Las aventuras de la señorita Burka, hoy “San Pomodori”

Guille

Traduzco parte de un artículo publicado en Le monde, escrito por el periodista Julien Piedàterre: “Debo decir que la Burka me fascina. Lo que hace el artista plástico Christo y su esposa al envolver puentes y catedrales no es nada ante el poder estético de los afganos que han “envuelto” una mujer.
Cuando era chico siempre me sorprendía que los habitantes de Nueva York no reconocieran a Clark Kent, que se escondía detrás de unos lentes. Si Superman realmente hubiera querido esconder su identidad se hubiera puesto una burka.
Además, debajo de la burka puede haber cualquier cosa, todos los poderes, es perfecto para un superhéroe.
Cuando la Burka es negra, parecen ninjas, cuando es azul, una servilleta gigante con ojos”

Hay muchas historias sobre el origen de la señorita Burka y también sobre su archienemigo el señor Kebab. Los diarios agregan una nueva cada día. Nunca hubieran imaginado que la señorita burca podía parir un dios.

Esa tarde el señor Kebab había distribuido un polvo que formaba una línea blanca que recorría Los Campos Elíseos, el tráfico había sido cortado. Eran pequeños insectos blancos que formaban un polvo. Se sacudían sobre su caparazón esperando una señal de M. Kebab. Pero: Una Burka en el cielo. La tela se levantó y apareció una nariz gigantesca que empezó a aspirar el polvo.
Pero Mademoiselle Burca aspiró demasiado y sacó un pedazo de cemento. En su cuerpo supersónico el cemento mesclado con los insectos que había aspirado hicieron una reacción que produjo un dios adentro de su cuerpo. Era un diez pequeño y colorado: Era el Dios de los tomates. El que se ocupaba que todos pesen lo que debían pesar, que las semillas estén bien alojadas en el corazón de la fruta, que su forma sea la que debía ser según el universo. Era un Dios bueno, un Dios verdulero. El único Dios que usaba delantal. El famoso “San Pomodori”.
La señorita Burca lo desalojó por un hueco en el ojo. Y desde entonces rige la vida de los tomates. Los esparragos estaban celosos, porque ellos no tenían Dios. Celos verdes que fueron aprovechados por el doctor kebab, quien con una formula química introducida en una maquina invisible, de la que sacaba sus mejores trucos, sacó un reptil incomprensible que devoraba todo. Toda la música veía el cielo. Había encontrado el reverso de la realidad, había dado vuelta todo y ahora veía la espalda de las cosas, la espalda del universo. El universo flotaba en el ojo del esparrago y unos gigantes bailaban alrededor con minifaldas rojas. Eran strippers gigantes, que eran pagados por billetes de arena.
Y ahora no escucho sus gritos, no escucha sus gritos, desde el fondo de la caja, San tomate está solo, peleando con su boca, que es una pequeña rasgadura amarilla, su boca parece un piano. Era atacado por un esparrago que parecía un espagueti. La lucha no era de igual a igual. Lo rojo contra lo invencible, las frutas contra el mal. Luchaban por “El Centro de las fantasías” Una moneda, un laberinto invisible, una gota de sensualidad disipada en el aire…Y el ganador no se quedaría con nada.
Luchaban para tener sexo anal con Jesús, para lo cual había que creer en la resurrección. Y lo lograron, alguien lo logró, Dios lo logró, Jesús resucitó de nuevo. Todo el mundo estaba feliz y sobre todo el Papa que parecía una papa hervida, blanca y blanda pero fría.
Había un reloj cucú, al frente de la pared. Jesús había resucitado y ahora estaba sentado en un sillón, tomando un té, tratando de calmarse. Sus manos eran largas como unas polleras, desde que había muerto, nunca había tocado nada. En la barba tenía unos bichos horribles. Pero no importaba, estaba en la tierra de nuevo, y había que festejarlo, y algo, algo más. Recordaba las cosas, pero como si le hubieran pasado a un primo suyo. Un hula hula de luz flotaba sobre su cabeza heroica. Era el hula hula del espíritu, Dios se lo había olvidado sobre la cabeza de su hijo. ¡Dios era un santo remedio! Y todo sucedía…Jesús tomaba su té, comía una factura. Sabía que Deep Esparrago y San Pomodori lo andaban buscando para ultrajarlo, pero estaba demasiado cansado para esconderse. Igual, cuando terminó el té se metió al ropero.
El esparrago y el tomate llegaron al departamento de Cristo, pero no se les ocurrió mirar adentro del ropero. Pensaban que Jesús estaría demasiado cansado para esconderse. Traían una torta, sabían que no podría resistirse a eso. La dejaron arriba de la mesa y se sentaron a esperar. Paso un minuto y Jesús salió, de la barba le colgaban dos gruesos hilos de saliva cristal. Su hambre hacia ruido desde los ojos. Las uñas de Cristo se afilaban para poder cortar las porciones.
Plic, la torta se cortaba formando triángulos celestes que parecían dientes de un mounstro de crema de ananá. El tomate y el esparrago enemigos cómplices se miraban esperando el momento de saltar sobre el cuerpo escuálido de Cristo. El momento llegó enseguida y en un microsegundo la lengua del tomate estaba recorriendo el cuello de Cristo. Le aspiraba su olor fuerte a judío transpirado. El esparrago lo tenía agarrado del pelo, le acercaba su boca a los ojos.
El tomate le pasó los dedos despacio por las piernas, desde abajo hasta llegar a la cola, le levantó despacio el atuendo. Penetro a Jesús sin esperar más, mientras el esparrago lo besaba en la boca. Los minutos que siguieron se chocaron entre sí, todo vibraba. Jesús estaba ultrajado, pero feliz. Mientras lo penetraban, su hula hula luminoso explotó después de haberse hinchado como un sapo.
Jesucristo sonreía. Le dio la mano a cada uno. El tomate sonreía. El esparrago sonreía.
Una mancha roja en la sotana de Cristo, “se lava, no te hagas problema” dijo San Pomodori, “ahora tenemos lava-ropa” agregó el esparrago y fue entonces que Cristo se dio cuenta cuanto tiempo había pasado.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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