1 El chaneque

Aletz

Al Cone se le apareció el chaneque a la mitad del kilómetro 12 de la carretera Tampico-Reynosa. Tuvo que dar volantazo para no atropellarlo. Una vez recuperado del susto, se bajó a ver. El chaneque era negro y pequeño, con cabellos gruesos como cerdas. Sin mediar saludo ni presentación, así de golpe, le soltó una mentada de madre y lo regañó por trabajar como infeliz en un trabajo que no le gustaba.

“Pero es que a mí lo que me gusta es el cine,” le respondió el Cone.

“¿No mames?”

Hasta el chaneque se las vio duras.

Dos años después, el Cone estaba en Montreal trabajando en un call center. Tenía que alcanzar cada mes una cuota de 120,000 dólares. Para ello debía cobrar los retardos en el pago del celular de unas diez a veinte personas por hora. Estas personas podían hablarle de manera indistinta en inglés o francés y encabronarse hasta el punto de mentarle la madre a la compañía, por usurera, y a él, por migrante. Fue en una de las semanas más gélidas de mediados de enero, durante una cena en la casa, que Cone tocó fondo. Había estado bastante callado durante toda la cena, y ya en la sobremesa no se contuvo: recordó el kilómetro 12 de la carretera Tampico-Reynosa.

“Me dijo que hiciera lo que siempre me había gustado.”

“¿Y no te lo pudo haber dicho diez años antes?”

“Nunca es tarde mi Aletz.”

El Cone quería hacer un corto metraje. Con la misma mentalidad que me llevó a estudiar una licenciatura en letras, le dije que me parecía una buena idea. Para chingarla aún más, me propuse ayudarle a escribir el guión. Mi estrategia era sencilla: escribir una historia donde toda la acción sucediera en el interior de un cuarto, uno o dos personajes que no tuvieran que hablar y una duración máxima de cinco minutos. Con un poco de suerte, el Cone podría grabarlo antes de que Canadá calificara a un Mundial.

Escribí la historia en dos días, se la envíe por mail y esperé las gracias. Su respuesta llegó esa misma tarde. No le gustó. Demasiado sencilla, me dijo. Le recordé que no conocíamos a nadie en Montreal, que acabábamos de recibir nuestros papeles, no teníamos dinero, no sabíamos nada del medio. Le pedí que fuera más realista. Todo fue inútil. El chaneque había hecho bien su trabajo.

En esos días, conocí, en un examen de francés, a un mexicano. Después del examen, fuimos a tomar un café y me contó la historia de un amigo suyo. El tipo había venido a Montreal con el recurso del asilo político. A los dos años de trabajar como loco y vivir solo como un perro, le dio una depresión durísima que degeneró en alucinaciones. Antes de arrojarse a las líneas del metro, el tipo decidió ir a migración para pedir que lo regresaran a México. La ironía del asunto fue que el agente de migración lo vio tan mal que en lugar de regresarlo a su país, lo envío al manicomio.

Apenas me despedí del mexicano, le hablé al Cone.

“Tengo la historia. Necesitamos tres instalaciones, equipo de grabación, cámaras, luces y dos actores, uno que la haga de loco.”

“Perfecto. Me late.”

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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