Contando muertos

Aletz

Di mi nombre como voluntario y al día siguiente ya me estaba arrepintiendo. Me dolía pensar en el tiempo que iba a invertir y lo vago de la ganancia. No era como salir a la calle a repartir comida, plantar árboles o dar clases de algo, ni siquiera el compromiso cívico de una marcha por una causa que creemos justa. La labor a la que me comprometí se trataba de contar muertos durante toda una semana, para ello debía consultar casi cuarenta periódicos, identificar las víctimas de violencia por narco y redactar un breve obituario. ¿El objetivo? Llevar un registro, recordar un nombre, despertar conciencia, etc etc.

Di mi nombre hace tres meses, y esperé que se olvidaran de mí. Pero el plazo se cumplió la semana pasada. Estaba todavía patinando en los lagos congelados de Montreal, cuando me mandaron de un golpe a la nota roja. Pero un trato es un trato.

El primer día me limité a juntar pedazos de texto que bajé del Internet. Lo primero era el nombre de la víctima: “Felipe”; seguido de: “fue ejecutado por”; y al último: “se encontró en tales condiciones.” Así me eché cuarenta individuos en menos de dos horas.

El martes empecé a agregar cambios. Quise evitar la descripción minuciosa del crimen, bajarle a la nota roja sin convertirlo tampoco en un “suceso lamentable”. A uno, por ejemplo, en lugar de mencionar la bolsa de plástico, los cables en pies y manos, preferí darle movimiento a su escena final: “Chihuahua, 04 de enero. Un hombre fue asesinado después de que sus agresores lo persiguieran por varias cuadras.” A una chica, le recordé sus aretes, y de un acapulqueño torturado, mencioné que vestía bermudas sin camisa.

El miércoles llegó la foto. A todos les llega su foto. Para unos será una cabeza enclavada en un semáforo, para otros dos cuerpos colgados en el Viaducto, para mí fue algo más cotidiano —casi que reconfortante en el México de hoy. Se trataba de las piernas de una mujer asomando por la parte posterior de un jeep. Y lo que me impresionó fue la humedad en la entrepierna, más notoria porque era pantalón de mezclilla. La mataron y se orinó en los pantalones. De entre toda la gama de bajezas con las que uno puede despedirse de este mundo, esa fue para mí la más cercana. Si alguien me asesina ya sé de qué ángulo no quiero que me tomen la foto.

Después de la foto, empecé a agregar más detalles. Nada de cosas solemnes, menos poéticas, algo personal, algo que el muerto hubiera querido recordar después. A cuatro jóvenes balaceados en el DF, por ejemplo, les conmemoré la gracia que tuvieron minutos antes de morir, al escoger de entre todos los abarrotes uno que se llamaba “Tal Iván”. A otro joven de Sinaloa, le honré su anhelo y su potencial frustrado: “Sinaloa, 09 de enero. El joven caminaba por la calle Pitágoras y Carlos Marx, en la colonia Villa Universidad, cuando fue interceptado por dos gatilleros.” Así hasta que llegué a mi último muerto, el número 328 de la semana que va del 3 al 9 de enero. Con este último, me tomé el tiempo de indagar un poco más en los detalles y bastó ese esfuerzo para obtener una buena pieza de novela negra: “Coahuila, 8 de enero. Reyes Quiroz Amparán, de 52 años de edad, murió en el CERESO de Torreón. Se desplomó al caminar por uno de los pasillos, se golpeó la cabeza y al final se dictaminó que sufrió un infarto.”

Terminó la semana y mi voluntariado este domingo. Sigo sin saber si, en realidad, he contribuido a una causa justa o perdí mi tiempo. Creo que esta incertidumbre es una buena señal. Todavía no he pasado un año de mi vida cortando caña para un gobierno infame, ni he llevado a nadie a la ruina creyendo que le aportaba riquezas. Pero cuando ese tiempo llegue, porque llegará, de algo voy a estar seguro: hasta en los peores momentos, siempre hay un “Tal Iván” a donde ir a comprar las chelas.

http://menosdiasaqui.blogspot.com/

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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