Simone, ven por aquí. (Al respecto del cuadro de Ethel Gilmour “Mandela ven aquí”)

LF

No soy feminista, al menos no estoy matriculada en alguna de sus teorías (tampoco las conozco) ni practico la feminización del  lenguaje como lo hacen quienes dicen serlo, soy una mujer más o menos  acorde con lo que esto significa en occidente en pleno siglo XXI. Tampoco soy machista, por lo menos no me empeño en serlo supongo que tendré vicios que sin querer imito, y es que no es tan fácil culminar la tarea de desaprender comportamientos que hicieron parte de mi formación. Pero lo que si tengo que aceptar es que tengo un grupo de amigas feminista y una familia machista.

Tres años atrás escuché en  la televisión local a una escritora antioqueña, Aura Jaramillo, decía al respecto de la igualdad de género, que una mujer debería dejar de ser mujer y simplemente ser persona, eso no lo entiendo del todo pues me reúso a pensar que las mujeres y los hombres somos iguales, me gusta lo que dice la escritora porque en el plano de una igualdad civil considero que si somos iguales, pero no así culturalmente, ni subjetivamente, ni tampoco objetivamente, ni psicológicamente, ni biológicamente.

Estoy dando vueltas, solo para contar que esta semana en dos conversaciones aisladas ambas con hombres no machistas, reviví el desconsuelo que tuvimos muchas mujeres y hombres de esta ciudad cuando en el transcurso del año 2009 se vivió un enfrentamiento en los periódicos, y marchas en las calles de la ciudad, en pro y en contra de lo que el alcalde actual, apoyado por la primera dama  -esposa- del alcalde anterior Lucrecia la feminista, llamaron La Clínica de la Mujer; un equipamiento de salud en el que se atenderían variadas demandas de las mujeres, que tienen que ver con su salud física, su salud mental y emocional. También sería el lugar donde las mujeres que vienen de campos donde el lugar de la ciencia lo ocupa el mito y la sabiduría tradicional de los antepasados, recibirán atención a situaciones específicas con personas que respetarían y aceptarían sus creencias. Donde también, y como uno de los muchos procedimientos que allí se tratarían, se haría la interrupción del himen, permitido por la ley nacional de Colombia bajo tres situaciones tipificadas; procedimiento que incomodo e incomoda a mucha gente, señoras, monjas, a un periódico colombiano, a mi familia y a mis compañeros de trabajo,  cientos salieron a las calles e invadieron los medios de comunicación en contra de la clínica.

Por esos días de rabia presentaban en un centro cultural de la ciudad el documental Lo quiero todo de la vida: la  libertad según Simone de Beauvoird, como parte de la muestra de cine francés que organiza el Colombo Americano cada año. La sala era chiquita se llenó completamente y a mi me toco parada, al final todos aplaudimos (siempre me he sentido incluida en todos, no necesito escuchar o leer todas para saber que hago parte del conjunto y como mi director de tesis me regaña todo el tiempo por mi mala redacción ni siquiera intento legitimar la arroba como vocal bisexual en consideración por las que se sientes excluidas con la o), en los años 60 cientos de mujeres en Francia defendieron y apoyaron leyes y acuerdos sociales que favorecían la libertad de la mujer; en el siglo XXI en Medellín  no fuimos capaz de defender un proyecto que atendería a  la mujer en una dimensión amplia y ética (señalo: ética y no moral) de su libertad.

Mis amigos me dijeron esta semana que la clínica si la harían pero que su enfoque cambió, que ya se harán ciertos procedimientos pero que otros que atentan contra la moral y buenas costumbres quedaron prohibidos, que el periódico colombiano y los colegios de las monjas ganaron.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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