determinación negativa reforme las condiciones del soñado y que yo, sin querer, cambie los destinos que había previsto en los sueños, para que la continuidad del acto de soñar pueda llevarse a cabo. Me explico, en el segundo en que veía a la mujer en la fiesta, de alguna forma sabía que ese era también el final de los sueños, de los sueños de siempre quiero decir, y que esa terrible promesa de soñar la misma fiesta una y otra vez había sido quebrantada por influencia del mundo concreto. Es agobiante pensar que quizá esto no le interese a nadie a parte de mí, pero tenía que ser escrito, eso pienso ahora.

Hoy hablé con un amigo que dice que los escritores deberían escribir como hablan y no incurrir en el odioso error de escribir como leen (lo que leen), yo pensé que tal vez deberían escribir como piensan, y ahora me pregunto si no deberían escribir como sueñan. ¿Otra excusa para no escribir? Quién soy yo para saber esas cosas.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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3 respuestas a Bartleby y discos viejos

  1. Peter Lewinski dijo:

    Harold,
    Usted termina tan maravilloso escrito diciendo “Quién soy yo para saber esas cosas”. Pues créame, mi amigo, que usted es una de las promesas literarias de esta época trágica. Solo le pido un favor ¡No deje de soñar!

  2. Xochitl dijo:

    Excelente Post

  3. Pingback: Resistance until Demise: The Lesson of Bartleby and Teddy – RefractMag.

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