Una creencia

Harold (Bogotá)

 

Hace unos días pasé por una iglesia, quizá era una catedral, no sé bien cuál es cuál. Literalmente, la atravesé porque las múltiples puertas que posee generan singulares y propicios atajos, así que decidí que podría ahorrar algo de tiempo simplemente cruzando por el recinto. No muchos pasos pude dar antes de sentir las miradas inquisitorias sobre mi nuca. Hace unos años hubiera comprendido esas miradas; antes, cuando llevaba el cabello largo y la chamarra de cuero. Pero ahora esas miradas parecían tantear mis pensamientos y sopesar mis ideas. Creo firmemente que aquellas personas me hubieran quemado vivo si viviéramos en el siglo XIV, y quién sabe si lo harían ahora. Mientras yo admiraba las posibilidades arquitectónicas, los buenos católicos de la iglesia parecían indicarme ferozmente el camino de salida. Al salir, el mundo cambió poco.

 

No pude dejar de comparar esa situación con muchísimas otras análogas, y me encontré con el hecho de que las religiones abrahámicas son excluyentes. Esta reflexión resultará demasiado obvia para muchos; para muchos otros será ofensiva, y algunos otros no encontrarán en ella nada interesante. De acuerdo, pero lo que me preocupa realmente es que estas religiones monoteístas poseen una fuerte orientación ética; están basadas en una dicotomía que asegura los límites y los alcances de las leyes divinas. Sin embargo, esa ética parece funcionar como un código cerrado que pertenece únicamente al universo de la religión específica. Es decir, que si las diferentes religiones encuentran, por ejemplo, que es bueno y correcto comer arroz, cualquiera de estas religiones te excluye por no comer arroz en los platos de su iglesia. El Cristianismo, el Judaísmo y el Islam, con sus respectivas variantes y subdivisiones, son los tres grandes grupos abrahámicos y su fe está cimentada en la incertidumbre, el miedo y la exclusión. Como cualquier otra creencia religiosa, la de los grupos abrahámicos se funda en la incapacidad de dar respuesta a las preguntas decisivas de la existencia y al temor por el porvenir después de la vida. Así se han generado las más extraordinarias mitologías, que luego devinieron en cultos y religiones, sólo que a diferencia de, digamos, las religiones orientales, las religiones abrahámicas excluyen todo lo que no lleve su rótulo, lo que no comulgue con sus ideas y no comparta el mismo sistema de valores. En oriente (haciendo groseras generalizaciones, por supuesto) es muy común que un sintoísta sea a la vez seguidor de Confucio y hasta cristiano, porque el sintoísmo y el confusionismo son religiones incluyentes, permiten el contacto con el otro. En un inicio, el carácter panteísta de las religiones orientales es adecuado para aceptar la riqueza de aquello que no soy, pues si, como creen, todo está imbuido por los kamis (dioses en cada cosa) poca importancia tiene si prefiero asistir a un templo hindú, a una mezquita o a una iglesia cristiana. Lo cual es, en suma, lo deseable para una religión que piensa en un dios omnipresente; lo esencial siempre está más allá de los nombres que le demos.

 

A pesar de que comprendamos de mejor o peor forma la existencia de dios, o bien sea que demos por descontado que una entidad superior nos gobierne, o, aun, que no nos importe en lo más mínimo, lo realmente significativo es el ser-en-el-mundo que se desprende de la consciencia de nuestras creencias, y ese ser, invariablemente, se relaciona con otros seres y otras consciencias. Por ello me resultan tan incomprensibles ciertas actuaciones de la gente, porque a pesar de que las religiones tienen elementos comunes (los más trascendentales, pienso yo) siempre prevalecen diferencias que sólo existen sobre la superficie. Cada uno de nosotros tiene una o varias personas a las que consideramos imprescindibles o entrañables, y es de suponer que para esas personas también nosotros somos así de íntimos y necesarios; es de suponer, también, que lo que llamamos amistad está por encima de pequeñas diferencias ideológicas y religiosas, pero sucede que algo tan elemental y obvio es, en no pocas ocasiones, extraño para muchos bogotanos. Conozco alguien a quien sus dos mejores “amigos” desterraron de su círculo, por llamarlo de alguna manera, por no compartir las mismas creencias, creencias que, en principio, son adquiridas, son fruto de una tradición inquebrantable más que de una convicción seria o una reflexión profunda. En Bogotá pululan las iglesias cristianas de garaje, que de una manera subrepticia enseñan que el otro es un enemigo, pues en un país donde tener un pensamiento en contravía de la convención te convierte en loco, en paría (cuando no en terrorista), no otra cosa podría pasar con la religión, que de la misma forma que en los días más oscuros de la inquisición te acusa y condena sólo por pensar o tan siquiera por opinar diferente. Pero esas iglesias son sólo una variación de la Gran iglesia Católica, del Judaísmo y del Islam más recalcitrantes, que han hecho de una maravillosa mitología una excusa para la exclusión.

 

Yo sé que no todos los creyentes son excluyentes, ni que todos los no creyentes son reflexivos, pero en Bogotá, por lo menos, es difícil no sentirse excluido por no creer o por creer en una vía diferente. Hoy vi, mientras viajaba en autobús, el aviso de una de estas iglesias: “Renovando tu mente” rezaba la enorme pancarta por debajo del nombre, y yo me preguntaba si en verdad en estas iglesias te adiestran para pensar en un sentido, mi intención no es desvirtuar ninguna creencia, pero sí hacer énfasis en la necesidad de observar la existencia desde el mundo concreto, en el aquí y ahora, y no desde unas posibilidades que desconocemos y nos excluyen.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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