Dossier literario

Aletz

Michel Lapointe nació en 1899 en el barrio tradicional de St. Michel, en Montreal. No obstante su miopía precoz, desarrolló un tenaz hábito de lectura. Al cumplir los diez años, sus lentes eran tan pesados que a los dos días de su ingreso en la escuela recibió la peor paliza de la que se tenga registro en dicha institución. Empeoró la situación el hecho de que el joven Michel resbalara sobre la nieve cada vez que sus amiguitos querían levantarlo.

De gran linaje marcial por el lado materno, la familia Lapointe había caído en desgracia, pero aún así le alcanzó el dinero para pagarle un tutor privado a su hijo. Un año en la escuela, otro con tutores, otro encerrado en la biblioteca, otro de viaje por Europa, así fue pasando la vida hasta que Lapointe llegó a los treinta años con un título de primaria y dos libros publicados que lo nombraban líder de la vanguardia quebequense. También fue correspondido en el amor por primera vez en su vida —la segunda ocasión sería cincuenta años después. La joven se llamaba Marie de la Conception, y si la madre de Lapointe se lo hubiera permitido la pareja se hubiera casado.

La década de los treinta representó una etapa oscura y desgraciada para Lapointe. El único evento afortunado fue haber caído dos pisos por las escaleras después de haber confundido una puerta con un picaporte. Temiendo haber quedado idiota del golpe, Lapointe escribió de manera febril el cuento que lo haría famoso en todo Québec: “El ojo del castor”. En este cuento se narra cómo “Lapointe” resbala sobre la nieve cuando caminaba en el parque Jean Drapeau. Al despertar del golpe —¿o sigue soñando?— “Lapointe” ve el universo entero concentrado en la pupila de un castor.

En el cenit de sus cuarenta años, Lapointe empezó de nuevo a ser leído en todo el litoral del río san Lorenzo. Durante el gobierno de Duplessis —conocido como “Le Grand Noirceur” por sus escándalos de corrupción y su política derechista— se le concedió la plaza de Director de la Biblioteca Nacional, situada en el barrio del Vieux Port. Lapointe había sido un gran liberal en su juventud, pero la vida libresca le impidió estar al día con las conmociones de su época. Aceptó el trabajo en la Biblioteca, y justo cuando realizaba su primer préstamo, una primera edición de las Mil y Un Noches traducida por Burton, descubrió que había perdido por completo la vista. Aún así, se llevó el primer tomo.

Paradójicamente esta ceguera le sirvió, con los años, a abatir su recalcitrante timidez y a independizarse poco a poco de su madre*. Cada vez con mayor osadía se levantaba de la mesa que ocupaba en uno de los tantos cafés de la rue Mont-Royal, a pedirle a una bella dama que le leyera un poema de Rossetti o un pasaje de La Divina Comedia. Pocas eran las que se negaban, y fiel a su hábito de dedicarle un cuento o un poema a una amiga entrañable o a la “caridad de una bella desconocida”, Lapointe entró en un periodo de robusta creatividad.

Siempre bajo el cuidado de su madre, Lapointe llegó a sus setenta años, soltero, ciego y con una obra que lo hacía el escritor más importante de Quebec en todo el siglo XX. Impulsado por su fama, se aventuró a cruzar la frontera para dar conferencias en Harvard, Nueva York y Pittsburgh. Dio también una entrevista en Vermont. Ferviente admirador de los vikingos, —de los cuales aseguraba que habían descubierto Quebec— Lapointe fue invitado a Islandia en 1972. Días antes de tomar el avión, su madre enfermó gravemente —tenía 98 años—, y ante la encrucijada de cancelar el viaje o golpear contra todas las paredes que lo separaban de aquel país nórdico, Lapointe se decidió por una tercera opción. Le pidió a la estudiante más guapa de su grupo —daba clases de literatura inglesa desde hacía veinte años— a que lo acompañase como guía en el viaje.

Sophie Iyukak —de padre inuit— aceptó el trabajo, y acompañó a Lapointe a Islandia. La tierra volcánica, cuna de los antiguos bardos vikingos, fue escenario del romance otoñal entre alumna y maestro. Meses antes de morir, a los ochenta y siete años de edad, Lapointe contrajo matrimonio con Iyukak. A los dos días de haberse filtrado la noticia, la prensa aclaró que Iyukak no se casaba con el escritor por dinero, ya que de todas maneras todos los derechos y propiedades de Lapointe le pertenecían por testamento. Lo hacía por amor.

Michel Lapointe murió a las siete de la mañana en la ciudad de Ottawa. Para gran sorpresa y escándalo de los quebequenses, el autor decidió ser sepultado en esa ciudad extranjera. Sobre su cripta se puede leer la inscripción escrita en idioma islandés: “Eg gleyma,” que traducida al español significa: “Me acuerdo”. Todas las placas de Quebec llevan esa misma inscripción.

*Lapointe vivió con ella en un departamento de dos piezas en la calle Roy, a cinco minutos del parque La Fontaine.

Anuncios

Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
Esta entrada fue publicada en Montreal. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s