Ciudadanos de la lluvia I

Harold (Bogotá)

No ha parado de llover en horas; nada raro en Bogotá, al menos no en la Bogotá de hace unas décadas. El omnipotente cambio climático ha hecho que desde hace unos años esta ciudad disfrute de un sol atípico otrora. Pero como nuestra memoria es porosa para el olvido (con el perdón de todos, tomo esta frase como corolario) la gente bogotana se queja todo el tiempo de la lluvia, y es que parecen haberse olvidado de esa ciudad de los años cincuenta en la que el paraguas era tan indispensable como la ropa interior. Llueve de nuevo, y no me explico si la lluvia ahora posee un carácter diferente de antaño o es la ciudad la que ha ido creciendo en contravía de la lluvia. Siempre hay problemas cuando llueve en Bogotá: los barrios se inundan, fallan algunas redes eléctricas, los atascos se hacen insoportables y la gente parece muy mezquina, muy huraña. Siempre que salgo en los días de lluvia consigo un par de golpes con las sombrillas, y de muy mal humor me digo “deberían exigir una altura mínima para usarlas”, pues son precisamente unas señoras muy bajitas las que han atentado contra mi cabeza con sus ridículos y plegables adminículos rosas, negros o azules. Sin embargo, muy a pesar de todo, me encantan los días de lluvia, son, de alguna manera, más reales. Todas las cosas se dejan seducir por el agua, las calles se ven más vivas, las plantas despiertan de su letargo y la gente, por supuesto, huye. La lluvia trae consigo una melancolía y una tristeza que, sin importar lo que dijera Montaigne, no es ociosa ni desechable, sino que por el contrario alimenta el alma y la renueva.

Cuando era un niño me gustaba un poco menos, y me preguntaba si llovería todo el tiempo. Pensaba que la gente tendría que usar siempre los impermeables y las botas de gato, y que las escuelas deberían ser edificios para evitar las inundaciones. Ahora creo que la existencia entera sería diferente en un mundo en que las lluvias fuesen infinitas. O bien habríamos entechado el orbe, o bien todas nuestras conductas serían otras, desde la moda y su importancia en la vida moderna, hasta las odiosas telecomunicaciones. Las mujeres quizá se preocuparían menos por mantener su permanente y todos seríamos más resistentes a la gripe. Las generaciones especularían y soñarían con un mundo seco, y la melancolía tendría que asociarse con cualquier otro fenómeno. A mí me embruja que llueva, pero no a todos les pasa igual. Conozco a quienes les gusta más que a mí, y encantados te dirían “hola, soy un ciudadano de la lluvia”, porque para ellos la tristeza es un lugar, y la lluvia son sus palabras. Hay lugares en donde les llaman “chaparrón”, en otros, “chubasco”, en Bogotá son aguaceros, pero en verdad son magníficos cantos de unos gatos que ya no le temen al agua; allí se encuentra toda la melancolía repartida en pequeñas y dispares gotas.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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6 respuestas a Ciudadanos de la lluvia I

  1. Pablo dijo:

    Maravilloso. Hoy llueve en Madrid.

  2. Nina dijo:

    Ciudadanos de la lluvia! Ciudadanos de la melancolìa!! Qué hermoso!

  3. Dorian Gray dijo:

    Hoy llueve, llueve y llueve. !Quiero saber cómo se siente un beso bajo la lluvia!

  4. Dorian Gray dijo:

    Espero pronto Ciudadanos de la lluvia II, ¡pero en un día próximo y no en uno de tú mundo!

  5. Angel dijo:

    Tengo que conocer la lluvia de Bogotá

  6. Con gran enojo dijo:

    Señor Harold, tristemente descubro que no escribió el viernes pasado, es lamentable que nos deje esperando, espero realmente que no tenga usted un problema grave y que esa sea la razón para no escribir. Ansiosamente esperamos sus deliciosos apuntes en tan maravillosas crónicas.

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