El día más triste

Pablo (Madrid)

El día antes de que me reafirmara en mi creencia de que el concepto Estado-nación era tan cómico e ilógico como cualquier otro concepto racional y no científico, estaba rodeado por cuatro millones de personas rebosantes de felicidad. Si me hubiera alejado de ese entorno, un poco más allá, ese número habría aumentado a cerca de 46 millones. El 11 de julio de 2010 yo fui triste, y todo a mi alrededor era alborozo. Once españoles eran tan sumamente buenos pateando una pelota que consiguieron imponerse a todas las naciones del resto del mundo, y eso suscitó una alegría indescriptible en todo aquel que fuera y se sintiera español. En todos menos en mí, a pesar de que por inercia los días previos me había sentido tremendamente patriota.

Después de la victoria la gente salió a la calle como nunca antes en la historia del país. Si hubiéramos querido, esa noche podríamos haber abolido la monarquía, robado el banco de España o invadido Francia, pero simplemente preferimos gritar, beber y cantar, festejar en suma el logro, todos menos yo.

Aquel día, un poco antes del partido, durante el partido y tras la conclusión yo fui una persona triste, rabiosa e impotente. Si me preguntan, yo siempre contaré en una versión maquillada las circunstancias en las que vi el partido y lo que hice después, mojándome en fuentes del centro de Madrid hasta que nos disuadió la Policía. Pero la verdad es que yo fui triste, y nada hay más terrible que la soledad de un entristecido en Un mundo feliz. Aquellos días mi país y su gente se había dado una tregua de apatía, tregua de las cifras del paro, tregua del profundo declive que tomaba consistencia a todos los niveles de la sociedad salvo el deportivo. Aquel día todos sonreían, todos tenían motivos para ello. Éramos el centro del mundo, y todos lo sabían, y por convicción, por olvido, por excusas o por patriotismo, todos eran felices, salvo yo.

Veía cómo regiones que renegaban del sentimiento nacional lo aceptaban y lo mostraban en público, vi cómo los que excluían de facto esas regiones a pesar de reclamarlas como propias se contagiaban del entusiasmo provocado por los goles de sus ciudadanos. Pero yo era triste.

Viví aquel partido de gloria como un suplicio en el que sólo me quedaba disimular mi enfado para no empeorar todo aún más. Celebré el gol de Iniesta como otro gol cualquiera y hacía comentarios sobre la violencia de los holandeses como quien juzga a un recién condenado. Todas las personas que quería estaban alegres, toda mi comunidad cercana también, y toda la comunidad con la que guardaba lazos culturales y afectivos, pero yo no. Y aquello me separaba de ellos con la fuerza del agua en descontrol, en esos momentos yo no pertenecía a un grupo, ni tenía amigos ni comunidad, la gente que veía en la calle eran extraños de sinceras sonrisas que no verían la mía. Estaba triste, pero más tristeza me producía ver que nadie lo iba a estar conmigo, y ver a toda esa masa de felicidad no me consolaba, al contrario, ahondaba en mi pesadumbre. Nadie iba a estar ni siquiera normal o tranquilo, nadie se sentiría como yo.

Aquella noche sólo tenía dos opciones, el fingimiento o el rechazo, pues de verdad estaba solo, sin posibilidad de confesión o empatía. Podría haber tomado la determinación de llamar a alguien para contarle cómo me sentía y por qué, y aunque así lo hubiera hecho y me hubieran atendido, ¿quién era yo para romper la tregua y la felicidad indescriptible de alguien ajeno a lo que me pasaba? Saber que había arrastrado a alguien que no lo merecía a mi universo de frustración y haber emborronado su recuerdo del momento con mi torpeza emocional habría sido nefasto cuando todo se relajara, al menos aún me quedó lucidez en esos momentos para saberlo.

Así que sólo me quedaba ocultar mi desazón y tratar de que con la ficción de la felicidad del resultado, mi estado de ánimo se tradujese en pasión verdadera. Pero no fue así, simplemente hice un intento por apaciguar mi desaliento, me junté con unos amigos, me bañé en una fuente y vi a la gente en los coches dando bocinazos, y a la gente en la calle coreando cánticos o los nombres de los futbolistas. Pero a mí todo eso me daba igual, todo. Porque a pesar de mi mueca de satisfacción nadie me iba a entender en ese momento, a nadie se lo podría explicar, nadie omitiría su juicio acerca de las circunstancias antes de pasar a enjuiciar mi situación. No podía pedir ni exigir nada, aquel día me sentí verdaderamente solo, como nunca antes me había sentido, no iba a tener desahogo, ni ánimo, ni compasión, ni siquiera el certero grito que me dijera que era un completo estúpido. Seguramente alguien me habría atendido, hasta me habrían gritado, pero en esos instantes sólo pensaba que debía aguantarme y dejar que bajara la marea, no fuera que todo se viniera aún más abajo.

Yo fui triste en el único momento en que no debía serlo, en uno de los pocos momentos memorables que ha dado este país, y no fue por el fútbol, sino porque la mayoría dejó de ser sumisa. Pero entonces el sumiso, fui yo. Que viva España.

 

 

 

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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4 respuestas a El día más triste

  1. B dijo:

    Me ha encantado.

  2. Aletz dijo:

    Más tristezas de esas! Bienvenido!

  3. elisa dijo:

    Sí, bienvenido!!

  4. Pingback: De nuevo, campeones otra vez | Siete Ciudades

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