Una comunidad sin cabeza

Harold (Bogotá)

Cuenta la leyenda que en 1936 Georges Bataille funda una cierta sociedad secreta que habría de conocerse como Acéphale. Una comunidad de pensadores que proponían una guerra frontal contra todo destino impuesto por la razón y la convención social. En efecto, el mismo Bataille (en compañía de varios pensadores) logró publicar cuatro números de una revista que llevó el mismo nombre de su singular conciliábulo: Acéphale, y en la que los audaces y polémicos artículos parecían envolverse sobre dos figuras tutelares: Sade y Nietzsche. Lo que se ha constituido como leyenda es que no se sabe a ciencia cierta si el grupo Acéphale existió más allá de la revista, pues sus participantes no saben si en verdad fueron integrantes del mismo, y porque un matiz hermético y religioso parecía ser condición de tal grupo.

Lo interesante del caso es que para Bataille (y de apoco nos acercamos al punto que quiero ilustrar) una verdadera comunidad sólo puede fundarse en una conciencia clara de lo sagrado y en el respeto por lo inconfesable. Así, pensaba Bataille, sólo era posible mantener dicha comunidad si todos sus integrantes compartían un secreto inconfesable y sagrado; un vínculo que hiciera que cada uno fuera a su vez los otros. Por ello Maurice Blanchot, uno de los supuestos integrantes, decía: “Es necesario convertirnos en otros o dejar de ser”. Ese secreto sagrado y compartido, fruto del alma y no de la razón, era el asesinato de uno de los miembros de la comunidad. Bataille proponía decapitar a uno de sus amigos como única forma de alcanzar lo sagrado absoluto para la comunidad. Al parecer su iniciativa no tuvo éxito, pues a pesar de que unos cuantos estaban dispuestos a ser la víctima, ninguno quiso tener el papel definitivo. De llegar a compartir un hecho tan grave, y la posterior conciencia de la necesidad mantener el secreto, los miembros de Acéphale sublimarían la experiencia de encontrarse con el otro.

Es de suponer que una amistad fundada en un vínculo de tal magnitud sea, por lo menos, inquebrantable. No sabemos si tal hecho ocurrió realmente, o si se celebraron encuentros de carácter místico (como se suele indicar), pero sí conocemos la cercanía que sentían Bataille y Blanchot, y como ambos hicieron repetidas referencias a una comunidad inconfesable, a una comunidad acéfala. Por supuesto, la referencia a la decapitación funciona tanto para hacer alusión a una comunidad sin jerarquías, en la que todos los miembros son iguales (quizá por la razón de que todos comparten el mismo secreto), y a un vínculo que supere los límites y normativas de la razón. Dicho de otro modo, la amistad entre los dos escritores era un ejemplo más acertado de comunidad acéfala que el mismo conglomerado que dio origen a la leyenda. Pero la amistad es un concepto demasiado sobrevalorado en nuestros días. La palabra “amigo” se ha hecho fácil y resbaladiza. Y es así, precisamente, porque pierde lo esencial del concepto que es el vínculo inconfesable que lo anima. La amistad entendida desde Bataille y Blanchot es un reconocimiento sin conocimiento; es una comunidad sin comunidad; en últimas la amistad es paradoja. Walter Benjamin recuerda que sólo se puede ser amigo de alguien que conoce la soledad, y resulta paradójico pensar que la amistad esté basada en otra cosa que no sea la proximidad y la pertenecía. Sin embargo, hacia allí apunta la comunidad inconfesable y acéfala, a una amistad fundada en la negación de las jerarquías y en el vínculo intraducible de la experiencia humana, sin que esa experiencia implique contacto.

Resulta sencillo comprender lo que la amistad pudo significar para Bataille y Blanchot cuando estamos fuera, o cuando nuestros más entrañables amigos están ausentes, porque el vínculo secreto permanece. La comunidad que nunca fuimos, la comunidad que fuimos un día y la comunidad que somos es la misma; siempre llevamos un trozo de una ciudad hecha de rostros y palabras y, sobre todo, silencios. Cuando nos sobrecoge y nos supera el vínculo somos otro, el otro, somos la ciudad que dejamos y un cuerpo sin cabeza de una comunidad sin cabeza.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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5 respuestas a Una comunidad sin cabeza

  1. Anónimo dijo:

    ¡Gracias amigo!

  2. Rodrigo dijo:

    ¡Grande Harold!

  3. Alexander dijo:

    haaaa, muy bueno…pero como que ya no quiero que seamos amigos..jaja

  4. Nina dijo:

    La negaciòn de jerarquias!! a cortar cabezas!!!

  5. Ana María dijo:

    Ahhh mi buen Harold. sólo tú podrías poner en palabras el vínculo secreto que significa una amistad…!!!!

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