El Towit (2)

Aletz (Montreal)

Segunda Parte

Eran tres chicas en el departamento, una en cada cuarto, ninguna tenía perros, gatos o cualquier otro tipo de animal. Las tres debían estar ya dormidas. Volvió a cerrar los ojos. Un mandala de colores fosforescentes giraba al ritmo de una música repetitiva que hacía bailar a miles de elefantes diminutos. Se arrulló con el sonsonete de la música, fijándose en los giros del mandala. Quería olvidar, dormir y despertar a otro día. Pero volvió a escuchar el ruido, esta vez en su cuarto. Abrió los ojos. No vio nada, pero lo sintió. El animal estaba ahí adentro, acurrucado en una esquina, esperando a que ella encendiera la luz.

Quiso vomitar lo que había tragado, quiso pedir ayuda a sus compañeras de piso, quiso hablarle a su mamá. Pero supo que era imposible, peor  aún, supo que estaba mal, que era pedir disculpas a un contrincante cuando éste acaba de hacerte un tapón. Debía esperar a que todo pasara, a que ella volviera a ser la Patty de antes, de la que esperaban, en los momentos más difíciles del partido, un pase filtrado, una pausa con el balón, la Patty a la que Emma había querido desafiar esa noche, pero que había sabido defenderse como una campeona.

Y al recordar el nombre de Emma, bajo una lógica tergiversada, pensó si eso que estaba adentro de su cuarto, no sería, en realidad, ella, acurrucada en una esquina, esperando a desafiarla con uno más de sus desplantes inmotivados, sus caprichos que terminaban en carcajadas que ella no entendía. Emma había corrido más rápido y había entrado a su departamento con su propia llave para esconderse en su cuarto, y decirle, como le había dicho hacía unas horas en el antro, mientras bailaban en la pista de baile, “Esto es el hongo.” Luego se metería en su cama, y dormirían abrazadas.

Encendió la luz.

Lo que vio no guardaba ninguna semejanza con cualquier ser vivo. Era una bestia pequeña, redonda, cubierta de un pelambre negro lustroso, salvo en la nariz, formada de innumerables gusanos que se contraían de manera desordenada y con un color a piel.

No gritó. Tampoco cerró los ojos. Respiró profundamente, a sabiendas que la bestia no se iba a ir hasta que ella lo enfrentara. Casi al momento, recordó las cucarachas que habían brotado del techo del Foufunes, para caer después en cascada sobre su cuerpo, y llenarlo de una sensación agradable de calor. Se dijo que esto debía ser lo mismo. El animal no se iba a ir de su vista hasta que ella se levantara, caminara hasta la esquina y lo abrazara fuertemente. Con su nariz contráctil de varios dedos olisqueándole el rostro, dejando un trazo húmedo y caliente en su mejilla, nariz y labios. Después se iría. Así debía ser. Pero el Towit, a diferencia de las cucarachas, no se fue.

 

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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2 respuestas a El Towit (2)

  1. Elisa Olivares dijo:

    Uch estaba pendiente de que ya publicaras… ¿la historia continuará?

  2. Aletz dijo:

    última entrega mi Elisa… bye bye Towit!

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