Enajenación y autocracia

Harold

Bogotá (una vez llamada —no sé bien por qué— la Atenas sudamericana) es una ciudad de poco más de 14 millones de habitantes, y la gran mayoría de ellos sufre de alguna condición mental; están, en suma, locos. Es cierto que en el mundo que atravesamos no muchos pueden jactarse de estar cuerdos; tampoco todos pueden jactarse de lo contrario. Michel Foucault, entre otros, cree que la locura no es un fenómeno estrictamente individual, sino que por el contrario es de orden social, por tanto representa una respuesta a la incoherencia y contradicción que encierra la vida. Y así pues no hay quien se salve. Es bastante obvio que las presiones del mundo contemporáneo desemboquen en infinidad de personalidades sicopáticas (ciclotimia, paranoia, mitomanía, bipolaridad, perversión o cualquier condición esquizoide) que son asumidas como simples defectos de la personalidad o cómo consecuencias del estrés. Al parecer “estrés” es una forma de llamar a un fenómeno tan viejo como el hombre y no sólo la enfermedad del siglo XX que deviene de la vida moderna. Pero nadie, que yo sepa, ha reflexionado mucho sobre el estrés que sintió Shakespeare terminando Macbeth o del que sintió Colón al sentirse presa de un motín.

Sin embargo, en las ciudades latinoamericanas (que han sufrido la modernidad de una forma un tanto extraña) es común un tipo de locura que entendemos poco porque siempre la evitamos y queremos pensar que no existe. Es el loco de barrio, ese que devora las calles con sus ropas raídas y el costal en el hombro. No es el loco estresado, ni el poeta callejero, no es el artista a quien elogiamos las “locas” ideas, ni el genio de buhardilla; es el loco del barrio, el de la sonrisa sincera con la mitad de los dientes, el que le dice “mono” a todo el mundo cuando pide monedas y el que anda “engalochado” de tanto oler pegante. Cuando yo era niño había un loco en el barrio que me hacía cambiar de acera y acelerar el paso. Cuando crecí un poco supe que se llamaba (o lo llamaban) Carlos. Tal vez le di dinero un par de veces y por supuesto sentía miedo, pero con el tiempo su presencia se volvió indispensable en el barrio. De alguna manera me sentía seguro cuando llegaba del colegio al ver a Carlos caminando por ahí, porque hay ausencias que se sienten, no importa lo inesperado o extravagante del ausente. Y si de casualidad en el barrio aparecía otro loco, sentía el mismo miedo que de niño, pero era no más que una angustiosa sensación de extrañeza, como si uno de repente se levantara en un cuarto de paredes rosadas o con la puerta del otro lado; esencialmente todo es igual, pero algo no está bien.

Durante los siglos XVIII y XIX Europa vivió los momentos álgidos de la modernidad y toda suerte de marginados, parias y excéntricos se convirtieron en el subproducto del “avance” de la industria y el comercio; la literatura romántica hizo buena gala de estos “despreciables”. Pero los loquitos de barrio se parecen menos a estos que al perro por antonomasia: Diógenes de Sinope. Al igual que el viejo Diógenes, los locos de barrio construyen su vida alrededor de un principio de realidad que difiere por mucho del de la convención, y al igual que al filósofo cínico poco le importan las miradas de desaprobación, asco o terror que pueda encontrar entre los buenos ciudadanos. Los locos bogotanos no duermen en toneles, sino debajo de los puentes o frente a una verja malhadada cubiertos por un par de cartones o unas cobijas viejas. Se cuenta que Diógenes caminaba por la ciudad de Atenas con una linterna buscando hombres (honestos) y que cada vez que tropezaba con alguno él sólo veía escombros. Su percepción era la de una humanidad despreciable, vana, convencional y azarosa, es la misma humanidad que un loco observa con indiferencia e incomprensión, porque al igual que Diógenes sólo busca liberarse sus deseos y reducir sus necesidades. Y si alguna vez el cínico se masturbó en la plaza o se orinó en un banquete, si despreció al gran Alejandro Magno o tomó lección de un niño, ¿por qué nos incomoda tanto la mera presencia del loco? En definitiva, hay por ahí principios de realidad muy diferentes al de la convencionalidad de nuestro tiempo; una aciaga fortuna que esa misma convención sea la encargada de separar esos individuo en genios o en parias. No se puede saber qué mundo se esconde tras la locura de algunos, no todos tienen la desventura de ser Henry Darger, el barrecalles de Chicago, que murió antes de que el mundo supiera de su novela de 15 mil páginas; no todos son un Diógenes o un Carlos que filosofa con los perros.

Pocos “ciudadanos de bien” (los que viven en lujosos conjuntos cerrados o en majestuosos edificios) son capaces de distinguir entre el loco de barrio y el indigente común o el drogadicto delincuente, pues sus apariencias son más o menos similares, pero para la gente del barrio es un poco más fácil identificar al loco de su comunidad. De hecho, hay muchas personas que cuidan de los locos, les ofrecen alimentos y les regalan, en ocasiones, ropa o elementos de aseo; de forma recíproca los locos cuidan de los habitantes del barrio, los protegen cuanto pueden de los malhechores extraños. Pero al igual que los marginados europeos del siglo XIX, o de los cínicos de la Grecia alejandrina, los locos de barrio son cada vez más escasos, son desplazados por las bandas de delincuentes o por el inminente progreso de la ciudad; quizá algún día se acabe también el barrio, y como buenos ciudadanos sólo sepamos de estos por distantes y abstrusos textos.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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3 respuestas a Enajenación y autocracia

  1. Aletz dijo:

    Gran estirpe la de los cínicos!! Lástima que ahora sólo hay mastines.

  2. ¿Sufrir la modernidad?

  3. Dorian Gray dijo:

    Vivo en un barrio con dos Locos, a uno de ellos le tengo mucho miedo, pero el otro es casi un angel de la guarda que me cuida cuando llego tarde en la noche, estoy seguro que si pudiera leer este post, Harold le alegraria un rato su extraña existecia o al menos le haria pasar un muy buen momento como a mi.

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