Ciudad y discurso unidimensional

Harold (Bogotá)

Últimamente, me he sorprendido en varias ocasiones refunfuñando contra el sistema de transporte público de esta ciudad. Me encuentro rechinando los dientes por los retrasos, por la atención, por el desorden generalizado, por el pésimo estado de las vías y, sobre todo, por la actitud de la gente. Entiendo que yo mismo no tengo una muy buena actitud y que mi enfado es quizá no un síntoma, sino una consecuencia. ¿De qué? Yo diría que de la ciudad misma y de los discursos que de ella se desprenden. Con un poco más de calma creo ver en los comportamientos de las personas sólo un modelo de ciudad a la que son sometidos; cada individuo vive una ciudad diferente y esta le habla en diversas voces, no siempre recomendables.

Resulta altamente paradójico pensar las sociedades actuales en términos de igualdad y libertad cuando estos conceptos, aparentemente correlativos, son manipulados en virtud de la idealización y el deseo de los individuos por adecuarlos a su principio de realidad. Basta lanzar miradas atentas a la deformación paulatina que la “igualdad” ejerce sobre la voluntad y el libre desarrollo de los seres para constatar el proceso de dominio al que la ciudad somete al hombre. La ciudad genera espacios y construye discursos en los que la igualdad es entendida como la oportunidad de ser tan libre como el espacio y el discurso convienen. Así, la ideología del ciudadano no transforma la ciudad, sino que la ciudad se convierte en instrumento y ejecutor de su propia ideología, alterando de esta manera los intereses y conductas de los ciudadanos.

Un ejemplo de esto son los modernos conjuntos de apartamentos, que por un lado, están reevaluando la concepción del barrio como eje de las relaciones sociales. Extrañamente, a pesar de aglutinar un mayor número de personas en un espacio más reducido, el contacto y las relaciones interpersonales, los intercambios lingüísticos y la confrontación de ideas parecen ser más pobres que antes. Una especie de claustrofobia adquirida se pasea con los ciudadanos: la del apartamento del cual no hay que salir porque nos llegan los domicilios; la del conjunto que repta alrededor del minisúper; la del centro comercial donde compramos de todo; la de los teléfonos móviles por los que se escribe más de lo que se habla. La participación del centro comercial es decisiva, pues adecúa la conciencia colectiva hacia los mismos intereses y expectativas.

Un punto importante, que es preciso notar, es como la reducción del espacio actúa en la misma dirección que los principios fundamentales de la neolengua señalada por George Orwell en su novela “1984”. Es decir, que la reducción del léxico, eliminando palabras heréticas, ambiguas y con un alto contenido ideológico, dejaba, por supuesto, menos posibilidades de un desarrollo creativo a través del lenguaje; limitaba la capacidad de pensar. Entonces vemos cómo el patio, el jardín, la terraza o el balcón son eliminados del apartamento, la tienda, el parque, el billar, del barrio, dejando así menguadas las posibilidades de expansión, recreación y desarrollo individual y colectivo a los multimedios.

Un ciudadano tiene la capacidad de reconocer la influencia del espacio en su desarrollo y el cómo de la modelación a la que es sumergido. A pesar de eso, su percepción decae en una cierta miopía conceptual en la que el espacio se le presenta inquietantemente atractivo. Esto debido en gran parte a un doble mecanismo imperante en la sociedad: la necesidad unida al discurso. No hay mucho que decir al respecto de lo obligado que está el hombre a aceptar un espacio para resguardarse del resto del mundo. En cuanto al discurso, éste toma las formas más variadas para tener la última palabra, ordenar y organizar; inducir a la gente a actuar, comprar y aceptar. El discurso es mantenido a través de una sintaxis que, como diría Marcuse, al poseer una estructura de frase comprimida y condensada, deja ninguna tensión, ningún “espacio” entre sus partes, impidiendo cualquier desarrollo de sentido. La expresión cerrada que adquiere el discurso actúa igual que el lenguaje orwelliano: la contradicción es enmascarada con eufemismos y explicaciones basadas en falsos argumentos. No nos dicen que los apartamentos son muy pequeños, sino que son “económicos” y “funcionales”; las cocinas no son diminutas, sino muy “acogedoras”; el comedor y la sala se han fusionado en un solo espacio más “hogareño”, y una larga cadena de etcéteras. Además, los espacios reducidos no nos obligan a buscar un sustituto afuera, nos dan la oportunidad de la “convivencia social”; no nos obligan a aguantarnos a los demás, nos enseñan a ser “tolerantes”. Y es que éste es precisamente uno de los mecanismos más poderosos de la sociedad (nos dice Orwell en la novela), además de una de las “más refinadas sutilezas del sistema: inducir conscientemente a la inconsciencia, y luego hacerse inconsciente para no reconocer que se había realizado un acto de auto sugestión”. Finalmente, como sucedía en la novela, este modelo de la ciudad-prisión no estaría completo sin la telepantalla. En el mundo distópico de Orwell las telepantallas eran dispositivos por los que los habitantes de la ciudad eran observados mientras observaban los contenidos que el Partido quería que viesen. No hay mucho más que explicar de la analogía de nuestras modernas ciudades girando por debajo de los multimedios masivos y de la todopoderosa televisión por cable.

Así, lo que tenemos es un lenguaje reducido en una ciudad que se reduce mientras se expande. Una multiplicidad de discursos de una ciudad que nos confronta con voces difusas.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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Una respuesta a Ciudad y discurso unidimensional

  1. Juanita dijo:

    Gracias por hacer que me sienta más ahogada en mi diminuto pero conveniente apartamentito ¡tengo que salir corriendo!

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