Las aventuras de la señorita burca, hoy “Seamos sinceros”

Guille (Paris)

Se quedaba largas horas mirando la pared o la ventana. Necesitaba hablar con alguien, pero antes, tenía que encontrar las palabras para lo que sentía. Estaba más pálida que nunca. Ya no comía, ni dormía.
Sabía que la ciudad la esperaba, pero todo le parecía demasiado lejos. La distancia entre ella y el mundo era infinita. Pasaban cosas graves pero ella no podía responder.
Abrió el cajón y miro el cuchillo de cocina. Lo tomó entre las dos manos como si pesara mucho. Fue hasta la sala de baño. Contarlo, como si simplemente hubiera sucedido… Se detuvo frente al lavamanos y se hizo un corte en la muñeca izquierda. Sintió que se podía esconder detrás de la sangre. Había una parte de ella que no había visto nunca, toda esa sangre. Era como una melodía. Dibujaba unas formas hermosas sobre su piel blanquísima y se desmayó sonriendo.
Pasó tres días ahí. Tirada sobre un espejo rojo. Hasta que un hilo de sangre pasó debajo de la puerta y los vecinos llamaron a la policía. Se había escogido un poco. La piel estaba abrazada o los huesos. Los huesos estaban envueltos en piel. Y en la cara los dos ojos abiertos pero sin mirada.
En el hospital estuvo una semana sin retomar conciencia. Fue la semana de la amnesia. Su boca, que estaba seca como una mancha negra se fue convirtiendo en una sonrisa. Soñaba que era una de las cosas de una princesa, un cepillo joya. A veces soñaba con ser invisible.
Cuando se despertó no descubrió nada. En la sala de espera no la esperaba nadie y afuera la luz era demasiado fuerte. Fue acostarse y durmió profundamente.
Día siguiente, esa mañana se despertó con la mente blanca: Fue como si esas ocho horas de sueño la hubiera borrado. No sabía dónde estaba. Vio sus hermosos ojos verdes en el espejo. Quiso entender. Busco en su agenda, algún nombre. Vivía cerca del metro Abbeses y era sábado, quiero decir, estaba la feria, los turistas, todo ese ruido multicolor que se reproducía en cada fibra de sus nervios como miles de hormigas. Mordiendo las fibras de su tejido intimo. Quería explotar y no podía, quería llorar y no podía. Su cuerpo no era suyo, pero era lo único que le pertenecía. Siguió caminando, descalza y en camisón como estaba.
Llegó a un hospital o a una construcción enorme. Habló con una señora rubia, de ojos negros. Miró sus manos-las uñas pintadas de rojo, triangulares y ovaladas. Y recordó los dedos, el corazón de la mano materna. Y el silencio del hospital. En la ventana la luz de la mañana tensaba los colores.
Entró en un rectángulo terapéutico y se acostó. El hombre la revisó sin ultrajarla y le hizo unas preguntas.
Volvió a hacer unas preguntas.
La señorita burca se metió los dedos en la boca y sacó una mujer árabe de unos sesenta años.
– Es mi mama. La traje desde Algeria. Me la tragué para que no la detuvieran en el aeropuerto.
– ¿Y por qué es tan chiquita?
– ¡Nació así! ¡Es deforme!
La paciente y el doctor miraron a la señora enana con asco. La desvistieron entre los dos, sin embargo. Su desnudez de grandes pechos y vientre búdico. Su pelo blanco.
No hacía frío, no había viento en las calles, no hacía calor ni caía nieve. No pasaba nada. El vidrio de las cosas estaba cortando al medio. La herida era dorada y le salía sangre negra.
La señorita con una burca, abría a su madre, la cortaba.
El médico se balanceaba como el péndulo de un reloj. Parado al lado de una heroína. La señorita burca empezó a temblar, abrió la boca y vomitó una casa. Era una casa linda, pintada de blanco. Había un perro en miniatura también y un hombre. El médico seguía contoneándose mareado. Se estaba poniendo azul, casi transparente. La señorita burca estiró una mano hacia su garganta y empezó ahorcarlo, ahorcarlo. Los ojos empezaron a hincharse, saltaron de la cara y se clavaron en la puerta de madera. Entonces ella, con sus uñas-cuchillo le hizo una línea desde el vientre hasta la garganta, se abrieron dos hilos de sangre en direcciones distintas, como si se rechazaran. Ella levantó un poco la piel y vio la hilera de costillas. Las acarició una por una. Abrió y vio el corazón que seguía moviéndose. Estaba conectado por todas partes, el corazón. Se acercó y le dio un beso, otro beso, le pasó la lengua y le dio un mordisco. En su boca explotó como un sabor luminoso. No tardó en comérselo todo. Tiró el cuerpo y por teléfono llamó a una enfermera. Cuando la chica entró, la agarró del cuello y la ahorcó, pero antes de que diera un último suspiro la puso en la camilla y la abrió. Separó las costillas y ahí lo vio. EL corazón, que era hermoso. Era como ver el tiempo. Lo acarició. Siguió por unos segundos con los dedos sus movimientos. Hacia arriba y hacia abajo, hacia los costados, hacia adentro y hacia afuera. Estaba conectado con todo. Había un corazón gigantesco en el centro del universo. Pero por el momento. Le dio un mordisco, teniendo cuidado de dejarlo latir aun. Pero el pedazo de carne latía en su boca. Era como música clásica.
La luz se estaba poniendo hermosa, adentro de su cerebro. Alguna vez, algo tenía que pasar. Salió, volvió a su casa. Se bañó. Pensando que no había que desanimarse.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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