Año nuevo, papá nuevo

Orfa Alarcón

Pasé mi cumpleaños y navidad en Monterrey, mi ciudad de origen y donde permanece mi familia. La madrugada de navidad me desperté sobresaltada, sin saber si lo que había oído eran cohetes o balas.

No quería pasar el fin de año en el DF, pero las obligaciones me obligaron a regresar. Más que el festejo de fin de año, me gusta pasar el año nuevo con mi familia porque el 1 de enero es el cumpleaños de mi papá.

De vuelta al DF, la última noche del año, también, me desperté por un ruido muy fuerte. Horas antes una terrible migraña había estado a punto de mandarme al hospital, por eso mi esposo y yo decidimos olvidarnos de cualquier festejo e irnos a dormir temprano. Me despertó la estridencia de los cohetes y sólo atiné a decirle a Toño: “Feliz año”.

La mañana siguiente llamé a papá para felicitarlo por su cumpleaños. A dos o tres días, le hablé a mi mamá y me contó que andaban tramitando la credencial del INAPAM, porque mi papá había cumplido 60 años. No pude creerlo. 60 años.

Cuando pienso en mi papá lo recuerdo flaco, ágil, lleno de energía, chamaco, como cuando me llevaba por las calles de Saltillo a corretear al camión de los helados. Chamaco, se veía tan huerco cuando discutía con mi maestra para que me pusieran una tarea más difícil que a los demás niños, porque él en casa ya me había enseñado ejercicios más difíciles de matemáticas que las que veíamos en clase.

Cada año que lo veo está igual, con todo el cabello negro, siempre de buen humor. Cada que me quedo a dormir en la casa de mis papás, es la misma lata: a las 7 de la mañana ya está mi papá hablando, cortando madera, martillando, arreglando cualquier cosa.

Entro a la página del INAPAM y la veo llena de viejitos, y sigo sin creer que mi papá tenga 60 años. Tal vez no se gasta porque es puro corazón: cualquiera le pide dinero, cualquiera le pide favores, el teléfono suena todo el día para venderle algo u ofrecerle una tarjeta de crédito. La broma en la casa es que a los vendedores principiantes los ponen a practicar con mi papá porque a todo siempre dice que sí.

Para mí mi papá no está viejo, cada año lo veo igual de nuevo que cuando me llevaba a la vacuna y luego a los columpios. Igual de nuevo que cuando fue a mi graduación en la prepa. Tan nuevo como cuando insistió en ayudarme a traerme mis cosas al DF, y yo me negué porque me dio pena que viera que vivía en un cuartuchillo con el baño compartido con cinco familias. Ahora es distinto, por mí quisiera que me visitara varias veces al año.

Y aún así lo pienso lejos y se me estruja el corazón, y pienso que Monterrey, esa ciudad de balas, es el único hogar que tengo, el lugar más seguro en el que puedo estar.

@Orfa

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