Hitler en París

Guille

El 10 de junio de 1941 el gobierno francés se trasladó a Tours y al día siguiente las fuerzas alemanas entraron a la capital francesa.
El día 23 de junio de 1940 Hitler, acompañado de Albert Speer, el escultor del Reich Arno Breker, el fotógrafo particular del Führer Heinrich Hoffmann y su camarógrafo Walter Frentz aterrizó en París. En la comitiva y en otros aviones viajaban también una veintena de oficiales de la Wehrmacht entre los que se encontraban el General Keitel, Martin Borman, el General Bodenschatz, el arquitecto Giessler, Otto Dietrich, más otros altos oficiales.
Poco después del aterrizaje, la columna de cinco automóviles Mercedes descapotables entraron a la ciudad para realizar un recorrido por los principales monumentos y lugares históricos.
Se detuvieron en L’Opéra, Place de la Madeleine, Palais du Chaillot, Hôtel des Invalide, Le Panthéon, y sobretodo, en el lugar que más le interesaba a Hitler en París: El hospital de la Salpêtriere. Allí llevaría a cabo un experimento que lo entusiasmaba desde hacía mucho tiempo: Una maquina que convirtiera los prisioneros judíos en cerdos.
En el hospital ya estaba todo preparado: El elegido para el primer experimento fue Jacobo Falafel, un judío alto, moreno, tenía los ojos grises y transparentes. Hitler lo estuvo mirando largamente, desnudo bajo la luz de los reflectores y finalmente dio la orden de que comenzaran el tratamiento. Encerraron a Jacobo en una caja de vidrio llena de cables, conectada con otras tres cajas de sangre de cerdo. Unas descargas eléctricas y Jacobo se derritió. Su piel cayó a los pies de la caja, como una bolsa con ojos, bocas, uñas.
La comisión se instaló en el hotel Le Fillet Mignon y al día siguiente llamaron a Hitler, ya estaba todo listo: ¡El experimento había sido todo un éxito!
Entraron al laboratorio, al medio había un chanchito rosa con algunos pelitos negros sobre la cabeza y los ojos inconfundibles de Jacobo.
-!Perfecto! !Soy un genio! –Gritó el Führer.
Quiso probar la dureza de la carne de Samuel y apretó con la bota. La pierna se hundió hasta la rodilla en la carne fosforescente y el cerdo dio un chillido que era como si una loba aullara en hebreo. El grito llenaba toda la pieza con su vibración desesperada.
-¡Los judíos que no puedan trabajar serán convertidos en cerdos!- Mascullaba Hitler.
Es por eso que cuando los norteamericanos entraron a los campos de concentración encontraron tantos cerdos en las prisiones.
– A este yo lo haría asado. – Dijo, mientras intentaba limpiarse el color aceitoso que le empapaba el pantalón y la bota.
Y volvió a apretar, con un palo. Después lo acarició espantosamente.
Jacobo apenas si se movía, tratando de respirar con la mano de Hitler en la boca.
Hitler pidió que lo dejaran solo con el experimento. Y salió una hora después, con su habitual cara de piedra.
Por las urgencias de la guerra Hitler tuvo que volver a su cuartel general en Felsennest, pero no tardó en tener noticias de París. Pocos meces después, se presentó uno de los científicos que trabajaban en la Salpêtriere:
– Jacobo está embarazado.
La cara de piedra se puso roja como un tomate, los bigotes parecían a punto de despegarse, estaban más cuadrados que nunca.
– ! Que lo maten ya, que lo quemen!
Pero la orden llegó tarde al laboratorio y en Francia hacieron el parto.
El Führer viajó para el evento en secreto. Apenas entró a la pieza de Jacobo uno de los científicos le acercó un paquete: Un cerdito rosa de unos treinta centímetros, con ojos grises y bigotes pequeños.
Son trillizos.
Le pasaron otros dos cerditos idénticos al primero.
Hitler los estuvo considerando hasta que pareció despertar.
– Ella siempre quiso chicos. –dijo, sacando la foto de una mujer- Ojalá que se conforme con esto. Qué le vamos a hacer.
Se llevó los chanchitos y pidió que quemaran a Jacobo esa misma noche.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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