El Towit

Aletz (Montreal)

Ganaron el partido contra las Trompetas de Ottawa y, para festejar, salieron a tomar unas cervezas al Trois Brasseurs, en St. Denis. Patty había logrado quince asistencias, trece puntos y un rebote. Le festejaron, sobre todo, el rebote.

Sonaron las campanillas del bar, anunciando las yardas de cerveza, brindaron y hablaron del partido. Cuando empezó a decaer el ánimo, Emma, que no pertenecía al equipo, sacó un recipiente de plástico relleno con algo que parecía tierra.

“Hongos de México,” murmuró Emma. “De los mejores.”

Dos de las chicas respondieron con una mueca de disgusto. Las otras se callaron por temor. Patty fue la única que le mantuvo la mirada. Emma era su amiga, y aunque no le gustaran algunas de sus reacciones, y no entendiera la mayoría de sus bromas y los motivos de sus desplantes, intuía que era debido a su poca experiencia en la vida, que Emma, al ser estudiante de artes, sí tenía. Todavía miraba los ojos azules de su amiga, cuando sintió en la palma de la mano la superficie rugosa de los hongos.

“Los puedes tragar con la cerveza, si no te gusta el sabor,” le dijo Emma.

Obedeció, parte en broma y parte para festejar el partido de otra manera. Cuando tragó el último, el resto de las chicas la miraban como si, faltando dos minutos para el término del partido, Patty hubiera dejado la duela rumbo a los vestidores.

“Nosotras nos vamos,” escuchó que le decían a coro las cinco Castoras de McGill, líderes de la división este del baloncesto universitario.

“Aburridas,” se burló Emma.

“No se vayan,” pidió Patty, demasiado tarde.

Estaba sola, con una amiga que no terminaba de entender y seis hongos haciéndole digestión en el estómago. Pensó si todavía era tiempo de vomitar. Cuando llegó a la conclusión de que era bastante probable, recordó su aversión, desde que se tragó un playmobil a los cinco años, al vómito. Lo único que le quedaba era enfrentar las cosas de la misma manera con la que enfrentaba un partido, respirando profundo.

“Vámonos de este bar de mierda,” dijo Emma, y Patty la siguió por una calle a la que empezaron a salirle árboles, bajo una noche de cientos de estrellas fugaces, hasta llegar al Foufounes, uno de los antros más antiguos y estruendosos de Montreal.

Una música, que Patty hubiera llamado heavy metal, reventaba desde los cuatro costados. Oleadas de personas la golpeaban a cada paso. Un tufo a sudor le recordó la Arena del Castor después de un partido.

“Relájate, estás muy tensa,” le dijo Emma, tocando su nariz con la de ella, que, de pronto, se volvió expansiva.

Se sentó, cerró los ojos y, cuando los volvió a abrir, una cascada de cucarachas bajaba del techo, cubriendo las cuatro paredes. Calma. Respira. Es el momento clave del partido, se dijo Patty. Es el momento en el que te toca cargar al equipo sobre los hombros. Mantén el balón. No pierdas la cabeza. Espera a que tu marca cometa el primer error. Entonces sí, dribla, finge después caer en tu propia trampa. En el momento que se te venga el doble equipo encima, pase filtrado al poste.

Abrió los ojos. Las cucarachas le subían por las piernas y los brazos hasta la cabeza. Las sentía calientes, especialmente en el estómago, se sentía parte de ellas, como si fueran pequeñas chispas de luz que iban formando su cuerpo. Las tomó de la pared con un dedo, y vio cómo seguían bajando y subiendo de su cuerpo cargándolo de una fuerza a la que sólo pudo comparar con un abrazo materno. Se sintió feliz, descubriendo que formaba parte de algo más grande, más intenso y más verdadero que ella misma.

“Ese es el hongo,” le dijo una Emma a la que le brillaban los pómulos.

Salió a la calle para ver el cielo. Estuvo clavada en la acera, con los brazos levantados, esperando que le cayera una estrella de rebote. En el momento más alocado corrió a toda velocidad, sin dirección aparente, sólo para sentir que, dentro de ella, había una fuerza imbatible. Cuando el corazón le latía en los oídos, se dio cuenta que había llegado a su edificio. Metió un dedo en la cerradura, la abrió y subió a su cuarto.

Estaba ya acostada cuando escuchó, por primera vez, al Towit.

 

Continuará….

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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4 respuestas a El Towit

  1. elisa dijo:

    ¡¡Aleeetz!! siempre me dejas picada y tengo que aguantar toooooda una semana… se me ocurre que si quieres me puedes mandar hoy la entrada del siguiente miércoles y yo te la subo, no?

  2. sietecuidades dijo:

    Sorry Elisa, pero me quitarías la parte de la chamba que más me gusta: deshacerme del texto.
    Te doy un adelanto: la próxima semana termina la historia!

  3. el cone dijo:

    hey Aletz, hay que preguntarle a Emma donde los consiguió aquí en Montreal, no crees?

  4. Aletz dijo:

    espera a la segunda parte de la historia, y verás que quizá no es la mejor idea… chacachacán!
    Qué gusto verte por estos lares Cone!

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