La ciudad subterránea

Aletz

Mi padre vino a Montreal cuando yo tenía nueve años. Al regresar, me contó que la ciudad era tan fría durante el invierno que la gente había construido una ciudad subterránea para no salir a la calle. La red del Metro conectaba con un laberinto de túneles que descendían en espiral. Cuando llegué a Montreal, lo primero que pregunté fue por la ciudad subterránea. Bastó ver la cara de mi amiga Camomille para saber que mi padre me había contado un cuento.

Pero entonces llegó el invierno.

Deniuchka y yo empezamos a tomar más el Metro. A la vuelta de un corredor apareció, de pronto, una hilera infinita de tiendas, cafeterías y restaurantes. Yo quedé hipnotizado, a Deniuchka le causó horror —detesta las tiendas— y me jaló a la calle. Le pregunté de nuevo a Camomille, esta vez diciéndole lo que habíamos visto. Me respondió con un bufido:

“Ah sí, las tiendas.”

“¡¿Pero dónde terminan?!”

Se alzó de hombros.

Convencí a Deniuchka con el argumento de la exploración. A ella le encantan los mapas. Ese domingo empacamos sándwiches y botellas de agua; tomamos bufanda, abrigo y guantes. Recorrimos siete estaciones de la línea verde. Esta vez cuando vimos un corredor repleto de tiendas, entramos.

Dimos tres vueltas antes de darnos cuenta de que estábamos en el mismo piso. A la vuelta de unas escaleras eléctricas, descubrimos que ahí se llamaba Centre Eaton, tenía cinco pisos, dos de ellos conectados con un túnel que llevaban al Complexe les Ailes y otro conectado al túnel que llevaba a la Place Ville Marie. Si queríamos trazar un mapa general, debíamos tomar este último.

Al complejo Ville Marie, le siguió la Place Bonaventure, la Gare Centrale y la Place de la Cité. Después de dos horas llevábamos recorrido un poco más de la tercera parte. Sabíamos ahora que existían túneles cuya única finalidad era servir de conexión entre un complejo y otro; túneles que desembocaban en el Metro o la calle; y túneles que además de conectar servían como galerías de arte, parques donde se sentaban los chinos a descansar y lugares de esparcimiento.

Cuando salimos a la calle, era ya de noche.

“¿Qué te pasa?,” me preguntó Deniuchka.

“Es el frío,” le dije para ocultar mis lágrimas.

Había visto la ciudad subterránea de mi padre.

Explicación de la ciudad y recorrido en video, véase aquí:

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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2 respuestas a La ciudad subterránea

  1. Laura R Isaza dijo:

    Agh!! Es como un híbrido entre aeropuerto y centro comercial que no termina nunca!

  2. Aletz dijo:

    Los montrealenses de cepa la detestan, sobre todo que por medio año no hay motivo para encerrarse… nada mejor que las tiendas de barrio!

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