El teléfono de Cristo

Guille

Una tarde llegó Carlitos Casarini a mi departamento, me dijo que teníamos que hablar. Lo dijo con un tono serio que nunca usaba. Y vino a una hora a la que nunca venia, y sin avisar.
– Terminé con Laura
Siguió uno de esos segundos intensos en los que cabe “toda una vida”. En mi caso pensé que cuando una pareja tan larga y tan cercana se rompe es como si quitaran parte del universo. Nunca había visto a Carlitos sin Laura. No lo había conocido soltero y para mí ella era parte de su naturaleza.
– Eso no es todo.
No parecía triste, a pesar de haber terminado con su novia con la que llevaba por lo menos cinco años (los conocí a los dos cuando llegué a París)
– Estoy enamorado de Teddy.
Miré al perro que seguía la conversación atentamente, sentado en la alfombra, y parecía una alfombra, con sus dos patas cruzadas frente al hocico.
– Nos amamos desde hace un tiempo, tenemos que aceptarlo. Vamos a casarnos.
– Y vos Teddy ¿Qué tenés para decir?.
– Nos vamos a casar en junio.
– ¡En verano!
– ¡Son unos hijos de puta! ¿Cómo pueden hacerme esto? ¡Te traje desde Buenos Aires perro asqueroso! ¡Me gasté la plata en Royal Canin!
– ¡Pero vamos a seguir viéndonos, podés visitarnos de vez en cuando!
No lo podía creer. Miles de imágenes demasiado dolorosas pasaban frente a mis ojos ultrasensibles. Lo peor de todo, se veían tan felices detrás de sus caras artificialmente tristes de respeto.
Miraba por la ventana, el parque de La Muette por donde habíamos paseando tantas veces, comido pollo. Y ahora todo se terminaba y estaba frente al universo sin perro que me ladre. Carlitos Casarini, maldito el dia que te conocí. Maldito el día que te invité a tomar mates a mi departamento.
– Eso no es todo-dijo Teddy- Estoy embarazado.
Ya no me sorprendió la sonrisa que se dibujo en su hocico ferozmente feliz.
– Imagino que yo no soy el padre.
– No, ¡Es de Carlitos!
Se paró y cayó un perrito que tenía los mismos antojos que Casarini, y la misma cara de traidor.
-¡Váyanse de mi casa los tres!
No dijeron nada. No dije nada. No sabía qué hacer con la mirada. Cuando se cerró la puerta arranqué las fotos de Teddy que ardían en la pared al frente del escritorio. Todo el departamento tenía su olor a perro viejo.
Por un instinto idiota llamé a Laura:
-¿Ya sabés lo de Carlos y mi perro?
-Si.
-Acaban de tener un hijo, acá en mi alfombra.
-¿Es lindo?
– ¡No! ¡Horrible!

Después, tres historias al menos.

La primera: Me enamoré de Laura
-Qué raro. Porqué los dos son muy guapos.
– ¿Carlitos guapo?
¡Ay, Dios, estas españolas boludas! ¡Qué mal gusto!
– No quiero estar en casa, huele a perro recién nacido, ¿vamos a tomar un café?
– Vamos.
– Nos encontramos en Le Petit Malin en media hora.
Segunda: El hijo de Teddy y Carlitos conquista Francia

Ya me había mudado con Laura. Habíamos encontrado un departamentito muy lindo cerca del Centro Pompidou. Quinto piso sin ascensor, ventana con el Sagrado Corazón chiquito y amarillo entre masas negras.
Laurita cocinaba con mucho Laurel y se vestía siempre con faldas negras cortas y las piernas valencianas que el imbécil de Carlitos había dejado por cuatro patas ingratas…
Que feo era el pelaje amarillo de Teddy. Era como el color de esas hojas feas que se caen en otoño…Ya no me acuerdo de su olor. Pero vimos ese día su foto en el periódico un domingo que desayunábamos en la cama: Salían al lado del nuevo rey de Francia. ¡En la tapa!
Un engendro mitad perro mitad humano que se hacía llamar Napoleón había instaurado un régimen monárquico y se proclama “rey absoluto y autor del universo”. Era increíble como un hombre-perro tan joven (había nacido dos años atrás ¡en mi alfombra!) había podido destrozar una de las democracias más solidas del mundo y someter a un pueblo culto.
Su estatua en oro y neón al lado de la Torre Eiffel es ahora el monumento más visitado del mundo.

Tercera: El teléfono de Cristo

Estoy demasiado triste para contar la tercera historia. Demasiado enojado conmigo mismo. Enojado con las cosas. Enojado con mis estupideces. Quiero matar a Kenedy.
Quiero que los errores se acaben pero se quedan en el pasado, como un mal recuerdo, como un mal pasado que se hace presente con un gesto rápido de Dios.
Laura murió. La chocó un tren que se descarriló y encontraron restos de su cuerpo doscientos metros mas allá del accidente.
Laurita querida, soy invisible, me convertí en un gesto. Me veo reflejado en una lágrima animal. En el fondo de un monoblock vacío el corazón se disfrazó de mujer y se fue a trabajar. Ya no quedaba nadie, el mundo había comprado un boleto, pero había llegado demasiado tarde a la ventanilla.
Todo haba girado demasiado rápido y ahora estábamos ante la espalda cuadrada de Dios.
Voy a decirlo con otras palabras, porque creo que no se me entiende nada: Cuando Laura murió estuve tan triste que apenas si podía salir de casa a comprar algo de comida, que ni probaba, por otra parte.
Pensé que no saldría nunca más del colchón celeste que había compartido con ella. Cuando me llamó Cristo. Me dijo que estaba en el cielo con Laura y que llamara más tarde, él la iría a buscar. Me dejó su número 069089878 y cortó porque estaba muy ocupado.
Una hora más tarde llamé, por supuesto. Me atendió Cristo (que voz de tonto, es como si no hubiera resucitado) y me pasó a “Laurita” (¿Cómo la trataba con tanta confianza?). Ella dijo que quería verme y que si yo aceptaba Cristo me podía llevar al cielo. Dije que sí y el colchón celeste se sacudió, me agarré bien y salimos volando, pasamos justo por la ventana y en algunos minutos llegamos a una gran pradera en las nubes donde me encontré con Laura que estaba transparente. Charlamos un rato y me pidió que siguiera mi vida sin ella. Que fuera feliz. Y me despidió para siempre
Cuando bajaba bien aferrado a mi colchón pude ver como Jesús la abrazaba.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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Una respuesta a El teléfono de Cristo

  1. Dorian Gray dijo:

    ¡Muy muy bueno!

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