El sexo en El Cairo


Laura

Pero los egipcios de verdad, no los egipcios de embajada, los empresarios que estudiaron en Estados Unidos o los que trabajan en organizaciones. Ellos hacen el amor como hablan inglés: Correctamente. No hay ni una huella de exotismo en ellos, están lavados, son globish, lenguaje neutro, asexuado, es como si los estuvieran mirando profesores universales. No puedo quejarme, por supuesto.
Pero ahora quisiera hablar del sexo con el egipcio de la calle, del que no habla otra lengua que la suya y casi no ha viajado. Del que te mira la cola con culpa, de reojo, disimulando. Del barbudo, envuelto en una túnica. De todas las edades, con los ojos turquesas, esmeraldas, joyas preciosas o negros, como insectos saliendo de un baño brillante. Los hombres de palmas duras, endurecidas. Con transpiración real, salada, agria.
Es muy difícil lograr un encuentro con ellos. Primero está la barrera de la lengua, que yo manejo muy torpemente. Pero hay otra barrera mucho más pesada y es que ellos nunca se imaginaron que podrían hacer el amor contigo, es como si fueras solamente una imagen, nunca van a pensar en ligarte. Y aunque uno se lo haga evidente, no pueden creerlo.
Eso es lo mejor, es casi un hapening, un hapening para uno, para un desconocido que no puede pronunciar tu nombre, un hapening. Nunca he visto a nadie tan sorprendido. Yo me lo he buscado.
Si uno llama un obrero por ejemplo, a trabajar en la casa ahí si, él puede fantasear, por alguna razón. Pero si uno lo intenta con un vendedor ambulante por ejemplo, es algo raro, casi surrealista. Simplemente no entraba en su campo imaginario de posibilidades.
Me acuerdo de la cara ancha de un vendedor de pescados, se deformaba y volvía a armarse, como un gran pescado en un plato de las sabanas, blancas. Me acuerdo del silencio después, juntando la ropa como pedazos de conciencia, no sé contra quien enojado.
En general el sexo con ellos es rápido, expeditivo. Siempre me quedo sorprendida, desnuda, no frustada, pero sin haber comprendido algo. Como si habría que comprender algo. Como perdida.
Pero. Two months ago, en un viaje en canguro, un vendedor de agua tenía los ojos grises y una especie de pipa muy rustica: Mal comienzo.
Fuimos a su casa, era músico, tocaba la piel de camello estirada en un arco de marfil. La tocaba con los ojos cerrados y la música era incomprensible, deforme. Tenía algo que me enloquecía, no exagero en decir que me dejaba ciega, me sentía como una niña, como recién nacida, la música seguía. Y esa vez fue todo diferente. Volví a la casa sin dejar piedritas y no supe volver a la casa de la música de cuero de camello. Y ahora la confesión, si me quedo en El Cairo después de todo, después de que todos mis conocidos ya se han ido es tan solo en la espera de encontrar de nuevo esa casa, y recuperar los corpiños que dejé olvidados.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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