Revisión de un relato sobre la democracia

Pablo (Madrid)

Cuando hace poco el presidente de mi país anunció su decisión de dejar de ser presidente se me vino a la mente inmediatamente un pequeño relato que escribí hace tiempo sobre la democracia, en un día de enfado. Tras hacerlo lo envié a varias personas, la mayoría amantes de la política o la literatura o ambas a la vez, algunos eran mis profesores, para que me dieran su opinión. Este es el relato.

Siempre he creído que la democracia es un hombre que llega tarde a cruzar la calle y que al alcanzar el paso de peatones se encuentra con el semáforo en rojo y los primeros coches pasando. Al frenar se da cuenta de que delante de él hay una mujer esperando, que ya estaba allí y a la que no había visto llegar. Al percatarse de ella y ver su espalda, el hombre acerca sus manos abiertas, por detrás, sin llegar a tocarla, y empieza a pensar: “Esta mujer acaba de entregarme su vida. Ella no lo sabe pero su voluntad ya no le pertenece, ahora está en mis manos. Con un leve movimiento la empujo y adiós, se acabó. No sé quién es y ella seguramente ni siquiera se ha dado cuenta de que yo estoy detrás, o no le ha dado importancia. Sin embargo, involuntariamente me ha entregado su alma pasada, presente y futura. Se siente tranquila, libre, quizá feliz, viendo los coches pasar y esperando su turno para cruzar la calle, pero si yo quisiera, ahora mismo estaría muerta, me basta un leve movimiento de brazos para terminar con ella. Pero no lo haré. No puedo. Está mal. Es cierto que por un instante inconfesable he pensado que el poder de tener una vida en las manos es demasiado intenso para desaprovecharlo, pero está mal. No se puede hacer. Ella nunca lo sabrá pero a partir de ahora yo soy dueño de su vida. Ahora ella es algo gracias a que yo decidí que lo era.”
Al cabo de la reflexión el hombre retira las manos pero cuando ya parece relajado, una mano de brazo invisible le empuja, y por inercia empuja a la mujer, que cae arrollada por la maraña de coches, quedando ahora él al borde de la acera.

Todos a los que pasé el cuento lo leyeron y me contestaron. Todos me hicieron comentarios sobre si les había gustado o no (la mayoría de veces no, he de confesar), sobre si las metáforas estaban bien escogidas o si se entendía lo que quería decir. Lo más curioso de esas valoraciones es que nadie habló nunca de la clave. Siempre se dejaban el detalle más importante. Discutían sobre el hombre y la mujer, sobre quién es la mano y quién los coches. Yo siempre contestaba que todos somos y seremos hombre, y mujer, y coches, y mano de brazo invisible en algún momento. La conversación podía seguir o no pero siempre alrededor de estos elementos. Quizá fuera casualidad, o falta de intuición, quizá lejanía en la traslación de símbolo a la realidad, o simplemente mala escritura, pero todos, tanto los que apreciaron el relato como los que no, pasaron por alto el detalle que yo creía o pretendía que le diera sentido, tanto al relato como a la sociedad, y quizá eso sea lo más espantoso, tanto a nivel de escritor -especialmente- como a nivel de ciudadano. Nunca nadie se preguntó quién marca el ritmo del semáforo.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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Una respuesta a Revisión de un relato sobre la democracia

  1. Aletz dijo:

    Aquí en Montreal, todos los semáforos tienen un botoncito que el peatón aprieta para cambiar al verde. La realidad parece ser, sin embargo, que el botoncito no funciona. El semáforo se pondrá en verde cuando sea necesario (rara vez en hora pico, más seguido en hora de poco tráfico). Pero para el peatón ese botón es necesario, y a veces los (nos) ves pique y pique como desesperados.

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