El camino del progreso

Pablo (Madrid)

Pude distinguir, mirando de reojo por la curva que empezaba en su picuda nariz y se desvanecía en el inicio de su frente, unas cifras aisladas y borrosas que me observaban desde la portada de un periódico. El texto que las explicaba lo veía tan desenfocado que resultaba sólo una serie de filas de hormigas de tinta. Esas cifras, si eran las que yo creía, tenían que serlo, me seguían desde hacía algún tiempo y aunque era imposible esquivarlas, trataba de evitar mirarlas fijamente o las convertía en una masa informe en el fondo de mi mente, que estaba ocupada en gran parte por ella y su nariz picuda. Sin duda, por sus gruesos contornos eran ellas, un cuatro millones y un veinte y un 42 junto a un signo de porcentaje, esa última era la más peligrosa.

En ese metro eran simples números borrosos sobre un papel, al fondo, en las manos de un lector dos asientos más allá. Aunque no pudieran verme directamente, sentía que por alguna razón me acechaban más que nunca, como si se hubieran colocado ahí para esperarme. Por mucho que me refugiara tras ella, continuaban apareciendo innegables por aquella curva en cada vaivén del vagón, pegadas a mi juventud en la distancia, como si un hilo invisible me uniera a ellas.

La gente que coge la línea 8 del metro en dirección noreste siempre lleva el mismo camino o alguna vez lo ha llevado, solo que ahora su regreso resulta cada vez más incierto. Los vagones de esa línea van rejuveneciendo a medida que las cifras de los periódicos aumentan como en una unión exponencial. Sin embargo, nunca cambian las expresiones, ni los nervios tensos, ni las miradas que sólo ven manchas borrosas en periódicos vecinos cuando acompañan a un rostro bello en el trayecto.

Antes, una noche, varias noches después de mi declaración no correspondida, ella me había dicho que no soportaba lo de la generación perdida, los de los preparados y tantos otros apelativos que nos enjaulaban, que estaba harta de la hipocresía de los denunciantes que actúan como los denunciados y que además no tenía otro remedio. En un arrebato de impotencia y lágrimas me confesó que le era imposible continuar así, aquí, que lo dejaba, que nos dejaba, amigos, familia y calles estrechas. Ni siquiera traté de disuadirla, lo último que recuerdo de aquella noche fue que me dijo que en Madrid para la gente como nosotros el camino del progreso es el que lleva al aeropuerto.

La acompañé sin estar convencido, ni siquiera tendría que haber sido yo el que la hubiera acompañado pero así lo quiso ella, como siempre. Esperé hasta el último minuto de la última puerta para abrazarla y desearle suerte y dejar que se fuera. Ella me dijo que debería hacer lo mismo y entonces bruscamente le pedí que se callara. Se giró, entró en la sala de embarque y yo volví al metro.

En la primera parada se sentó junto a mí un hombre con el mismo periódico que el del viaje de ida. Entonces las cifras se avalanzaron sobre mí, sin ella para distraer mi atención ya no eran borrosas, ni estaban desenfocadas y la fila indistinguible de hormigas se había convertido en una serie de finas y afiladas dagas negras. Y lo que decían era que ella ya no estaba, y que yo había de afrontar aún más solo la realidad del camino de vuelta, una realidad que se dibujaba desfigurada tras todo mi esfuerzo baldío por ella.

Ahora, sin su nariz picuda ni nadie que me hiciera de barrera, no tenía más remedio que aceptar que era un simple parado, un joven parado más.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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2 respuestas a El camino del progreso

  1. B dijo:

    “La gente que coge la línea 8 del metro en dirección noreste siempre lleva el mismo camino o alguna vez lo ha llevado, solo que ahora su regreso resulta cada vez más incierto”. Brutal.

  2. Olga dijo:

    Jóvenes con un futuro en el aire….Bon voyage! 😉

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