La biodiversidad en Colombia

Camilo y Laura R. Isaza

La fauna y flora colombiana es famosa en todo el mundo por su gran diversidad, tenemos la mayor variedad de aves, agua y minerales, se dice que existen pocos lugares del mundo con tanta variedad climática y biológica. Dicen que en tapón del Darién en la frontera con Panamá existen animales desconocidos y hasta dragones.

Pues bien, el sábado decidimos que íbamos a ver de cerca la naturaleza de nuestro país. Fuimos a Santa Fe de Antioquia que es un pueblo que queda a unos 70 kilómetros de Medellín. Es caliente, muy caliente y queda bastante cerca del caudaloso río Cauca, que es, como bien aprenden los niños colombianos en el colegio, el segundo río más grande de Colombia después del Magdalena. Según cuenta la historia la ciudad fue fundada en 1541 por el conquistador español Jorge Robledo. En 1569 el rey Felipe II le otorgó el estatus de capital de Antioquia, creando de paso la gobernación de Antioquia independiente de la de Popayán, que queda al sur de Colombia y era parte del virreinato del Perú. Santa Fe fue la capital de Antioquia hasta 1826 cuando Medellín la reemplazó como capital política y económica del departamento.

El viaje tuvo algunos atractivos adicionales como pasar a través del Túnel de Occidente, la gran obra de la ingeniería antioqueña del siglo XXI, que tiene 4,7 km de longitud y redujo a la mitad del tiempo el viaje desde Medellín hasta Santa Fe. Además, atravesamos el río Cauca por el Puente de Occidente realizado en 1895 y que representa la genialidad de la ingeniería antioqueña, dicen que alimentada con aguardientico de caña y algo de irresponsabilidad del genio José María Villa, que hasta becado en Estados Unidos estudió. Fuimos, vimos Santa Fe de Antioquia con un calor insoportable que sólo pudimos aguantar con salpicones y jugos de fruta en un lugar que la tía de alguien había recomendado. Para nuestra sorpresa y agrado los jugos vinieron dobles: cuando le dijimos a la señora que sólo habíamos pedido uno de cada sabor, nos explicó que así servían ahí, dos vasos llenos que era lo mínimo que se ponía en la licuadora para sacar los jugos de tamarindos, guanábanas, lulos y otras frutas naturales.

Después del calor de Santa Fe nuestro destino era unánimemente ir a una cascada maravillosa que habíamos conocido hace un año cuando fuimos los cuatro de la familia: mamá, papá y los dos hijos. El camino a la dichosa cascada, de la que tan buen recuerdo teníamos, era subiendo unos veinte minutos por el cauce del río empedrado. De la cascada baja un caudal de agua suficiente para tumbar a alguien que se coloque debajo sin estar bien parado. El agua es helada y entrar en el chorro es como tener el peso de una persona en la espalda pero además con el golpe del agua y el choque térmico que pasma la respiración y le saca una sonrisa a quien sea. Quince segundos bajo del agua son como una eternidad, y el agua parece entrar por los poros con tanta fuerza que hasta el alma sale limpia o tal vez los demonios se asustan del frío y el impacto del agua.

Subiendo por el río nos entusiasmábamos a cada minuto recordando nuestra maravillosa experiencia del año anterior. El camino era un poco difícil pero la promesa del paraíso nos hacia continuar. Vimos un poco más personas de lo normal y hasta unas cuatrimotos subiendo y haciendo ruido, pero esto no nos dio indicios de lo que nos esperaba en la cascada. Tal vez el cansancio, tal vez un ingenuo optimismo, en fin, continuamos felices nuestro camino entre el pedregoso cauce del río. En el recorrido que bordea el riachuelo de agua cristalina y fría encontramos una vegetación abundante y hasta un puestico con empanaditas colombianas que no nos llamó mucho la atención en el momento.

Cuando llegamos a la cascada tuvimos un contacto directo con la naturaleza colombiana, agua en abundancia, algunos mosquitos, y con una variación del homo-sapiens generada por años y años de selección natural en el ambiente hostil de Medellín: Los parceros. Es una especie que se reconoce fácilmente, tal vez sea por la barriga, los escapularios de oro, los vehículos caros o lo ruidosos que son. Es una especie peligrosa, que anda casi siempre en grupo y en la que los machos tienden a presumir su prestigio y poder con objetos costosos, por eso las ruidosas cuatrimotos y las notorias cadenas de oro. Tienden a ser muy territoriales y debido a sus costumbres violentas, la mayoría vive sólo hasta los 25 años y son pocos los que llegan a una edad madura. Les gusta bastante el alcohol y las mujeres de cuerpos fantásticos escupidos a punta de bisturí. No se sabe bien de donde vienen los recursos con que financian esos gustos caros, pero en este país es fácil deducir que algún negocio ilegal hay de por medio. Tal vez para otros homo-sapiens que no están acostumbrados a convivir con esta especie, los parceros parecerían simplemente unos muchachos más disfrutando de la cascada, pero para los habitantes de Medellín es claro que lo mejor frente a esta especie es guardar distancia.

En fin, la cascada estaba tomada por un grupo de unos diez parceros que disfrutaban de los chorros de agua fría. La miramos por un momento y decidimos que lo mejor simplemente era devolvernos por donde habíamos venido sin entrar en negociaciones territoriales con ningún parcero ni probar su sentido cívico o sus ganas de compartir el espacio público con otros homo-sapiens. En el camino nos mojamos un poco en el agua fresca del riachuelo y volvimos a encontrar el puesto de empanadas que habíamos ignorado antes. Estaban deliciosas, doraditas y recién hechas. Como nos dijo el vendedor, eran tan limpias que ni siquiera estaban contaminadas de carne, eran de pura papa con masa de maíz y con una salsa de ají picante que es casi la única forma en que en este país se comen chiles. Sin baño en la cascada pero con unas deliciosas empanadas terminó nuestra expedición por el occidente antioqueño en la que bien que mal logramos tener un contacto cercano con la flora y fauna de la zona.


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Acerca de Laura R Isaza

Vivo y estudio en Inglaterra hace tres años y antes en Mexico, Nueva York y Medellín. Soy historiadora del arte y actualmente hago un doctorado en la Universidad de Leeds sobre cine latinoamericano y festivales de cine. Investigo cómo las películas terminan circulando en mercados internacionales y el papel de los festivales en todo el proceso.
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3 respuestas a La biodiversidad en Colombia

  1. Aletz dijo:

    Buen provecho a los Isaza!

  2. Gui Dictus dijo:

    Laura,

    soy amigo de Julian. ¡Cuánto me gustó tu narración! Sobre todo el humor seco que mostraste contando sobre esos parceros de los que sé que hay demasiados, y no sólo en Colombia.

    Un saludo desde Holanda de un admirador de tu país.

  3. Laura R Isaza dijo:

    Hola Gui,
    Gracias por el comentario! Sólo debo aclarar que fue a cuatro manos junto con mi hermano 🙂 La semana pasada estuve en la zona cafetera paseando y por eso no publiqué nada el domingo, pero el próximo escribiré sobre Salento en el Quindío (a menos que aparezca algo más interesante, jeje!)
    Saludos,
    L

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