Desengaño

Pablo (Madrid)

La primera vez que paseé por Malasaña me perdí. Sus cuestas, su estrechez y su asimetría propiciaron fácilmente el descuido. Una vez perdido decidí seguir perdiéndome hasta que me cansara de caminar y buscara una arteria que me resultara familiar para volver a casa. Cuando me indicaron cómo llegar a la Gran Vía seguí el camino y llegué a una calle donde sólo había mujeres de falda demasiado corta y pechos demasiado embutidos. No esperaba que por allí hubiera una calle llena de prostitutas, ni siquiera había oído hablar de ello a diferencia de las conocidas zonas de Montera o Casa de Campo. Instintivamente levanté la cabeza para buscar el nombre de la calle y, para mi asombro, me encontré con una palabra que no sólo hacía tremenda justicia al lugar sino que formaba una paradoja cruel llena de malas intenciones, sumamente encantadora. La calle se llamaba Calle del Desengaño.

Me quedé parado, mirando la placa con una sonrisa idiota en la boca, pues encontré aquella asociación como un prodigio del ingenio ácido y la certeza corrosiva. Entonces me dio por pensar en quién daba el nombre a las calles. En verdad me daba igual quién lo hacía, quería saber quién le había puesto nombre a esa calle. El ayuntamiento era una respuesta demasiado genérica para que me diera por satisfecho, ansiaba saber qué persona había elegido esa palabra, ese concepto para esa zona, pues raro sería que un hombre digno de una calle en España se pudiera apellidar `del Desengaño´.

Al cabo de unos minutos, y aún maravillado de aquel sarcasmo, me di cuenta de que probablemente fuera nombrada antes de que ninguna prostituta la pisara. Las que había enfrente de mí tenían un aspecto oneroso, eran muy mayores y descuidadas y lanzaban miradas de envidia a las latinas rimbombantes del otro lado de la calle. Evidentemente no eran tan viejas como Madrid, pero quizá fueran el último eslabón de una larga cadena de tradición sexual de dicha calle. ¿Pero y si no era así?¿Acaso las putas eligieron esa calle a propósito? En tal caso el ingenio ya no sería cosa de alguien del ayuntamiento sino de un proxeneta (tampoco es que actualmente haya mucha diferencia). ¿Habría sido casualidad que anduvieran por allí por circunstancias ajenas al nombre o de verdad alguien premeditadamente las había llevado para soltar una bofetada de realidad a sus clientes? Pensé también que para ellas quizá era un negocio arriesgado ofrecerse en esa calle, tan tentadora y rebosante de arrepentimiento, ¿y si algún cliente dudoso despertara de su cortina de humo al ver ese nombre? Seguro que no a menudo, ¿pero acaso no podría suceder que lo que algún tímido consumidor de amor necesitara fuera únicamente una dosis de agitación de conciencia? En ese caso lo podrían lograr simplemente al llegar a la calle y pararse a pensar, sin necesidad de pagar.

Tras tantas dudas y tantos minutos parado, mirando a todos lados, me alejé de la calle y seguí conjeturando en silencio. La siguiente vez que pasé por allí, las volví a ver y no pude resistir acercarme a preguntarles por qué esa y no otra calle para estar. Ninguna sabía nada, me decían que qué había de malo, que si no me gustaba me fuera a otro lado. Ante mi insistencia se molestaron y me dijeron que si sólo quería hablar que me largara o pagara. Nunca más volví a preguntarles, alguna vez he estado tentado de buscar por otros medios la intrahistoria de la calle pero nunca lo he hecho. Nunca lo he hecho porque cada vez que paso por allí y las veo bajo el cartel del desengaño, me doy cuenta de que saber quién es el iluminado que los ha unido es completamente irrelevante. Aunque fuera hecho consciente o inconscientemente, poder ver un oasis de creatividad, de ironía macabra y de improvisada desfachatez en un lugar público es un motivo de alegría, casi un reducto de esperanza. En una ciudad cada vez más dominada por el control cuadriculado y restrictivo de todo, este pequeño aliento de variedad es muy gratificante y siempre me saca una sonrisa. Y lo demás son sólo palabras, la verdad allí es un simple adorno periférico e innecesario.

Ahora siempre que puedo paso por esa calle, y cada vez que voy con un amigo este me acaba preguntando por qué narices me fijo más en la placa que en las putas. Larga vida a los desengañados.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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3 respuestas a Desengaño

  1. Aletz dijo:

    Según google maps hay una tienda de ropa en la Calle del Desengaño, llamada Dolores Promesas. Genial!!

  2. Harold dijo:

    Muy bien, Pablo. Nada mejor que perderse para encontrar.

  3. Pingback: Los nombres de las calles | Siete Ciudades

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