Después de fiesta

Guille

Lo que era un mojito es ahora una mancha verde contra el piso del baño. Lo que era una peluca es ahora como un animal deforme al lado de la mesa. Los vasos vacios, blancos, retorcidos. Embases y embases de plástico, de vidrio y de tergopol. Después de todo, antes que nada, momento blanco después de fiesta. Y lo que era música, amigos, fiestas, es ahora un silencio lleno de frio.
La casa es otra cosa después de una fiesta: No parece un lugar.
Habrá que ponerse a limpiar, mañana.
Junto algunas cosas, las pongo en una bolsa negra. Detrás de una botella de plástico veo a un negro de unos quince centímetros (es más bajo que la botella), dormido. Con el dedo lo sacudo y se despierta.
_ ¿Qué hacés acá?
El negro se sacude y se va caminando despacio, se mete por un agujero en un mueble, como una rata. Mi novia se ríe y me explica que el negrito siempre sale para las fiestas. ¿No lo había visto antes? ¡No! Pero si hasta se hicieron una foto juntos. Me muestra la cámara, donde salgo al lado del misterioso enanito. No digo nada. Son las seis de la mañana, seis y media, siete, el tiempo pasa más rápido.

Despierto, pensando en el negro. Es calvo y la cabeza parece una canica negra, brillante. Tenía una camisa celeste y unos pantalones blancos, como si estuviera en Hawái.
-¿Y qué come el resto del tiempo, cuando vive encerrado en el mueble? –Despierto a mi novia.
-No sé, Guille, ratas.
– ¿No sabés o ratas?
– Ratas.
– ¿Y como sabés?
– ¡Por los huesos! ¡Dejame dormir!
¡Ya es de día!! Ya es sábado! ¡Tendríamos que estar levantados! Le acaricio el pelo y dice: “No sé cómo se llama, yo le digo Paul”. Me parece un nombre ridículo para un enano, pero no digo nada, después de todo, la dejo dormir.

Detrás de las ollas, lo veo durmiendo en un plato hondo, tapado con un repasador a cuadros rojo y blanco. ¡Todos duermen en la casa y yo no puedo dormir! ¡No puedo dormir, pensando en los huesos de rata!

Como suele suceder, con una mirada panorámica explico pequeñas anomalías de mi vida cotidiana: Porciones de pizza que disminuían solas, ruidos en medio de la noche (como chillidos de ratas) sombras furtivas.
-Paul, ayudame a limpiar.
Abre sus dos pequeños ojitos, profundos en la oscuridad del fondo del mueble y me lanza una mirada llena de desprecio.
– Paul, ya son las diez de la mañana.
Se acerca en calzoncillos bóxer, es musculoso, los pequeños musculitos brillantes son una artesanía. Me muestra un brillo en la mano: me acerco y me clava el cuchillito en el ojo, veo la sangre, como un hilo que explota contra el pecho del negro. Corro al baño, busco un algodón, un trapo, una toalla, me pongo una campera y salgo para el hospital.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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